Bajo El Mismo Techo

Capitulo 18 – Leo

Capitulo 18 – Leo

No sé cuánto tiempo llevo mirando el suelo, como si las baldosas del pasillo pudieran explicarme cómo demonios se deshace uno del dolor. La llamada aún resuena en mis oídos. Una oferta irrechazable. Una oportunidad. El tipo de llamada que cualquiera esperaría con ansias.

Pero no yo. No hoy. No después de verla ahí, sobre el hielo, como si lo que tuviéramos pudiera sobrevivirlo todo. Como si hubiéramos ganado, aunque no hubieran dicho su nombre todavía.

Entonces llegó ella, con los ojos brillando no solo de esfuerzo, sino de miedo. Me escuchó. Me enfrentó. Me echó en cara lo que nunca quise volver a oír: que estoy huyendo. Otra vez.

Y quizás tiene razón.

La vuelta a casa fue larga, muy larga. Ya no tenía sentido seguir viviendo con Ariadna, ella estaba recuperada, y Adrián estaba de vuelta. Llegué a mi piso, el que hacía más de un mes que no visitaba, para encontrarme a mi amigo en la puerta. Parecía pensativo, pero solo me abrazó cuando me vio, nunca había necesitado tanto uno de esos. Abrí la puerta esperando encontrar de nuevo a Ari, me había acostumbrado tanto a su presencia que las paredes de mi oscuro apartamento se caían a mi paso, era insoportable el silencio que había y la falta de vida, de risas. La falta de Ariadna.

— ¿Todo bien? — me pregunta Adrián cuando entramos en completo silencio. El estadio se había vaciado del todo antes de irme, yo me negué a moverme durante algunos minutos, como si hacerlo implicara aceptar algo que no quería asumir.

Levanto la mirada, forzando una sonrisa. No puedo seguir escondiéndome, no de él. No después de lo que le estoy quitando.

— No fue algo planeado. Ni buscado. Pero pasó. Y me cambió. Y ahora no sé cómo vivir sin ella.

Él suspira, largo. No parece sorprendido. No del todo.

— Lo imaginé. No soy idiota, desde que volviste supe que no la habías olvidado —dice. Luego se sienta a mi lado, en silencio—. Por un lado, me enfada. Porque eres tú. Porque pensé que sería diferente. Pero también sé que la cuidaste. Y que ella no mira a nadie como te mira a ti.

Trago saliva. Me duele más que si me gritara. Más que si me diera un golpe en la cara.

— Pero, Leo… ya te lo he dicho, no creo que tú puedas hacerla feliz —añade, sin dureza, solo con tristeza—. No porque no la ames, sino porque siempre terminas huyendo cuando más te necesitan. Lo hiciste una vez. Lo llevas haciendo desde que somos unos niños.

No tengo defensa. No tengo palabras.

— ¿Sabes lo peor de todo esto? —continúa él—. Que creo que tú también lo sabes. Sabes que por mucho que quieras a mi hermana, no podrás darle el final feliz que ella merece. Antes de todo eso debes resolver tus propios problemas personales.

Adrián tenía razón, desde que mis padres se divorciaron de esa forma que marca la vida de un niño, nunca me han gustado los problemas, cuando pienso que voy a enfrentarme a un conflicto. Huyo. Me marcho antes de volver a vivir y a sentir lo mismo que sentía cuando mis padres peleaban, cuando iban a los juicios para luchar no por su propio hijo, sino por la fortuna familiar.

Han pasado tres días. Todavía no tengo una decisión tomada. No he visto a Ariadna en todo este tiempo, se está haciendo insoportable no saber cómo está. Ni si quiera la he vuelto a escuchar ensayando, supe que ganó la competición y probablemente ahora tenga miles de oportunidades para seguir la carrera que siempre quiso. Camino sin rumbo por el parque, como un fantasma buscando sentido. Entonces la veo. Es un rostro conocido, coincidimos en algunas clases cuando me marché al extranjero, salimos un par de veces, pero nos dimos cuenta que funcionábamos mejor como amigos. Por ese entonces ella acababa de salir de una relación y yo había descubierto que estaba perdidamente enamorado de una niña de dieciséis años a la que no podía olvidar.

— ¿Clara?

Parpadea, sorprendida, parece no reconocerme al principio. Pero su expresión cambia mientras veo brillar un anillo en su dedo anular.

— ¡Leo! Vaya sorpresa. Pensé que seguías viviendo fuera.

— Volví hace un tiempo. Aunque… parece que no me quedaré mucho más. Ha pasado mucho tiempo.

Nos miramos con la distancia de los años, yo me quedé y ella volvió, pero con la familiaridad de quien una vez lo compartió todo. Clara fue importante, encontré un apoyó cuando Adrián no estaba, salíamos y nos divertíamos, pero nunca sentí nada más, agradecimiento y afecto. No como Ariadna. Nunca como ella. Pero en su momento me sostuvo cuando todo parecía derrumbarse.

— ¿Estás bien? —pregunta.

Niego lentamente con la cabeza.

— Acabo de perder a alguien a quien no sabía cuánto necesitaba… hasta ahora. Pero es demasiado tarde.

Ella no pregunta más. Solo se acerca, me abraza sin exigencias, y yo dejo caer la cabeza sobre su hombro como si el mundo pesara el doble.

Y es en ese momento que la veo. Esos ojos mirándome, pero no como siempre, ahora me observan con dolor.

Ariadna. De pie, a unos metros. El rostro desencajado. La mirada helada. La traición pintada en cada gesto.

Intenta dar un paso atrás, pero nuestras miradas se cruzan.




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