Bajo El Mismo Techo

Capitulo 19 – Ariadna

Capitulo 19 – Ariadna

No he comido en tres días. No porque quiera castigarme. Es que simplemente… la comida no baja. Ni el agua. Ni el aire. Siento que me cuesta respirar cada minuto que pasa.

Desde la competición, he sido una sombra de mí misma. Camino por casa sin saber a dónde voy. Me acuesto sin cerrar los ojos. Me levanto sin haber dormido y lo poco que he descansado he soñado con Leo. Adrián dejó anoche una bandeja de sopa en la mesa. Sigue ahí. Intacta. Fría. Como yo.

Leo no volvió.
No llamó.
No escribió.

Y yo, en mi estúpido orgullo, tampoco. Por qué merecía que fuera ir quien viniera por primera vez en mi vida.
Solo he llorado. Como si eso pudiera limpiarlo todo.

Hoy, sin pensarlo mucho, salí a caminar. No me vestí para llamar la atención. Llevo una sudadera vieja de mi hermano, el pelo recogido como pude, ojeras profundas y los labios partidos. Pero necesitaba aire. Necesitaba que el mundo siguiera girando, aunque el mío esté estancado. Y parado.

Llegué al parque. Donde a veces entrenaba de niña. El suelo no es hielo, pero mis pies aún recuerdan la danza. Hice un giro tímido, luego otro. No me sentía libre como hace unos días cuando brillé sobre el hielo. El viento me acarició el rostro y por un segundo… me sentí viva.

Hasta que lo vi. Ahí estaba.

Él.
Leo.
Con una mujer.

Ella tenía su edad. Ojos grandes, piel luminosa, cuerpo elegante, era preciosa y segura. Vestía como quien sabe exactamente quién es. Y lo peor… lo abrazaba como si le perteneciera. Como si siempre hubiera sido parte de su vida. Quizás lo era. Quizás Leo había dejado a alguien más atrás y ahora desde la distancia se había dado cuenta que yo solo era un capricho, solo era una niña.

Y él… no se apartó. La abrazó de vuelta y eso fue lo que más me rompió.

Mi pecho se contrajo. El frío volvió. Las manos me temblaron. Y tuve que girar el rostro porque sentí que el mundo me escupía la verdad que me negaba a aceptar.

Ya no me elige.

Corrí. No sé cuánto. Solo sé que las lágrimas me nublaban la vista y que mis piernas apenas sostenían el peso de lo que acababa de ver. Cuando llegué a casa me apoyé en la puerta hasta que me quedé sentada en el suelo. Estaba sola y lo agradecía. Y lloré hasta sentirme vacía.

A los dos días volví al estudio, mi entrenadora me encontró horas después, sentada en una esquina, con los ojos rojos y las manos heladas. Ya habían pasado cinco días y yo seguía sin levantar cabeza. Sin volver a ser yo.

— Ariadna —dijo con voz suave, agachándose a mi altura—. Te estuve buscando. ¿Estás bien?

Mentir ya no tenía sentido. Solo negué con la cabeza. Necesitaba que alguien me sacara lo que llevaba en el cuerpo para poder volver a respirar.

Ella me acarició la espalda, como una madre haría.

— Escucha. Hay algo que necesitas saber. Estuve en contacto con un entrenador de Manchester. Estuvo en la competición. Te vio. Y quiere ofrecerte un puesto como segunda entrenadora del equipo juvenil. Creo que es una oportunidad increíble y quizás puedas alejarte de todo esto, de lo que te hace daño.

Parpadeé.
¿Manchester?
¿Yo?

— ¿Una oferta… de verdad? —pregunté, con voz rasposa.

— Sí. Quieren una decisión pronto. Pero sé que estás atravesando un momento difícil, así que…

No la dejé terminar. Me levanté de golpe, sintiéndome abrumada por todo. No podía procesar nada.

— Gracias… Necesito pensar —susurré.

Esa noche, volví a casa. Se sentía vacía, aunque Adrián volviera a estar en ella. Me senté a su lado en el sofá.

Me abrazó sin decir nada. Me sostuvo largo rato. Y en sus brazos volví a sentirme una hermana, una persona, no solo una herida abierta.

— ¿Quieres contarme qué pasó durante estas semanas? —preguntó finalmente, con la paciencia de siempre.

  • Lo siento, Adrián, yo no quería que pasara. Bueno si quería, desde hace mucho. Pero no así. Por favor, perdóname. No puedo perderte a ti también.

No necesité decir nada más. Adrián lo sabía todo, quizás siempre lo supo. Yo solo pude llorar en sus brazos y sacar todo lo que tenía dentro.

— Lo vi hace unos días. A Leo. Con otra. Y.… no sé, Adrián. Me duele como si me hubieran arrancado algo de adentro.

  • Lo sé, cariño, tranquila. Todo saldrá bien, eres increíble, Ari.

Lo miré agradecida por tenerlo. Por tener su apoyo, porque es el único que se ha quedado a pesar de todo.

  • Hay algo más. Me han ofrecido algo grande, irme. A Manchester. A vivir, a enseñar, a empezar de nuevo. Pero no sé si tengo el valor.

Él me miró, serio, honesto.

— Ari… Leo ha estado muy perdido. Creo que no sabe cómo quedarse. Pero si tú sientes que eso te va a romper más de lo que te va a hacer bien… entonces elige lo que te sane. No lo que te rompa otra vez.

  • No sé si encontraré la felicidad allí, tampoco sé si mi sueño es enseñar a otras niñas. Si el patinaje va a formar parte de mi vida para siempre.




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