Bajo el mismo techo ni loca

CAPITULO 4

—No vamos a tener luna de miel —dijo Ethan, sin mirarme.

Yo me quedé quieta, en medio del pasillo del hotel, con el vestido aún arrugado por la ceremonia y los pies adoloridos.

—¿Qué? —pregunté, aunque ya había escuchado bien.

Él acomodó el reloj en su muñeca como si hablara del clima.

—Dije que no habrá luna de miel.

—¿Y el viaje a la playa? ¿Las fotos en pareja? ¿Los desayunos en la cama con frutas y vista al mar?

—Valeria —me miró esta vez—. Esto no es un matrimonio real. No hay necesidad de fingir más allá de lo útil.

Y ahí estaba.

La frase que desinfló todo mi aire.

Como un balonazo directo al estómago.

—¿Y qué vamos a hacer, entonces? —pregunté, con la sonrisa más falsa del planeta.

—Ir a la casa que compré. La que nos corresponde como pareja. Y empezar la convivencia. Eso es suficiente.

—Claro… porque lo que siempre soñé fue irme de luna de contrato.

La casa era enorme.

Blanca. Moderna. Ordenada como quirófano.

Entré y lo primero que pensé fue: Aquí se mueren las carcajadas.

—Bienvenida —dijo Ethan, dejando su maleta perfectamente alineada junto a la puerta.

Yo arrastré la mía. Entró golpeando una esquina del mueble. Me reí.

—Ups. Mi error.

Él suspiró.

—Intenta no romper nada.

—No prometo nada.

La habitación principal estaba decorada como catálogo de revista.

Cada cosa en su lugar.

Cada color combinado.

Ni una flor chueca.

—¿Esta es tu idea de hogar dulce hogar? —pregunté, abriendo las cortinas.

—Es funcional.

—Frío. Pero funcional.

Nos miramos.

Ya nos habíamos casado.

Ya había sabtisfacido a mis padre.

Ya habíamos firmado.

Ya estaba todo hecho.

Pero esto sería un infierno o el cielo

Yo: frustración, encierro, ironía, rabia.

Él: distancia, estructura, control… y tal vez algo más, que ni siquiera él entendía.

—¿Tendremos habitaciones separadas? —pregunté, con una ceja alzada.

—Eso sería lo lógico —respondió.

—Perfecto. Así puedo roncar en paz.

—Y yo trabajar en silencio.

Los primeros días fueron… caóticos.

Para él, claro.

Porque yo florezco en el caos.

Yo dejaba los zapatos en el comedor.

Los aretes sobre la tostadora.

Una blusa colgada en la lámpara.

Mi vida era un carnaval de desorden.

Él, por otro lado, era una regla caminando.

Organizaba los libros por tamaño, los trajes por color, y los cubiertos como si fueran piezas de ajedrez.

—¿Acabas de dejar tu taza ahí? —preguntó un día, con horror en los ojos.

—Sí. Es una superficie plana. Sirve para eso.

—Esa mesa es decorativa.

—Ahora es funcional.

Me lancé en el sofá con las piernas cruzadas, mientras él suspiraba como si yo fuera su castigo divino.

Las cenas eran silenciosas.

Yo intentaba hacer chistes.

Él los ignoraba.

—¿Sabes qué necesita esta casa? —le dije una noche.

—¿Una bomba? —respondió, sin levantar la vista del plato.

—Casi. Música. Y tal vez una mascota. ¿Qué te parece un loro? Podría insultarte por mí cuando no tenga energía.

—Prefiero el silencio.

—Eres un poema de alegría, Ethan.

Una noche, mientras yo bailaba sola en la sala con música a todo volumen, él apareció.

—¿Podrías bajarle?

—¿Podrías sonreír por una vez?

—Es tarde.

—¿Eres un niño para ir a dormir temprano? vive la vida que esa solo hay una —

—Yo tengo la manera de vivir mi vida y no es un desastre como la tu ya —

Valeria lo ignoró y subió la música a todo lo qué da

Al tercer día, mientras me secaba el cabello en bata, él golpeó la puerta.

—¿Sí?

—Tus padres vendrán mañana.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Supongo que querrán ver cómo nos va.

—¿Y les contarás que no hay luna de miel, ni besos, ni cómo estuvo tu día?

—Les contaré que todo está bien. Porque para ellos, eso es suficiente.

Cerró la puerta.

Yo lo miré irse.

Y por un segundo… sentí lástima por los dos.

Dormir era raro.

Cada uno en su habitación.

En una casa enorme.

Casados, pero más distantes que cuando éramos dos extraños.

A veces escuchaba que él se levantaba a las cinco.

Corría. Leía. Desayunaba.

Y yo seguía en la cama, preguntándome si alguna vez ese hombre me miraría sin ver a través de mí.

Porque aunque acepté el trato…

Aunque sabía que no era amor…

Hay algo en cada persona que, en el fondo, espera ser elegida.

Y yo no lo era. Y yo no lo era esto era un matrimonio por contrato solo eso

AL DÍA SIGUIENTE

Mía padres ya estaban aquí chocando cada cosa de la casa mi madre Sorprendida, ya que era una casa tres veces más grande que la de mis padres era obvio Ethan eran muy rico pero a la vez muy frío

—Hija vives como una princesa muy buena elección de nosotros casarte con él—

Era come veían mis propios padres una moneda de cambio solo eso una pieza de ajedrez en el despacho estaba Ethan y mi padre hablando de negocios para levantar a mi padre de la quiebra

—Casarte Con Ethan fue maravilloso se resolvió la vida hija y tu padre está muy feliz pues nos dará el capital que falta para levantar la empresa —

—Me alegra madre espero que esta vez puedan administrarlo bien y lo hagan multiplicar el dinero — Ethan y mi padre salieron del despacho mi padre tenía una sonrisa de oreja a oreja y el cheque en la mano Ethan solo me miró frío ni una sonrisa nada mi padre se acercó a mi

—Hija mía que bueno verte princesa me imaginaba que te tratan muy bien aquí con los lugos de esta mansión—

Y de nuevo con lo mis ellos piensan que estoy bien en esta mansión, pero bueno a ellos solo les importa el dinero

—lastimosamente debemos irnos hija—Dijo madre con una sonrisa

Continuara




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.