Capitulo 21 – Ariadna
Nunca pensé que una discoteca pudiera sentirse tan pequeña. El aire estaba cargado, la música retumbaba en mi pecho y, aun así, no podía dejar de sentir un silencio frío colarse entre cada nota. Me había prometido a mí misma no caer de nuevo, no buscarlo con la mirada. Pero su presencia pesaba. Como si mi cuerpo supiera antes que mi mente que Leo estaba cerca.
Entonces lo vi.
Justo cuando me dirigía al baño, él apareció detrás de mí. No dijo mi nombre. Solo caminó firme, decidido, como si por fin supiera qué quería. Me giré, con el corazón disparado y el alma colgando de un hilo.
— Necesito hablar contigo —dijo con la voz tensa, baja, casi suplicante.
Me apoyé contra la pared del pasillo, intentando que las luces de colores no revelaran la tormenta que se gestaba dentro de mí.
— No, Leo. Ya no.
— No quiero que esto termine así —dio un paso más cerca—. Ariadna, por favor…
— ¿Ahora? ¿Después de todo? —reí, aunque me temblaba la mandíbula—. Me cansé de esperar. De llorar. De no saber si te vas o te quedas.
Sus ojos ardían. Pero yo también.
— No puedo seguir así —continué, tragándome el nudo en la garganta—. Necesito espacio. Aire. Y tú… tú tienes que resolver lo tuyo. Tus padres, tus miedos, todo eso que llevas arrastrando y que siempre termina por alejarte.
— Todo ha sido real, no voy a irme de nuevo.
Me dolió. Porque sabía que era verdad. Pero no era suficiente.
— No puedo confiar en ti, Leo. —admití—. Pero ya no voy a quedarme esperándote. Me voy a Manchester.
Vi cómo se desmoronaba delante de mí. Su postura, su expresión, todo.
— Te deseo lo mejor, Leo. De verdad. Pero necesito empezar a pensar en mí. En lo que quiero construir. Y tú… tú también mereces ser feliz, pero no a costa de seguir huyendo.
Me giré sin darle tiempo a responder. Porque si me quedaba un segundo más, le perdonaría todo.
Esa noche, al llegar a casa, abrí el armario y empecé a guardar lo esencial en la maleta. Todavía tenía dos días para dar mi respuesta y empezar una nueva vida. Pero no podía esperar para marcharme, quizás ahora era yo la que estaba huyendo de todo. Ropa, patines, papeles… y entonces lo vi.
El colgante.
Pequeño, delicado, con la cuchilla de patín que Leo me regaló colgando en el centro. Me lo había quitado al llegar a casa, pesaba demasiado encima de mí, eran todas las palabras que nos dijimos y todos los sentimientos y caricias que demostramos en cada rincón.
Lo tomé entre mis dedos. Lo observé a contraluz. Recordé el momento exacto en el que me lo puso alrededor del cuello, su sonrisa tímida, sus ojos brillando como si estuviera viendo algo que no merecía. Entonces pasó.
Empecé a llorar. De nuevo. No por él, ni por mí. Lloré por nosotros. Por todo lo que podía haber sido su hubiera apostado por nuestra felicidad.
No de tristeza.
De duelo.
No lloraba por él. Lloraba por todo lo que fuimos, por todo lo que soñamos y no pudimos ser. Por la parte de mí que seguía esperando que cambiara. Por la niña que aún creía en los finales felices. Creía que habría un final para Leo y para mí. Juntos.
— ¿Ari?
La voz de Adrián me sacó de mis pensamientos. Apareció en la puerta, con el ceño fruncido al verme sentada en el suelo, con el colgante entre las manos.
— ¿Estás bien?
— No lo sé —susurré.
Adrián se acercó y se sentó a mi lado. Me miró sin decir nada.
— Leo me lo regaló —dije finalmente, alzando el colgante—. Me lo puso él. Fue… uno de los momentos más bonitos que tuvimos juntos. Pero ya no puedo llevarlo. Duele demasiado.
— ¿Por qué?
— Porque no quiero llevar algo que me pese más de lo que me impulsa. Necesito dejarlo ir. Siento que si lo tengo conmigo nunca podré pasar página. Nunca podré olvidarme de él. Necesito al menos intentarlo, seguir adelante por mí misma.
Adrián extendió la mano sin decir nada. Se lo puse en la palma, con cuidado, como si fuera frágil.
— ¿Podrías guardarlo por mí? Solo… hasta que deje de doler. Algún día podré llevarlo viéndolo solo como un amigo.
Él asintió. No dijo nada más. Me abrazó fuerte, y me dejó llorar en silencio, mientras apretaba el colgante entre sus manos, y con él una parte de mí, se alejaba.
Una semana después
El aeropuerto olía a café frío, desvelo y despedidas. Mi maleta pesaba, aunque no por el contenido. Era otra cosa. Era ese vacío extraño que se instala cuando estás dejando algo atrás, aunque no sepas exactamente qué.
Me senté cerca de la puerta de embarque, con la bufanda que me tejió mamá antes de morir enrollada en el cuello y las manos aferradas al pasaporte como si con él pudiera sujetar también mi determinación. Me había prometido no llorar. Me había prometido seguir adelante.