Capitulo 25 – Ariadna
Cuando lo vi entrar a la sala de reuniones, algo en mí se encendió.
Leo. Tan seguro, tan centrado. Su voz firme, sus gestos precisos. No parecía el mismo chico que me dejó rota frente a la pista de hielo semanas atrás. Había crecido. Había cambiado. Y sin embargo… seguía siendo él. El mismo que me miraba como si fuera el único punto fijo en su mundo caótico.
Estaba de pie junto a Blake, explicando con pasión cómo funcionaban esos sensores, cómo podían ayudar a prevenir lesiones, cómo transformarían los entrenamientos. Y mientras hablaba, no pude evitar pensar en lo que habíamos vivido juntos. En todas las veces que me había cuidado. En cómo fue él quien creyó en mí cuando ni yo misma lo hacía.
Pero ahora no se trataba de mí. Se trataba de las niñas. De lo que podríamos lograr por ellas. De todo lo que iba a mejorar no solo su rendimiento, sino su seguridad en la pista, la confianza en ellas mismas.
Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí ilusionada.
Cuando terminó la presentación, no pude evitar acercarme a la puerta. No tenía claro si quería felicitarlo o simplemente quedarme un minuto más contemplándolo desde esa nueva luz. Leo me vio. Caminó hacia mí. Y hablamos. Brevemente. Suficiente. Me gustaba tenerlo de vuelta, me invitó a salir y yo intenté no sonar demasiado ilusionada.
Luego regresé a la pista.
Las niñas estaban terminando su coreografía libre. Algunas reían, otras patinaban sin rumbo. Pero Emma… Emma estaba sentada al borde de la pista, con los brazos rodeando sus rodillas y la mirada perdida en el hielo. El médico había asegurado que podía seguir bailando, pero sé cómo se debe sentir en estos momentos.
Me acerqué con cautela.
— ¿Todo bien, pequeña estrella? —pregunté, sentándome a su lado.
—No sé si quiero seguir, Ari… —murmuró. Su vocecita temblaba.
— ¿Qué ha pasado?
— No patino como antes. Desde la caída… intenté ensayar de nuevo la misma coreografía, pero, algo cambió. Tengo miedo. De fallar. De que se rían. De que me digan que no sirvo para esto.
Mi pecho se encogió.
— Emma… —dije, tomándole la mano—. ¿Sabes cuántas veces me caí yo entrenando para mi primer campeonato nacional?
Ella me miró, dudosa.
— Veintisiete. Lo conté. Y una de esas veces, terminé en el hospital con una rodilla inflamada como una sandía. Estuve dos semanas sin poder bailar, ¿Sabes qué hice durante todo ese tiempo?
Negó con la cabeza, los ojitos muy abiertos.
— Volví. Seguí practicando, aunque me doliera. Porque amo esto. Porque cuando estoy en el hielo, aunque tenga miedo, también me siento libre. Y tú… tú tienes una magia en los pies que no puede apagarse por una caída. Tienes que seguir luchando, por tus sueños y por lo que te apasiona.
Emma tragó saliva. Se notaba que quería creerme, pero la inseguridad era más fuerte.
— ¿Y si vuelvo a caer? ¿Y si la próxima vez me rompo?
— Entonces yo estaré ahí. Y juntas te levantaremos. ¿Me dejas ayudarte?
— ¿Tú? ¿De verdad?
— De verdad de la buena. Te prometo que vamos a entrenar juntas. Solo tú y yo. Y vamos a recuperar esa chispa que tienes. Porque yo la vi, Emma. Y sé que tú también puedes verla otra vez.
Se lanzó a mis brazos, abrazándome con tanta fuerza que casi me tumbó.
— Gracias, Ari —susurró—. No sabía que alguien como tú podía entender cómo me siento.
— Claro que lo entiendo. Porque yo también fui esa niña. Y todavía lo soy a veces. Los miedos nunca se van, pero se pueden curar poco a poco, con paciencia y amor.
Nos quedamos así un momento. Luego me puse de pie y le tendí la mano.
— ¿Te parece si empezamos mañana? Solo tú y yo. Vamos a practicar un ejercicio muy especial que me ayudó a vencer el miedo y conseguir la victoria. Pero para eso debes hacerle caso siempre al corazón.
— ¡Sí! —exclamó, por primera vez con brillo en los ojos.
Vi cómo volvía con las demás, cómo su paso era aún temeroso, cojeaba un poco, pero menos que antes. Y ahí supe que ya había valido la pena estar en Manchester.
No por huir de lo que sentía por Leo. No por construir una nueva vida sin él. Sino por esto. Por la oportunidad de marcar la diferencia en alguien que empieza a recorrer el mismo camino que recorrí yo.
Y aunque una parte de mí seguía rota, otra se sentía más viva que nunca.
Porque en medio del hielo, entre caídas y segundas oportunidades, estaba aprendiendo que ayudar a alguien más… también podía salvarme a mí. Quizás eso es lo que había estado buscando toda mi vida.
Terminé de recoger los conos de colores y las fichas de ejercicios con una sonrisa suave. Emma se había esforzado tanto en el entrenamiento que quise abrazarla en cuanto terminó su rutina, incluso antes de que me diera tiempo de corregirle nada. Estaba progresando. No solo en técnica, sino en coraje. Y yo… yo me sentía viva otra vez.
Suspiré. Guardé el último material en la bolsa y apagué las luces de la pista. Ya era tarde, casi de noche, y Manchester me envolvía con ese aire húmedo y gris que se había vuelto una especie de refugio.