Capitulo 17 – Ariadna
La pista me espera con un silencio casi sagrado. El frío del hielo se filtra hasta mis huesos, pero el calor que siento por dentro me sostiene firme. Respiro hondo y cierro los ojos un instante, dejando que el ruido de la gente se desvanezca, que el mundo desaparezca a mi alrededor.
Cuando inicio el primer paso, siento cada presión de la cuchilla contra el hielo, el roce frío que me conecta con el presente. El impulso me lleva, mi cuerpo se mueve con una precisión que solo el amor por el patinaje puede enseñar. Cada giro es una historia que quiero contar, cada salto una promesa que me hago a mí misma.
Leo está en las gradas, lo sé sin verlo, como si pudiera sentir su mirada clavada en mí. Eso me da fuerza, un ancla en medio del miedo y la adrenalina. No pienso en la competición, no en el público, solo en él y en lo que hemos vivido. En lo que aún podemos ser.
Levanto la vista de nuevo un segundo hacia las gradas antes de terminar mi último salto y lograr lo que siempre he querido. Leo sigue allí, pero no como siempre lo he visto. No está sonriendo, ni celebrando, ni siquiera observándome con ese brillo cálido en los ojos. Está serio, casi apagado, y junto a él está Adrián. Sus rostros están tan cerca que parecen compartir un secreto pesado, un silencio lleno de palabras no dichas.
Los veo hablar, con la expresión tensa. Leo aprieta los puños, y Adrián parece explicarle algo con voz grave. No puedo escuchar, pero el peso en el aire es palpable, como si algo se rompiera entre ellos.
Por un instante, siento que el hielo tiembla bajo mis patines, y es como si todo mi equilibrio dependiera de ese momento, de ese diálogo invisible que se juega en las gradas mientras yo sigo bailando, girando, cayendo y levantándome.
Sigo patinando, más fuerte, con más ganas. Quiero creer que esa conversación no cambia nada, que Leo estará ahí cuando todo termine, que no dejará que nada ni nadie nos separe.
Pero en el fondo, sé que el verdadero desafío no está en la competición, sino en lo que vendrá después. Y eso me aterra.
Respiro hondo mientras deslizo mis patines por la fría superficie por última vez. El corazón me late a mil por hora, la adrenalina aún corre por mis venas y mis músculos tiemblan, pero una sonrisa se dibuja en mi rostro. He dado todo de mí.
Al salir de la pista, mi entrenadora me espera con los brazos abiertos.
— ¡Ariadna, lo hiciste increíble! — me dice con una mezcla de orgullo y emoción en la voz—. Qué pasión, qué fuerza... Eres una inspiración para todas.
Me abraza fuerte y me invita a quedarme para la ceremonia de premios. Pero en ese instante, mi mente solo tiene un destino: encontrar a Leo.
— No, gracias — respondo con voz firme, aunque algo temblorosa—. Necesito hablar con alguien. Ahora.
Sin esperar más, me quito los patines en el vestuario y me pongo unas zapatillas cómodas. Cada paso hacia la salida es un latido intenso en mi pecho, mezcla de nervios y esperanza. No sé por qué se ha ido, por qué no me ha esperado para enfrentar juntos a Adrián como nos prometimos esta mañana. Yo no he dejado de luchar y él no ha podido rendirse.
Me acerco sigilosamente, sin querer interrumpir, pero mi corazón late tan fuerte que temo que me escuche desde lejos. Veo a Leo hablando por teléfono, su voz es baja, casi un susurro, pero las palabras me atraviesan:
—Sí, lo sé… es una oportunidad única. Pero… no sé, necesito pensarlo, al menos unos días. Tengo problemas que solucionar.
Cuando se da cuenta de que estoy cerca, Leo cierra la llamada y me mira con esos ojos marrones llenos de conflicto. Su expresión es un torbellino de dudas, miedo y tristeza. Soy un problema para él. No una oportunidad o un refugio. Un problema.
— Ariadna… —dice con voz ronca—. Yo…no es lo que parece.
Respiro hondo, tratando de calmar la mezcla de sorpresa y dolor que me embarga.
— ¿Vas a irte de verdad? ¿Vas a dejarme de nuevo? — mi voz tiembla y me aferro a la esperanza de que pueda explicarme.
No lo dejo terminar, la humedad de mis ojos empieza a caer sin poder evitarlo. Yo había apostado por él. Hubiera enfrentado a mi propio hermano por Leo. Y ahora me deja de nuevo.
— ¿Sabes qué, Leo? —le digo, la voz temblándome, pero firme—. No quiero que vuelvas. De verdad, quiero que seas muy feliz allí… lejos de aquí.
Sus ojos se abren, desconcertados, pero no me detengo.
— ¿Otra vez huyendo? —le suelto con amargura—. Igual que hace cinco años, cuando desapareciste sin decir una palabra. Me dejaste sola, y ahora quieres irte de nuevo, justo cuando creía que podíamos tener algo real.
Leo baja la mirada, y siento que una parte de mí se rompe aún más.
— Creí que esta vez sería diferente —susurra—. Pero tengo miedo, Ariadna. Miedo de no ser suficiente para ti… miedo de arruinarlo todo.
Me duele escucharlo, pero no puedo retroceder.
— Pues ya basta de miedo —le digo con lágrimas en los ojos—. Yo no puedo seguir esperando a que decidas quedarte. No quiero ser tu plan B, ni tu refugio temporal.