Bajo El Mismo Techo

Capitulo 29 – Ariadna

Capitulo 29 – Ariadna

La decisión estaba tomada, pero todavía debía enfrentar a Adrián, no sabía cómo iba a tomar la noticia, quizás se alegre de tener espacio para él solo o ponga esa cara de cachorrito abandonado. Finalmente, me tocó su versión de cachorrito.

— ¿Me estás diciendo que te vas a mudar con Leo? ¿Vas a abandonar a tu único hermano?

Adrián parpadeó como si le acabara de decir que iba a hacer puenting sin cuerda. Tenía una rebanada de pan con aguacate a medio morder y la cara de quien necesita urgentemente una explicación lógica para sobrevivir al caos.

— Sí… pero espera, ¡antes de que pongas esa cara de padre en apuros! —levanté las manos como si eso pudiera detener la avalancha—. Viviremos en el piso de arriba. Literalmente. Vas a poder ver mi ropa tendida desde tu ventana. ¿No es bonito?

— Bonito no es la palabra que me viene, la verdad —gruñó, dejando el pan sobre el plato con dramatismo—. Ahora voy a escuchar todo lo que hace mi amigo, solo que sabré que está con mi hermana. Será horrible.

Leo, que hasta entonces había estado sirviéndose café como si no oyera nada, se acercó con esa sonrisa suya que desarma hasta a los más testarudos.

— No vamos a irnos al otro lado del mundo. Solo… al piso de arriba. Has estado en mi casa miles de veces, hubo una temporada en la que pensé que eras un okupa. Así puedes seguir subiendo a robarnos cerveza y a comerte mis galletas.

— Ah, entonces perfecto. ¡Encantado! —resopló Adrián, sarcástico—. ¿Y ya lo tenéis todo planeado, así sin avisar?

— Más o menos —dije, dando un paso al frente—. Solo queríamos hacerlo bien. Esta vez sin secretos. Ni distancias. Ni pasillos de por medio.

Adrián nos miró, primero a mí, luego a Leo. Y luego… suspiró. Largo, como si se rindiera ante lo inevitable. Como si supiera, en el fondo, que esto no era un capricho.

Era amor. Del bueno. Del que se pelea, se construye y se lava los platos juntos.

— Pues nada, supongo que me tocará ayudaros con la mudanza —dijo finalmente—. Pero que conste que me guardo el derecho a subir a quejarme si hacéis ruido por las noches.

— Eso ya lo hacías antes, eres insoportable —replicó Leo, sonriendo.

— ¡Eh! —protesté, dándole un codazo a ambos—. ¡Ni que fuéramos tan escandalosos!

Spoiler: lo éramos.

La mudanza fue un caos. Tardé más de lo esperado en guardar todas mis cosas, por suerte tenía la ayuda de Leo y las ideas de Adrián que me animaba a quemarlo todo y cito textualmente “tratar mi Síndrome de Diógenes”

Leo había guardado mis cosas como si estuviera huyendo del país: libros en cajas de cereales, camisetas en bolsas de basura, y su portátil metido en una caja que ponía “cosas de la cocina”. Por otro lado, Adrián se pasó toda la mañana subiendo y bajando escaleras mientras se quejaba de su rodilla, del calor, de nuestras decisiones apresuradas y del número absurdo de velas aromáticas que yo había acumulado sin darme cuenta.

Pero lo hicimos. Juntos.

Y la primera noche, tumbados en el colchón con las sábanas oliendo a Leo y mezclándose con mi perfume, con las ventanas abiertas y la luna asomando tímida, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. Paz.

Estábamos construyendo algo real. Poco a poco. Sin máscaras. Y aunque aún faltaban muebles, cortinas y una cafetera que no goteara, teníamos todo lo importante.

Días después saliendo del supermercado, lo vimos. Un local. Pequeño. Con paredes blancas y suelo de madera. Cerca del parque y con buena luz por las mañanas. El cartel de “SE ALQUILA” colgaba torcido y parecía olvidado, pero cuando Leo y yo cruzamos esa puerta, supimos que era ahí.

— Es este, lo estoy imaginando —susurré—. Colchonetas por aquí, una barra de estiramiento allá, y ese rincón para los dispositivos de recuperación.

— Y la pared del fondo para tus clases —añadió Leo, girando sobre sí mismo—. Con espejos. Muchas niñas bailando contigo, riendo, cayéndose y levantándose.

No lo pensamos, lo alquilamos inmediatamente, toda mi vida había pensado demasiado las cosas que hacía o las decisiones que tomaba. Desde que me movía por impulsos y por el corazón, mi vida había mejorado, y sabía que ese local era el indicado.

Los primeros días fueron intensos y un poco caóticos. Yo grababa las clases online desde una esquina con fondo blanco y un perchero que se caía cada vez que hablaba fuerte. Leo montaba las máquinas de recuperación muscular mientras maldecía las instrucciones en cinco idiomas. Emma nos hizo una videollamada y lloró al ver su nombre escrito en una pizarra con la frase: “Tú también puedes volar.”

Estaba agotada, me senté en el suelo con las piernas cruzadas pensando la primera coreografía que enseñaría a mis alumnas. Leo me abrazó por detrás, en silencio, mientras Adrián entraba al local con una caja de herramientas y preguntaba si aún podía huir del país.

— Demasiado tarde, hermano —dijo Leo—. Estás dentro de esto.

— Como siempre —añadí, limpiándome las lágrimas con la manga—. Pero esta vez… con todo lo que somos.

Los siguientes días fueron locura, pasábamos más de doce horas en el local, Adrián y Leo se habían implicado y sus socios decidieron colaborar económicamente en el proyecto cuando se lo explicamos. Al menos teníamos su apoyo que ya era mucho.




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