Bajo El Mismo Techo

Capitulo 27 – Ariadna

Capitulo 27 – Ariadna

A veces el cuerpo tarda en reaccionar, como si no entendiera del todo lo que acaba de pasar. Me dolía la espalda, pero más me dolía el alma. Me senté en el banco, con la respiración entrecortada y las manos temblorosas. Leo estaba a mi lado, cuidándome como si no existiera nada más en el mundo.

No sabía si quería llorar, gritar o reír de lo absurdo que había sido todo. Solo intentaba animar a las niñas. Solo intentaba hacer bien las cosas.

Y Blake… ese hombre.

Sus palabras me seguían repitiendo en la cabeza como un eco amargo: “Típico. Las emociones no ganan medallas. Eres demasiado débil, Ariadna.”

Qué equivocado estaba. Yo también lo estaba hasta hace apenas unas semanas.

Las emociones son lo único que me han hecho resistir en este deporte. Las que me sostuvieron cuando todo parecía perdido. Cuando me caí en la pista y creí que nunca volvería a levantarme. Cuando mi padre no fue a mis primeras competiciones, nunca pensó que pudiera llegar tan lejos, ojalá pudiera ver cómo me levanto cada vez más fuerte. Cuando creí que no era suficiente, ni para patinar, ni para ser querida.

Y, sin embargo, aquí estoy. Apoyada en los brazos del hombre que siempre soñé, ganando premios y viviendo la emoción de las primeras veces sobre la pista de hielo.

— ¿Quieres que llame a un médico? —preguntó Leo en voz baja, mirándome como si estuviera viendo algo frágil.

— No. Solo… dame un momento —susurré.

Volví a apoyar la cabeza en su hombro y cerré los ojos. Sentía su calor, su firmeza. Ese abrazo silencioso que tantas veces soñé cuando estaba sola en mi habitación, sin saber si él pensaba en mí.

Lo hacía. Me estaba demostrando que sí. Por primera vez en mi vida alguien me demostraba que se quedaría, que me elegiría a pesar de todo.

— ¿Te hizo daño? Ese hombre no tiene corazón. —preguntó otra vez.

— Solo me empujó el orgullo, lo demás es solo físico. — intenté bromear, pero mi voz se quebró.

Hubo un silencio. De esos que no incomodan, sino que sanan.

— Gracias por defenderme —dije por fin—. Nadie lo había hecho así antes. Has cambiado, me has puesto por delante como prometiste. Yo no confié en ti, pero me has demostrado que has cambiado, de verdad.

— Siempre lo haré, Ari —respondió sin titubear—. Porque te amo. Y porque lo que haces aquí… es valioso. Tú inspiras a esas niñas. Y eso vale más que cualquier trofeo. Me di cuenta tarde, pero sé dónde debo estar, y es a tu lado. Da igual si es en Manchester o en cualquier otra parte del mundo.

Me mordí el labio para no llorar. No por dolor, sino por todo lo que me removía.

Emma. De pronto la recordé.

— Emma… —murmuré, incorporándome con dificultad—. Estaba ahí cuando pasó. ¿Crees que se habrá asustado? Esa pobre niña ha pasado demasiadas emociones en muy pocos días.

— Te vio caer, pero también te vio levantarte —respondió Leo—. Es más fuerte de lo que crees. Y te tiene a ti. Le has demostrado que no es más débil por caer, de las caídas también se aprende. Estoy seguro que está orgullosa de ti.

Asentí, aunque un nudo me oprimía el pecho.

Lo que había pasado con Blake no era solo una discusión. Era un reflejo de todo lo que va mal en ciertos rincones de este deporte: el miedo, la humillación, la rigidez.

No podía permitir que Emma ni ninguna niña más creciera bajo ese mismo peso.

Me quedé en silencio, observando la pista desde lejos. Ya no había nadie. Solo el eco de los patines en mi memoria.

— Leo… —dije, girándome hacia él—. ¿Y si esta caída no fue una derrota, sino el inicio de algo?

— ¿El inicio de qué?

— De algo mío. De algo real. De entrenar a estas niñas con amor, con pasión, con respeto. De enseñarles que no tienen que dejar de ser sensibles para ser fuertes. Tengo algunas ideas, pero no sé si me atrevo a dejarlo todo de nuevo. De apostar por mi verdadero sueño.

Él sonrió. Esa sonrisa que me desarma.

— Eso suena como un plan. Y me apunto, ya lo sabes. Aunque tenga que hacer de técnico, repartidor de chuches o lo que se te ocurra. No importa cuál sea mi papel en ese sueño tan loco que tienes, voy con todo.

Reí, al fin.

— Gracias por estar. Aunque ni si quiera sabes para qué. No tienes ni idea de lo que mi cabeza está pensando.

— Siempre. Solo espero que tu negocio sea legal, y haya sitio para uno más.

Y en ese momento, supe que, aunque me hubieran empujado una vez más, esta vez no caería sola.

Esa noche volvimos caminando a casa bajo la lluvia suave de Manchester. El cielo estaba tan negro como mi vida en ese momento, con dudas, siendo un mar de lágrimas imposible de calmar. Leo insistió en acompañarme, como cada día desde que llegó, pero esta vez no hubo despedidas en la puerta. Esta vez no me atreví a decirle adiós. Ni siquiera hasta mañana. Abrí la puerta despacio invitándolo a entrar.

Subimos en silencio, sin planes, sin máscaras. Solo con el cansancio de la jornada y esa especie de calma tibia que se instala cuando ya no hace falta fingir nada. Volvía a ser yo de nuevo, sin dudas y sin miedos, aunque en el fonde de mi alma estaba aterrada por todo lo que tendría que enfrentar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.