Bajo El Mismo Techo

Capitulo 15 – Ariadna

Capitulo 15 – Ariadna

El sol entraba a raudales por la ventana, cálido y suave sobre mi rostro. Parpadeé, desperezándome lentamente, aún arropada por el calor del cuerpo de Leo a mi lado. Pero esta vez, al abrir los ojos, la cama estaba vacía. Aún podía oler su perfume en la almohada. Me incorporé lentamente, el tobillo estaba un poco más firme que los días anteriores, y me envolví en su camiseta, esa gris que siempre me hacía sentir protegida.

Al salir de la habitación, lo vi en la cocina. Tenía el cabello despeinado y una taza en la mano. No me vio llegar. Lo observé en silencio, con el corazón palpitando fuerte. ¿Cómo era posible que ese hombre, el mejor amigo de mi hermano, el socio serio y meticuloso, estuviera ahora en mi vida de esta manera tan… íntima, tan real?

— Buenos días — murmuré, rompiendo el silencio.

Leo alzó la mirada, y su sonrisa iluminó todo.

—Buenos días, campeona. ¿Dormiste bien?

Asentí y caminé hacia él, hasta que me rodeó con un brazo y me atrajo hacia su pecho.

— Te hice café con leche de avena — dijo mientras me besaba la sien —. Y tostadas con mantequilla, como te gustan.

Reí bajito, agradecida por cada pequeño gesto. Me senté a la mesa y empezamos el desayuno en una calma suave y cómplice.

Eran las once y media cuando Adrián llamó, unos inversores de Barcelona querían hablar también con Leo antes de firmar el acuerdo que les cambiaría la vida. A pesar de la tranquilidad que teníamos en casa, Leo prefirió marcharse a la oficina y hacer algunas compras al salir. Cuando me quedé sola solo pude pensar en todo lo que había cambiado en unas pocas semanas. Y lo mucho que tendría que cambiar en unos días. La llegada de Adrián, la competición, mi relación con Leo. Eran demasiados frentes abiertos.

El colgante colgaba sobre mi pecho como un secreto compartido, como una promesa que no se ha dicho en voz alta pero que vive en cada latido. Es delicado, plateado, en forma de cuchilla de patín. Cuando lo vi en el escaparate, con las luces reflejándose sobre el vidrio como cristales de hielo, me quedé mirándolo más tiempo del que debería. No dije nada, solo suspiré. Pero Leo lo notó. Él siempre lo nota todo.

Me lo entregó esa noche, con una torpeza encantadora y un brillo en los ojos que me hizo temblar. Lo sacó de su abrigo como si fuera algo frágil, envuelto en una cajita azul. No dijo mucho. Solo: “Vi esto y pensé en ti. En cómo brillas cuando patinas.” Luego me lo colocó él mismo, con sus dedos rozando mi cuello, y yo cerré los ojos, saboreando el momento como si fuera un beso.

Ahora lo llevo como una armadura invisible. Me da fuerza. Me recuerda que él está conmigo, incluso cuando el miedo vuelve a acechar.

Hoy me desperté con el sol filtrándose por la ventana y la sensación tibia de su cuerpo aún en mi memoria. Me giré en la cama, toqué el hueco donde estuvo su cuerpo y sonreí. No sé si esto durará, si de verdad podremos tener algo más allá de esta burbuja que hemos creado, pero hoy… hoy lo tengo. Y eso me basta.

Necesitaba escribir en mi diario todo lo que sentía en estos momentos. No sé qué será de mí, dónde estaré en unos años. Pero al menos los maravillosos recuerdos que tenía de estos días se quedarían conmigo para siempre.

12 de Noviembre

Hoy me siento valiente. Tal vez no como una heroína de película, pero sí como alguien que ha decidido no rendirse. Anoche, Leo me miró como si fuera lo más bonito que había visto en su vida, y por un segundo pensé que podía volar. No en la pista. En el alma. Este colgante… es más que un regalo. Es un pedacito suyo en mí. Es un “estoy aquí”, sin promesas, pero con verdad.

También pensé en el pasado. En la vez que me escondí en el vestuario después de aquella competencia regional. Las chicas se reían de mis piernas, de cómo se movían, de lo “poco estética” que era. Una de ellas dijo que parecía un alce sobre hielo. Me encerré en el baño y lloré hasta que me dolió el pecho. No comí durante tres días. Pensé en dejarlo todo.

Casi nadie lo supo. Solo Nico me encontró sentada junto a la ducha y me obligó a masticar una barra de cereal mientras lloraba. Hoy pienso en eso y me dan ganas de abrazar a esa versión de mí. Decirle que un día, un hombre increíble me regalará un colgante de patín y me mirará como si yo fuera perfecta tal y como soy.

Cerré el diario que llevaba escribiendo desde el primer día que empecé a patinar, allí se encontraban los mejores y peores momentos de mi vida. Decidí que era el momento de recuperar mi vida, de luchar por mi sueño, aunque no tuviera claro cuál era realmente. Cogí la bolsa con mi traje y mis patines y fui a la pista a ensayar mi coreografía. Quizás no ganaré la competición, pero me sentiré orgullosa por haberlo intentado.

El frío del hielo me recibe como un viejo amigo: crudo, honesto, familiar. Respiro hondo, sintiendo el aire fresco en los pulmones, y dejo que se lleve lo que ya no necesito: el miedo, las dudas, el peso de todas las veces que creí no ser suficiente.

Estoy sola en la pista. Nico ha apagado las luces principales y ha dejado solo las que iluminan el centro del hielo, como si fuera un escenario improvisado. El resto del mundo queda en sombras. Aquí solo estamos la música, mis patines… y yo.




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