Bajo El Mismo Techo

Capitulo 14 — Leo

Capitulo 14 — Leo

El cuerpo de Ariadna dormía acurrucado contra el mío, cálido y vulnerable, como si por fin la vida nos hubiese dado permiso de bajar la guardia. Aún podía oler el perfume dulce de su piel, el leve aroma a vainilla que solía colarse por toda la casa desde que vivíamos juntos. Deslicé una mano por su espalda descubierta, acariciando con la yema de los dedos cada curva, cada latido que palpitaba entre nosotros. La amaba. No había vuelta atrás.

Pero el amor no era sencillo.

Mientras la observaba respirar, mi mente ya comenzaba a contaminarse con dudas. Adrián. Mi socio, mi hermano por elección. ¿Qué haría cuando se enterara? ¿Qué rostro pondría al descubrir que me había enamorado de su hermana pequeña? No era solo eso: era Ariadna, la niña que había crecido a mi lado, que se escabullía entre nuestras reuniones, que jugaba con mis llaves cuando apenas podía sostener un vaso. ¿Cómo explicar que ahora la deseaba como a nadie en mi vida?

Me incorporé con cuidado, intentando no despertarla, y salí al pasillo en silencio. El suelo crujió apenas bajé mis pies descalzos. Me encerré en mi estudio, cerré la puerta y apoyé la espalda contra la madera. Respiré hondo. Tenía que mantener la cabeza fría. Tenía que tomar decisiones. Pero cuando cerraba los ojos, solo podía ver sus labios temblorosos, su mirada cuando me pidió que fuera su primera vez. Y cómo la había amado. Lentamente. Con devoción.

Me senté frente al escritorio, abrí la computadora y fingí trabajar. No pude. Mis dedos recorrían el teclado sin sentido. Escribí un mensaje para Adrián: "Hay algo que necesito contarte." Lo borré. Lo volví a escribir: "Estoy enamorado de alguien..." Otra vez, lo borré.

Golpearon la puerta con suavidad.

— ¿Leo?

Su voz, ronca de recién levantada, hizo que todo dentro de mí se apaciguara. Me giré y ahí estaba ella: con mi camisa puesta, el cabello suelto y una sonrisa perezosa que me rompía por dentro.

— ¿Qué haces aquí solo? — preguntó, entrando sin esperar permiso.

— Pensando.

— ¿En qué? — Se sentó sobre mis piernas sin esfuerzo, como si perteneciera allí.

— En ti.

Ella bajó la mirada, sonrojada. Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano.

— ¿Estás arrepentido? —susurró.

— Jamás. Solo tengo miedo. De no ser suficiente para ti. De perderte cuando todo esto termine. De tu hermano. De mí mismo.

Ella apoyó su frente en la mía.

— Entonces tengamos miedo juntos. Pero no te vayas, Leo. No me sueltes. No me dejes de nuevo, por favor.

La besé. La besé con todo lo que era. Un hombre roto, con miedos, con mis propias cadenas, y ella mi única salvación.

Más tarde, cuando el sol ya estaba alto, improvisé un desayuno. Hice panqueques, exprimí zumo de naranja, quemé un poco el café. Ariadna entró en la cocina riéndose.

— Esto parece sacado de una comedia romántica de los noventa.

— ¿Lo dices por mis habilidades culinarias?

— Lo digo porque no puedo dejar de sonreír.

Comimos entre bromas y caricias. Me gustaba verla así, sin presiones, con la luz natural tiñendo su piel de tonos cálidos. En ese instante no importaba nada más. Ni el pasado ni el futuro. Solo nosotros.

Por la tarde, le propuse una salida.

— Hoy va a ser un día muy especial, ¿recuerdas? — le dije, entregándole un sobre con dos entradas.

  • La exhibición de patinaje — sus ojos brillaron como si tuviera ocho años otra vez.

— No es el hielo real, pero... pensé que te haría bien ver a otros volar mientras tú te preparas para volver a hacerlo.

Ariadna se lanzó a mis brazos.

— Gracias. No sabes cuánto lo necesitaba.

La emoción de Ariadna era tan evidente que no dejaba de sonreír. Cuando llegamos a la pista de la exhibición, sus ojos brillaban como si hubiera regresado a su verdadero hogar. Yo la observaba desde el asiento a su lado, con el corazón apretado de orgullo.

La música comenzó a sonar y las luces inundaron el hielo con reflejos danzantes. Patinadoras y patinadores de élite desfilaban ante nosotros, cada uno con coreografías impresionantes. Pero mis ojos estaban más en ella que en el espectáculo. Cada vez que una atleta deslizaba con gracia sobre el hielo, Ariadna contenía la respiración, como si estuviera grabando cada segundo en su memoria.

Tomó mi mano sin mirarme, entrelazando sus dedos con los míos. Me acerqué a su oído.

— ¿Estás bien?

— Estoy más que bien… — susurró. Su voz temblaba ligeramente —. Esto… esto es todo lo que soñaba. Gracias por traerme.

Y entonces ocurrió. Durante una pausa entre exhibiciones, una de las patinadoras más reconocidas, Martina Viñes — una campeona internacional a quien Ariadna había mencionado más de una vez como ídola —, se acercó al borde de la pista donde los asistentes especiales podían interactuar.

— ¿Eres Ariadna Méndez? —preguntó Martina con una sonrisa cálida.




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