Bajo el Muérdago

Capítulo 2: Mensajes en azúcar 

Ella había pasado horas en su estudio, entre lienzos e ideas que no se concretaban, estaba frente a un bastidor, con un lienzo más grande que ella, pero como había pasado los últimos meses, sus ideas se negaban a plasmarse en el fondo blanco.

Después de una noche larga, a la mañana siguiente, Ella caminaba desde su departamento por las frías calles, donde la nieve había formado ya montículos a las orillas de las aceras. El viento frío se colaba entre los abrigos de las personas que caminaban tan temprano por Brooklyn.

Llegó antes que todos, como siempre. Subió las escaleras del pequeño estudio que rentaba justo arriba del café —su refugio secreto—, dejó su bolso y bajó para iniciar turno. Hacer café la relajaba; seguir recetas le daba calma, decorar galletas le daba paz. No era como pintar, que la exponía, que le recordaba lo que había perdido y lo que aún temía enfrentar.

Aunque dentro del Mistletoe Café, el ambiente era otro: olor a café recién molido, galletas de jengibre y una tibieza que hacía que los clientes se quitaran el abrigo con alivio.

Encendió el horno, preparó una nueva bandeja de galletas y una hora después comenzó a decorar las primeras galletas del día, donde cada una de ellas llevaba un mensaje diferente; ese día eligió escribir frases simples pero cargadas de significado.

—¡Ella! —saludó Martha con esa gran sonrisa de todas las mañanas —buenos días, cielo.

—Buenos días, Martha, ¿qué haces aquí tan temprano? —la hora en el reloj marcaba las siete apenas.

—Pensé que sería bueno ayudarte de vez en cuando —dijo Martha quitándose el abrigo y pasando detrás de la barra —además en casa estaré sola, así que un poco de compañía no me vendría nada mal, sabes que no me gusta mucho el silencio.

—¿Por qué no fuiste con tu esposo esta vez? —preguntó Ella con curiosidad, era muy normal que Martha saliera de vez en cuando con su esposo a sus viajes de negocios.

—Solo va dos días, tiene una reunión en california, me gusta más la idea de quedarme en el café que estar dos días encerrada en un hotel. Además, dije que sería voluntaria mañana en la casa para niños sin hogar.

—Bueno, eso no te lo discuto —dijo Ella que trazaba el glaseado con precisión casi artística sobre las galletas, al menos ahí no tenía ese bloqueo como un lienzo en blanco —¿Y qué harán mañana? No vi los volantes con atención.

—Es una subasta de arte local, ya sabes, algunas personas donan lo que se realiza en los talleres de arte que está aquí cerca, aunque ya hemos recibido algunas obras no creo que lleguemos a juntar el mínimo.

—¿Lo mínimo? —preguntó Ella sin entender el desánimo de Martha.

—Cinco mil dólares... —respondió Martha en un suspiro, limpiando la máquina de espresso con un poco más de fuerza que de costumbre. —Es lo que se necesita para reparar el techo del área de dormitorios infantiles antes de que este invierno se ponga peor. Apenas vamos por dos mil dólares, con lo de mañana quizás lleguemos a tres mil.

Ella sintió un nudo en la garganta, no podía imaginar la situación en la que se encontraban esos niños, y escuchar el tono en el que Martha le contó esa situación le dio directo en el corazón.

Cinco mil dólares era una cifra que, en su vida como Moolight sonaba insignificante, pues una sola de sus obras más pequeñas costaba más del triple, antes. Ahora no sabía, hace un año que no vendía nada desde que decidió desaparecer del mundo artístico.

—Algo se nos ha de ocurrir, Martha —dijo Ella mientras dibujaba un copo de nieve alrededor de la frase «El valor está en intentarlo».

—Lo sé, cielo, pero espero que sea pronto —respondió Martha con algo de duda e inquietud.

Se obligó a concentrarse en las bandejas, con la mañana transcurriendo con esa calma habitual de un día tranquilo y pocos clientes. Estaba escribiendo el mensaje número ocho cuando la campana de la puerta sonó.

No necesitó voltear para sentir que era él. Era extraño: el aire cambiaba cuando él entraba, eso había pasado ayer, sin necesidad de que ella levantara la vista para saber de quien se trataba.

—Buenos días —saludó una voz profunda.

Ella levantó la vista encontrándose con él. El hombre del abrigo negro, el desconocido con ojos grises.

Llevaba un suéter oscuro bajo el abrigo y el cabello ligeramente despeinado por el viento. Parecía menos formal hoy y más… humano, se veía algo cansado.

—B-buenos días —respondió ella, esforzándose por no sonar nerviosa.

Él se acercó al mostrador con una sonrisa tranquila, como si regresar hubiera sido lo más natural del mundo.

—¿Me das lo de ayer? —preguntó.

—¿Un latte con canela?

—Y dos galletas —añadió, ladeando la cabeza—. De las mágicas.

—No son mágicas… — Ella sintió un calor extraño en el pecho.

—Yo creo que sí —dijo él—. Ayer terminé mi día con mejor humor gracias a una de ellas, así que hoy quiero comenzarlo de buen humor.

Ella no supo qué responder. Mientras preparaba la bebida, escuchó cómo él caminaba por el café, observando los cuadros que Martha colgaba de las ferias de arte locales. Si él supiera que algunos de esos eran de ella misma…

Regresó al mostrador con el latte. Él estaba mirando una pintura pequeña de tonos dorados y azules, una que Ella había hecho en una noche de insomnio hace bastante tiempo.

—¿Te gusta? —preguntó sin pensar.

Él volteó hacia ella, sorprendido de que hubiera iniciado una conversación.

—Mucho —dijo—. Se siente… como si quien la pintó no intentara impresionar a nadie. Solo… decir algo.

Ella tragó saliva. Había descrito su estilo con demasiada precisión.

—Seguro la hizo alguien del barrio —murmuró ella, desviando la mirada. —Martha suele ir mucho a ferias de arte locales —dijo Ella señalando esa obra, ya que era ella quien omitía seguido firmas, no quería llamar la atención. Al menos no en ese lugar que le daba tranquilidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.