Bajo El Mismo Techo

Capitulo 22 – Leo

Capitulo 22 – Leo

Volver a esa casa me revolvió el estómago.

Habían pasado años desde que crucé esa puerta sin necesidad de fingir una sonrisa o llevar traje. Aún olía a madera vieja y al café que mi madre tomaba a todas horas. Pero esta vez no venía a fingir. Venía a decirles lo que nunca me atreví a decir.

— Leo… ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó mi madre, sorprendida, dejando una taza sobre la encimera.

Mis padres habían vuelto a casarse hace unos años, aunque nunca vi amor entre ellos. Mi padre, como siempre, estaba detrás del periódico, pretendiendo que no me había escuchado.

— Tenemos que hablar. Los dos.

Ella frunció el ceño y se limpió las manos con un paño de cocina. Él dejó lentamente el periódico a un lado, como si ya supiera que esa conversación llegaría tarde o temprano.

— ¿Qué pasa, hijo?

“¿Hijo?”
Sentí que esa palabra me atravesaba como un cuchillo. Cerré los puños. Respiré hondo. Ya no era un niño. Pero dolía igual.

— Toda mi vida me enseñasteis a elegir. Entre vosotros. Entre ciudades. Entre el éxito y sentir.
— Leo… —empezó mi madre, pero levanté una mano.

— Déjame hablar. Solo una vez. Necesito decirlo.
Porque si no lo hacía ahora, me iba a tragar todo eso hasta el día en que fuera igual que vosotros. Un ser frío incapaz de sentir nada, ni si quiera por vuestro hijo.

— Me enseñasteis que era más fácil no sentir. Que amar era un riesgo que no valía la pena. Que tenía que ganarme todo. Incluso vuestro cariño.

— No digas eso…nosotros te amamos. A nuestra manera. —susurró ella, con los ojos brillantes.

— ¿Dónde estabais cuando tuve que dormir solo por primera vez en una casa vacía? ¿Dónde estabais cuando me preguntaba si yo era el problema? Vosotros y vuestra frialdad me rompieron antes de que alguien más pudiera hacerlo.

Mi padre se pasó una mano por la cara. Parecía más viejo que nunca.

— Hicimos lo que pudimos, Leo…

— No. Hicisteis lo que era más cómodo para vosotros. Me dejasteis eligiendo entre los dos y ahora… he dejado ir al amor de mi vida por miedo a perder otra vez. Por el miedo al abandono y a sentirme de nuevo solo.

Mi voz se quebró. Lo supe porque mi madre se llevó las manos a la boca y porque yo no podía mirar a nadie a los ojos.

— Te refieres a Ariadna —dijo mi padre, en voz baja. Ellos la conocían desde niña. Nunca supieron cuál fue el verdadero motivo de mi huida, pero no paraba de hablar de ella en casa. Era mi salvación cada vez que tenía que estar con ellos.

Asentí.

— Ella creyó en mí. Me esperó. Y yo… me volví a ir. Como vosotros me enseñasteis. Porque si no amas no te pueden hacer daño.

Hubo un silencio largo. Tan largo que me dolieron los segundos.

— Lo siento, Leo —susurró mi madre, acercándose con cautela—. Lamento haberte hecho sentir solo. Nunca fue lo que quisimos para ti.

— Ya no sirve de nada. Solo necesitaba decirlo. Ya no quiero seguir huyendo.

Mi padre se levantó. Tardó, pero lo hizo. Y puso una mano torpe en mi hombro.

— Entonces no huyas más. Vuelve por ella. Si te ama de verdad no es tarde.

Horas después estaba en el aeropuerto, solo, con la garganta seca y el corazón temblando como si tuviera quince años.

Vi su silueta entre la gente. El cabello castaño claro recogido en una coleta desordenada. Sus pasos eran firmes, pero sus hombros caídos delataban el cansancio. Y ese colgante. Aún lo llevaba. Tenía miedo de que se lo quitara, eso significaría que me dejaba fuera de su vida, pero no es así.

— ¡Ariadna! —grité antes de pensarlo.

Ella se giró.

Y por un segundo todo se detuvo.
Sus ojos azules, abiertos por la sorpresa, me buscaron. Se detuvieron en mí.
Y luego… retrocedieron.

Me acerqué. La multitud era un ruido blanco a nuestro alrededor.

— No tienes que irte así —le dije, sin aliento—. Estoy aquí. Por ti. Por lo que somos.

— Llegas tarde, Leo —su voz sonó quebrada, pero firme—. Ya no puedo vivir esperando a que elijas quedarte.

— He cambiado. Te juro que…

— Yo no quiero juramentos —me interrumpió—. Quiero hechos. Y tú… tú solo llegas cuando ya me estoy yendo.

— Ariadna, por favor…

Ella dio un paso atrás.

— Ojalá encuentres lo que estás buscando, Leo. Pero esta vez… no me busques más hasta que lo tengas claro. Yo ya no puedo volver a romperme. No ahora que estoy empezando a sanar.

Y se fue.

Vi su figura alejarse, perderse entre puertas automáticas, horarios de vuelos y anuncios por altavoces. Me quedé allí parado, con un mundo en la garganta y el pecho vacío.

La había perdido.

Pero esta vez, iba a luchar.
Aunque me costara todo.
Aunque ella ya no creyera en mí.

Porque por fin sabía lo que quería.

Y no iba a rendirme sin intentarlo de verdad. Tenía un plan y no pararía hasta conseguirlo. Pronto estaría con Ariadna de nuevo, a cualquier precio. Esta vez iba a demostrarle que quería quedarme, no en una ciudad concretamente, sino con ella, a su lado, sin importar en que parte del mundo tuviéramos que empezar.




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