Bajo El Mismo Techo

Capitulo 23 – Ariadna

Capitulo 23 – Ariadna

Han pasado tres semanas desde que llegué a Manchester.
Tres semanas desde que lo dejé todo atrás.
Tres semanas intentando convencerme de que tomé la decisión correcta.

El aire aquí es distinto. Más frío, más gris… más lejano. Todo es ordenado, eficiente, educado. Los entrenamientos van bien. El idioma ya no me intimida. La rutina me mantiene ocupada. Pero por dentro… siento que me falta algo. O quizás, alguien.

En la primera semana en Manchester ganamos una medalla, las chicas son increíbles y le ponen muchísimas ganas. A veces el señor Blake es demasiado exigente, he escuchado a alguna niña llorar y otras querer rendirse. Me recuerdan tanto a mí en los inicios que me asusta, no quiero que ninguna de ellas termine tan rota como yo. Durante años perdí la confianza en mí misma y si la volví a recuperar fue en gran parte gracias a Leo.

— ¡Bien, chicas, excelente trabajo hoy! —dije en voz alta, chocando las palmas mientras las pequeñas patinadoras finalizaban sus vueltas.

Ellas rieron, jadeando, algunas sudorosas, pero con los ojos brillantes.
Me acerqué a Sophie, una niña de diez años con una sonrisa que podía iluminar cualquier pista. Es una de las mejores del equipo, pero es tan inocente e infantil que no llega a creerse lo maravillosa que es en la pista y fuera de ella. Le ayudé a desatarse los cordones del patín mientras me contaba que su perro se llamaba Waffles.

— Waffles se comió mi tarea, pero la profesora no me creyó. —dijo muy seria, y ambas rompimos a reír.

En ese momento, una caída brusca me sacó del instante.

— ¡Emma! —grité, corriendo hacia la niña que se había resbalado en plena pirueta.

Estaba tirada en el hielo, su rostro contraído por el dolor, una de sus rodillas temblando. Me recordó al momento en el que mi mundo se rompió, yo contra el suelo pensando que nunca podría volver a subir a unos patines.

— Respira, respira conmigo, cielo —le dije suavemente, arrodillándome a su lado mientras tomaba su mano.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Apenas podía hablar del susto.

— No… no puedo moverla… —sollozó.

— No pasa nada. Ya estoy aquí —le aseguré, acariciándole el cabello—. No estás sola, ¿de acuerdo? Respira, eso es lo más importante. Lo demás lo veremos después.

Emma asintió, temblorosa. Con ayuda de otra entrenadora la llevamos cuidadosamente al borde de la pista. Me quedé con ella, sentada en el suelo, sin importarme el frío que me calaba las piernas.

— Emma, eres fuerte. ¿Lo sabías?

— No me siento fuerte —susurró.

— Yo tampoco me siento fuerte todos los días. Pero estar aquí, levantarte después de cada caída, intentarlo de nuevo… eso es lo que te hace valiente. ¿Quieres saber un secreto?

Ella asintió con los ojos grandes.

— Yo también he llorado en el hielo. Muchas veces. Pero cada lágrima me trajo más cerca de mis sueños. No te rindas, ¿de acuerdo?

Sus labios esbozaron una leve sonrisa. Me apretó la mano.
Y por primera vez en semanas, sentí algo real arder dentro de mí: pasión.

No por las medallas, ni por la perfección.
Sino por esto.
Por estar ahí para ellas. Por sostenerlas cuando más lo necesitan. Para ver como mis palabras las reconfortan y ayudan a seguir adelante, a perseguir sus sueños.

— ¿Qué demonios está pasando aquí? —interrumpió una voz seca y cortante.

El primer entrenador del equipo femenino juvenil, el señor Blake, cruzó la pista con el ceño fruncido, mirando la escena como si fuese una ofensa personal.

— ¿Ariadna, por qué estás aún en la pista? Esta niña debería estar ya en enfermería. No estamos aquí para jugar a ser niñeras. Ese no es tu trabajo.

Me puse de pie, aun sujetando la mano de Emma.

— No estoy jugando, señor Blake. Emma necesitaba ayuda. Y yo estaba cerca. Solo necesitaba unos minutos más para tranquilizarse.

Él bufó con desdén.

— Su deber es enseñar técnica, no consolar lloronas. Si lloran por una tontería así, nunca llegarán a nada en la vida. ¿Quiere progresar en este club? Aprenda a separar los sentimientos del trabajo. Aquí entrenamos ganadoras, no princesitas heridas. Para eso hay otro tipo de actividades.

Mi corazón se encendió de rabia. Emma se encogió aún más sobre sí misma.

— Con todo respeto —le dije, la voz temblándome por la ira—, el hielo ya es lo bastante duro. No necesitamos entrenadores que lo hagan más frío con sus palabras.

— ¿Perdón?

— Las chicas necesitan exigencia, sí. Pero también necesitan creer en sí mismas. Y si usted no puede entender eso, entonces es usted quien está en el sitio equivocado. No puede arruinar de esa manera su autoestima, son solo niñas.

Silencio.
Su mirada me atravesó como una navaja. Pero no bajé la vista.

Emma seguía temblando. Me agaché de nuevo junto a ella y le susurré:

— No escuches nada de lo que diga ese hombre, ¿de acuerdo? Tú vales mucho más de lo que imaginas.

Ella asintió despacio. Y mientras la ayudaban a subir en la camilla, me quedé de pie en medio de la pista, sintiendo algo nuevo nacer dentro de mí.




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