Bajo El Mismo Techo

Capitulo 20 – Leo

Capitulo 20 – Leo

He pasado tres días intentando convencerme de que alejarme era lo correcto. Que dejarla seguir su camino, libre de mi caos, de mis dudas, de mis huidas, era la forma más honesta de amarla. Pero la verdad es que estoy roto. Y me estoy mintiendo.

Cada cosa que hago sin ella se siente vacía. El aire pesa distinto. El café no sabe a nada. Y cuando cierro los ojos, lo único que veo es su rostro el día de la competición. Orgullosa. Radiante. Y destrozada cuando me alejé sin mirar atrás.

Clara tenía razón. Cuando hablamos, le conté todo. Todo lo que viví con Ariadna. Cada mirada. Cada roce de manos. Cada madrugada compartida entre tazas de café y ensayos en el comedor. Le dije que me estaba yendo porque no sabía cómo quedarme sin hacerle daño.

— Leo, tú no eres el mismo de hace cinco años —me dijo con una sonrisa triste—. Yo volví para luchar por alguien y hoy estamos comprometidos. No lo habría conseguido si me hubiera quedado quieta esperando. Haz lo mismo. Ve a por ella. O vas a arrepentirte toda la vida.

Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. Después la abracé. Fue justo entonces que la vi. A Ariadna. A unos metros. Mirándonos. Mirándome.

Supe por su rostro que ella no vio una despedida. No vio una amiga. Vio una historia que creía enterrada. Una amenaza. Y se fue antes de que pudiera explicar nada.

No puedo seguir esperando a que las cosas se arreglen por sí solas. Esta vez, no. Esta vez, si quiero luchar por Ariadna, tengo que ir tras ella. No con flores. No con promesas huecas. Con la verdad. Con el corazón en la mano.

Cuando Adrián abrió la puerta, por un segundo me olvidé de que este era su hogar también. Me miró sin sorpresa, como si supiera que tarde o temprano iba a aparecer.

—Adelante, estabas tardando mucho. —dijo simplemente, y me dejó pasar.

Los recuerdos golpearon con fuerza al cruzar el umbral. El sofá donde nos reímos una madrugada viendo películas. La cocina donde le preparé desayuno cuando no podía moverse bien. El pasillo donde la esperé con un vaso de agua y el corazón acelerado. Todas las veces que la besé sin miedos, todas las veces que ella respondió a mis besos.

Entonces la vi. Ariadna estaba sentada en el mismo sillón que tenía nuestro nombre, allí la hice mía muchas veces. Cabello suelto, labios sin pintar, tenía ojeras, ella tampoco había podido dormir.

— Ariadna —dije su nombre apenas vi la oportunidad—. ¿Podemos hablar?

Su mirada se posó en mí con una mezcla de sorpresa, cansancio y algo más que no supe descifrar del todo.

— No tengo tiempo, Leo. Lo siento. Nico me pasa a buscar en cinco minutos. No me esperes despierto, Adrián.

— ¿Nico?

— Sí. Vamos a salir con unos amigos —respondió con naturalidad, pero algo en su voz era filoso, como si supiera que eso me dolería—. Y llego tarde.

Se fue a su habitación solo para salir minutos más tarde completamente renovada. Llevaba solo unos vaqueros y aun así era la chica más preciosa que había visto. En su mirada ya no había ojeras, pero su mirada azul cielo brillaba como una estrella. Y pasó junto a mí. Tan cerca que podía oler su perfume, ese que aún me acompaña en la almohada. Pero no se detuvo. Ni un segundo.

Me quedé de pie, tragándome la frustración. Los celos. La sensación de estar perdiéndola minuto a minuto.

La puerta se cerró y solo entonces noté que Adrián seguía allí, observándome en silencio.

— ¿Una cerveza? —me ofreció.

— Solo si es fuerte —dije sin pensarlo demasiado.

Nos sentamos en el comedor, cada uno con una cerveza en la mano. La televisión estaba encendida, pero sin sonido. Solo el murmullo de una casa que ya no era mía.

— ¿Vienes a decirle que te quedas? —preguntó de forma directa.

Asentí. No tenía sentido mentirle.

— Sí. Porque me importa. Porque estoy enamorado de tu hermana. Lo siento, de verdad.

Adrián bebió un sorbo antes de hablar.

— Sabes que ella tiene una oferta, ¿no?

— ¿Una oferta?

— Manchester. Un entrenador importante la quiere como segunda entrenadora del equipo juvenil. Se lo dijeron ayer, tiene que dar una respuesta en dos días.

Me quedé mudo. Lo último que esperaba escuchar era eso. ¿Entrenadora? ¿En Inglaterra?

— ¿Y qué va a hacer?

— No lo sabe aún. Está confundida. Golpeada. Herida. Y ahora más que nunca necesita pensar con claridad. No con el corazón roto. No por ti, hermano.

Clavé los ojos en el fondo de la botella. Ardía como el miedo que sentía.

— No vine a interponerme en su camino. —le dije, aunque incluso a mí me costó creerme.

Adrián me miró fijo, como si intentara ver dentro de mí.

— Escúchame, Leo. No soy idiota. Vi cómo la cuidaste. Cómo la mirabas. Sé que esto no fue solo un juego. Pero también sé que mi hermana lleva años tratando de construir su propia vida. Y tú… tú has estado demasiado tiempo huyendo de la tuya. Trabajar durante veinticuatro horas al día no es algo que Ariadna pueda soportar, ella es libre, y tú tienes demasiado miedo a vivir de verdad.




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