Capitulo 24 – Leo
La pista de hielo brillaba bajo las luces blancas del pabellón, y el sonido de los patines deslizándose era casi hipnótico. Me quedé quieto junto a la barandilla, sin atreverme a dar un paso más. No sabía si ella me vería, o si lo haría, qué expresión tendría en el rostro. No sabía si se alegraría. O si dolería. Otra vez.
Entonces la vi.
Ariadna estaba de espaldas, agachada junto a una niña que parecía no querer volver a ponerse en pie. Su voz era baja, dulce, pero llegaba clara hasta donde yo estaba. Ella no hablaba para motivar desde la distancia. No. Ella se agachaba, tocaba, miraba a los ojos. Vivía cada caída con ellas. Era parte del hielo, parte de sus pasos.
— No importa cuántas veces caigas, Emma. Lo importante es que hoy, justo ahora, decides volver a intentarlo. ¿Sabes por qué? —dijo Ariadna, sonriendo con esa ternura que se le escapaba sin darse cuenta—. Porque cada vez que lo haces, estás un paso más cerca de volar.
La niña asintió con los ojos vidriosos, y Ariadna la ayudó a levantarse con un abrazo. Ese abrazo. No se separó de ella hasta que llegó la camilla para llevársela y asegurarse que estaría bien. Ese modo suyo de darlo todo, aunque nadie esté mirando. Me recordó exactamente por qué me enamoré de ella.
Y también, por qué la perdí. Ella siempre me entregó todo lo que era y cuando tuve la mínima oportunidad de demostrarle que yo también apostaba por ella, la dejé.
Sentí una presión en el pecho. Mi voz estaba atrapada en algún rincón de mis miedos. Apreté los puños. Vamos, Leo. No has venido hasta aquí para seguir callando.
Me acerqué despacio, sin interrumpir, hasta que su mirada se cruzó con la mía.
— Hola, Ariadna —dije, cuando no pude soportar ni un segundo más sin oír mi voz mezclarse con la suya.
Ella parpadeó. El gesto que hizo fue difícil de leer. No era rechazo… pero tampoco alivio.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó. Estaba cansada, lo noté. Como si ya no quisiera más sorpresas.
— Vine a presentar el proyecto a los entrenadores del equipo—respondí, señalando con la cabeza el maletín que llevaba conmigo—. Pero también… vine por ti, te echaba de menos.
Ella bajó la mirada un segundo, como si necesitara recomponerse.
— ¿Por qué ahora? —preguntó, con la voz baja pero firme—. ¿Por qué no me buscaste antes?
Tragué saliva. No podía fingir más.
— Porque tenía miedo. De volver a fallarte, de fallarme. Me di cuenta de que nunca aprendí a quedarme. Y no podía pedirte que apostaras por alguien que todavía no sabía cómo amarse a sí mismo. Pero esta vez es distinto. Me ha llevado algunas semanas, pero lo he arreglado todo, incluso el trabajo, si decides quedarte en Manchester, me quedo contigo Ari, iría contigo al fin del mundo.
Ella no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos y me observó. Como si intentara leerme desde dentro.
— He cambiado cosas, Ari. Fui a ver a mis padres. Les dije todo lo que sentía, lo que llevaba años guardando. El abandono, el dolor, el resentimiento. No quería arrastrar más fantasmas contigo. Y traje mi proyecto aquí porque… porque pensé que, si tenía una oportunidad de estar cerca de ti, debía merecerla, no debes ser tú quien renuncie a todo esta vez, solo, déjame quedarme. No pidiéndote que me esperes, sino demostrándote que puedo estar.
La vi morderse el labio. La forma en que lo hacía cuando peleaba con su corazón. Tenía un debate entre lo que debía hacer y lo que su alma le gritaba.
— No sé si puedo creer en nosotros otra vez, Leo. Me rompiste. Y creo que necesito más tiempo para recuperarme.
— Lo sé —dije—. Y no espero que me perdones ahora. Solo quiero estar cerca. Ayudarte, verte crecer, sonreírte si me dejas y que tú me sonrías de nuevo. Aunque no volvamos a ser lo que fuimos, necesito ser alguien que sume en tu vida. Aunque sea desde lejos. No soporto estar lejos, no verte cada día y no ser el culpable de tu felicidad.
Ariadna respiró hondo. Y no dijo que sí. Pero tampoco se fue.
— Tengo que ir a ver como sigue Emma, supongo que tendrás que hablar con el señor Blake sobre los dispositivos. —Me miró con una pequeña sombra de ternura en sus ojos—Si quieres puedes esperarme, ¿tienes donde quedarte?
— La empresa ha conseguido una habitación cerca del estadio. —Le sonreí con el corazón en la garganta—. Pero me encantaría verte más tarde, por favor.
Ella asintió y volvió al hielo. Y yo me quedé ahí, quieto, viendo cómo se movía entre las niñas con una fuerza serena. Viendo como en pocas semanas es una mujer segura, su forma de andar, su determinación, Ariadna ya no es la niña de la que me enamoré y eso me gusta todavía más. Tal vez ya no esperaba nada de mí. Pero yo… yo iba a demostrarle que esta vez, sí sabía quedarme. Cueste lo que cueste.
Me aseguré de que el proyector estuviera conectado, que las gráficas estuvieran organizadas por orden y que los sensores estuvieran visibles en su estuche transparente. No era solo una presentación, era una declaración de intenciones. Esta vez no me iba a esconder tras ningún “ya veremos”.
Cuando el señor Blake entró a la sala de reuniones, con su paso firme y ese ceño fruncido que parecía llevar de serie, me obligué a mantenerme erguido. Había entrenadores que imponían por volumen. Él lo hacía con silencio.