Bajo El Mismo Techo

Capitulo 30 – Leo

Capitulo 30 – Leo

Desperté con la cabeza llena de imágenes de anoche. Ariadna girando entre las niñas como si flotara. Ariadna sonriendo, libre. Ariadna sobre mí, con su piel ardiendo y sus ojos diciéndome que ya no había vuelta atrás.

La miré dormir, envuelta en una de mis camisetas, con el pelo desordenado y una pierna sobre mí. El mundo podía caerse afuera, pero yo… yo ya había encontrado mi sitio.

Me levanté con cuidado, como si moverme fuera a romper la burbuja. Bajé a la cocina y puse a calentar café mientras preparaba tostadas y algo de fruta. Aún no me acostumbraba a esta rutina compartida. A tenerla tan cerca. A que su perfume se mezclara con el olor de mis camisetas.

— ¿Estás haciendo desayuno o intentando conquistarme de nuevo? —dijo una voz rasposa detrás de mí. Estaba usando las mismas palabras después de nuestra primera noche juntos en Manchester, eso me hizo sonreír todavía más.

Me giré. Ahí estaba ella, con los ojos aún medio dormidos, pero la sonrisa despierta.

— ¿Y si son las dos cosas?

Se acercó, me abrazó por la espalda y apoyó la cabeza entre mis omóplatos.

— Me gusta despertar contigo —murmuró.

Mi corazón, ese traidor, dio un vuelco. La besé en la sien.

— Yo también. Mucho más de lo que debería.

Nos sentamos a desayunar juntos. El sol entraba por la ventana y dibujaba formas cálidas en la mesa. Hablamos del día, del estudio, de las clases. Y entonces lo solté, sin pensarlo demasiado:

— ¿Te has dado cuenta de que ya no tenemos miedo?

Ella alzó la mirada. Había migas en su labio inferior y me dieron ganas de besarla otra vez.

— No. Ya no. Y eso… eso es todo lo que quería.

Más tarde, bajé al estudio con Adrián. Teníamos una montaña de cosas por organizar: listas de espera, planificación de horarios, nuevos materiales, y los tratamientos para las niñas que habían sufrido presión psicológica por entrenamientos pasados. Algunas estaban empezando a hablar. A confiar.

— ¿Te diste cuenta de que las chicas nuevas se agrupan por edades, pero las exalumnas de Manchester no? Es como si todavía tuvieran que protegerse —le dije a Adrián mientras revisábamos los formularios.

—Claro. Entre ellas hay una especie de hermandad. Como si hubieran sobrevivido a algo juntas. Lo que tú y Ari estáis construyendo… tiene algo de mágico, tío.

— Ella es la magia —respondí sin pensar.

Adrián me miró, entre divertido y resignado.

— Nunca te había visto así por nadie. Me cuesta aún, es mi hermana, pero… si tú la haces feliz, me quedo tranquilo.

Sonreí. Había costado, pero lo estábamos logrando: reconstruir el presente, limpiar el pasado, y crear un futuro.

Esa tarde, me pasé por el estudio de baile. Las clases habían terminado, pero la música seguía sonando. Desde la puerta, vi a Ariadna con dos de las más pequeñas enseñándoles a hacer un pequeño giro sincronizado. No era perfecto. No era técnico. Pero era real.

Una de ellas se cayó, y Ariadna se tiró al suelo con ella entre risas. Y entonces lo supe. Ella lo sería todo, mi otra mitad, mi mujer, la madre de mis hijos, todo.

Este era el sueño que ni siquiera sabía que tenía. Ella me vio, se levantó rápido y vino hacia mí, corriendo para abrazarme y besarme como su fuera la primera vez.
Todavía quedaban algunas niñas en el vestuario, Ariadna siempre se quedaba un poco más a preparar el aula para la siguiente clase, yo tenía varios correos que responder mientras me iba despidiendo de cada una de las niñas. Entendía porque Ari las adoraba tanto, muchas de ellas todavía no habían conocido la crueldad del mundo y la miraban con la misma inocencia y ternura con la que ella empezó las clases de baile.

La puerta del estudio se abrió con ese sonido chirriante que todavía no habíamos arreglado desde la última reforma. Levanté la vista desde mi portátil, esperando ver a alguna madre rezagada o a Adrián entrando con su eterno café en mano y su cara de pocos amigos.
Pero no. Era Clara.

— Hola —dijo, con esa voz suave que no había cambiado en absoluto—. ¿Interrumpo?

Me puse de pie de inmediato.

— Clara… no, claro que no. ¿Qué haces aquí?

Ella sonrió, nerviosa. Sostenía una carpeta en una mano y una pequeña bolsa en la otra.

— Vengo por dos cosas. Primero, porque quería veros y felicitaros por el éxito. Y segundo, porque me han hablado maravillas de este sitio. Parece que el boca a boca va mejor que cualquier agencia de marketing —bromeó.

Solté una risa breve, todavía procesando su presencia.

— ¿Quieres que te enseñe el estudio?

— Me encantaría —asintió.

La llevé por el pasillo mientras le explicaba cómo funcionaban las clases, cómo habíamos adaptado la zona de recuperación para las niñas con lesiones, y cómo Ariadna combinaba la técnica con danza. Clara me escuchaba con verdadera atención, aunque noté que su mirada buscaba otra cosa.

— ¿Y ella? —preguntó al fin—. ¿Ariadna está aquí?




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