Bajo El Mismo Techo

Capítulo 16 – Leo

Capítulo 16 – Leo

El reloj marcaba las 6:12 a. m. cuando abrí los ojos. El hueco de la cama aún conservaba el calor de Ariadna, ella dormía plácidamente a mi lado ajena al mundo que nos esperaba. Como si su cuerpo me susurrara que el día había comenzado… y que todo estaba a punto de cambiar.

Me senté en el borde de la cama, pasé las manos por el rostro y exhalé lento. Sabía que no iba a poder volver a dormir. Caminé por la habitación, como si cualquier ruido pudiera romper la frágil calma de esta mañana. El café sabía a nada. Mis pensamientos, en cambio, sabían a vértigo.

"Hoy no solo se juega su futuro sobre el hielo. Hoy, ella decide si yo tengo un lugar real en su vida."

Revisé el móvil por costumbre. Ningún mensaje. Ninguna señal. Me detuve un segundo frente a ella. Me senté en el cómodo sillón que adornaba la habitación del hotel donde pasamos la noche, mi cabeza echaba fuego y no pude evitar hacer una lista mental de los motivos por los que debería alejarme de Ariadna, había tantos que dolía. También hice lo misma con los motivos que tenía para quedarme a su lado para siempre, solo encontré uno. La amaba.

A las 9:00 a. m. en punto, salíamos por la puerta. El estadio la esperaba. El triunfo y su propia superación. Intentó marcharse al vestuario directamente, pero la detuve abrazándola.

  • Pase lo que pase, recuerda que todo fue real, por favor.
  • Nos vemos en un rato. Todo va a salir bien. - lo prometió mientras me besaba, sin importar quién estuviera viéndolo.

Cogí un asiento en las gradas donde pudiera ver cada uno de sus pasos, Adrián llegaría en cualquier momento. Ariadna estaba practicando, se movía con tanta libertad y talento, su hogar estaba en la pista de hielo, donde yo no tenía lugar. En ese momento alguien tocó mi hombro y se sentó a mi lado. Adrián.

— Ey, hermano — dijo, sonriendo al abrazarme—. ¿Preparado para ver a nuestra futura campeona?

— Siempre lo estoy — respondí, forzando una sonrisa. Pero él notó algo.

— ¿Todo bien?

— Claro. Solo nervios. Hoy es un gran día para Ari — dije. Y también para mí. Pero eso no se lo dije.

Antes de que Ariadna empezara su coreografía, Adrián no dejaba de hablar, me contó detalles del negocio en Madrid, de posibles aperturas en Lisboa, de las nuevas colaboraciones que habían surgido. Pero yo solo asentía. Porque cada palabra suya me recordaba que estaba a punto de traicionarlo.

Me miró un momento, serio, con los codos apoyados sobre las rodillas mientras Ariadna estaba a un lado esperando su turno.

— Leo… Sé lo que ha pasado.

El aire se detuvo.

— ¿Qué?

— No hace falta que lo niegues — continuó, sin agresividad, pero tampoco con ternura—No sé cuándo empezó, ni cómo… pero sé que hay algo entre tú y Ariadna. Y aunque quiera creer que fue algo pasajero, en tu cara lo veo todo.

No supe qué decir. No quería mentirle. Pero tampoco podía desmoronarme ahí.

— Adrián, yo…

— Mira, Leo —me interrumpió, con el ceño fruncido—. Eres mi mejor amigo. Te debo mucho. Pero… no creo que seas el hombre que puede hacer feliz a mi hermana. Tú eres caos. Ella necesita otra cosa. Algo más estable. Más claro. Y por mucho que te aprecie… no eres el hombre que puede hacerla feliz. No de verdad.

Cada palabra suya era como un puñal. No discutí. No supliqué. Solo asentí, tragando saliva, sabiendo que no había nada que pudiera decir que cambiara su percepción. Y tal vez… tenía razón.

Ariadna apareció sobre el hielo justo entonces. Un halo de luz. La ovación fue ensordecedora. Me aferré al asiento.

Y luego… la magia.

Se movía como si danzara con su propia alma. Cada giro, cada salto, cada desliz parecía contar una historia que solo yo entendía. Una coreografía que era pura emoción contenida, fuerza nacida del dolor y esperanza tatuada en cada línea de su cuerpo.

Mis ojos se nublaron.

"Patina como si estuviera contando nuestra historia. Como si cada giro, cada salto, fuera una promesa."

En algún momento, Adrián aplaudió a mi lado. Yo no pude. Me quedé inmóvil. Porque algo dentro de mí ya se estaba rompiendo.

—Lo siento, Adrián —susurro, levantándome. Él no me detiene—. Pero no puedo quedarme a ver cómo la pierdo.

Mientras me marchaba pude ver cómo, la gente se abalanzó sobre ella. Fans, fotógrafos, otros patinadores. Un joven entrenador se acercó demasiado. Sonrió de más. Y yo… yo apreté los puños. No por celos, exactamente. Era miedo. Miedo de perderla. De que ese fuera su mundo, y yo solo una sombra pasajera.

Me giré en el momento que ella me miró desde la distancia. Sonrió. Le devolví la sonrisa, pero el nudo en la garganta no se deshizo.

No podía quedarme. No después de las palabras de su propio hermano, de mi hermano por elección. No después de verla brillar como lo hizo. Tal vez amarla significaba también… dejarla volar.

Mi teléfono sonó.

— ¿Leo Hernanz? —preguntó una voz profesional al otro lado—. Le llamamos desde la oficina central en Toronto. Su currículum ha sido revisado y tenemos una oferta concreta para usted. Sería para comenzar en dos semanas…




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