Capitulo 26 – Leo
Caminé de regreso al hotel con la sonrisa aun colgando de la boca y el sabor de su beso en los labios. Era como si el mundo me estuviera devolviendo el aire después de meses de asfixia. No fue un beso largo. Ni torpe. Ni siquiera planeado. Pero fue nuestro. Y fue suficiente para encender algo que creía apagado.
Dormí poco, pero por primera vez en semanas no me importó. Me levanté temprano, tomé un café rápido y fui directo a la pista. Quería verla. Quería ayudarlas.
Cuando llegué, las vi desde lejos. Ariadna estaba sobre el hielo con su cabello recogido en una trenza apretada. Sus movimientos eran precisos, pero suaves. Estaba mostrándole a Emma cómo hacer una transición básica sin apoyar todo el peso sobre la pierna lesionada. Emma la miraba con atención, esforzándose en cada paso. Me acerqué sin hacer ruido, dejando mis cosas en el borde.
— Buen intento, Emma —dijo Ariadna con dulzura—. Pero no te encorves, eso hace que te desequilibres.
— Es que me duele un poco... —admitió la niña, mordiéndose el labio.
— Lo sé —dijo ella, hincándose frente a ella sobre el hielo—. Pero solo con el primer paso. Los otros dos puedes hacerlos apoyándote más en la otra pierna. Mira.
Y volvió a hacerlo. Sin presión. Sin prisa.
Me apoyé en la barandilla, con los brazos cruzados y una sonrisa inevitable.
— Estáis haciendo un gran trabajo —interrumpí, finalmente.
Ariadna me miró y sonrió. Esa clase de sonrisa que se instala en el pecho y se queda ahí.
— Llegas justo a tiempo, ingeniero —dijo, bromeando—. ¿Nos ayudas?
— Claro. Traje los dispositivos. Pensé que podríamos probar un par de sesiones con Emma.
Emma me miró, curiosa. Después miró a Ariadna y después otra vez a mí.
Quería gritarle que sí, que ella era todo para mí, pero todavía no lo teníamos definido y Ariadna ya tenía las mejillas bastante sonrojadas por la pregunta de Emma. Yo solo acaricié la cabeza de la niña mientras sonreía sin parar.
— ¿Duele?
— No más que una cosquilla —le guiñé un ojo—. Y te ayudará a entrenar sin forzar la pierna lesionada. Vamos a probarlo. Tú mandas, entrenadora.
Ariadna asintió y me ayudó a colocar las bandas de estimulación en el muslo sano de Emma, conectándolas al dispositivo portátil. Con el otro equipo sincronizado, Emma podía realizar los movimientos básicos sin sobrecargar la zona lesionada. Los sensores detectaban los errores de postura y emitían una vibración leve para corregirla.
— ¿Qué sientes? —le pregunté mientras ella patinaba con cuidado.
— ¡Es raro! Como si alguien me empujara en la pierna buena... —soltó una risa—. Pero también me ayuda a mantener el equilibrio.
— Exactamente —le dije—. Lo que hace es reforzar la memoria muscular. Así, cuando te recuperes del todo, tu cuerpo ya sabrá qué hacer.
Ariadna me miró con aprobación. No dijo nada, pero sus ojos hablaban.
— ¿Podemos intentar la coreografía? —preguntó Emma, entusiasmada.
— ¿Tú qué opinas? —le dije a Ariadna.
— Podemos probar, pero solo el primer bloque —respondió, con ese tono dulce pero firme—. Y si sientes dolor, paramos de inmediato.
Verlas juntas era como ver una escena que alguien había escrito para mí. Y yo solo había tenido que llegar al lugar correcto para vivirla.
Durante los siguientes veinte minutos, Emma intentó la coreografía mientras Ariadna la guiaba y yo ajustaba los niveles de estimulación muscular en tiempo real. Cada tanto, corregíamos posturas, hacíamos pausas para estirar, y hasta jugábamos un poco con la música. Ariadna aplaudía, Emma reía, y yo… me sentía en casa.
— Esto fue genial —dijo Emma al terminar, jadeando un poco—. No quiero irme.
— Nadie quiere cuando empieza a disfrutarlo —le dijo Ariadna, tocándole el hombro.
— Gracias, Leo —me dijo Emma con una sonrisa que me recordó por qué había comenzado todo esto.
— De nada, campeona.
Cuando Emma se fue con su madre, Ariadna y yo nos quedamos en la pista vacía. Ella se sentó en el borde, soltándose la trenza. Me senté a su lado.
— Eres increíble con ella —le dije.
— Solo intento no hacer lo que hicieron conmigo. Presionar, exigir… hacer que todo doliera más.
Asentí.
— ¿Y tú? ¿Cómo estás?
— Extrañamente bien —respondió, girándose hacia mí—. Siento que estoy haciendo algo que importa.
— Lo estás haciendo. Y lo haces muy bien. Esa niña te adora.
Nos quedamos en silencio un momento. El hielo brillaba bajo las luces artificiales, como si respirara junto a nosotros.