Bajo el Muérdago

Capítulo 3: Ruido de Ciudad, latidos de corazón 

Cuando la mañana llegó, los autos pasaban con prisa afuera en las calles, se escuchaba el bullicio habitual de la zona en esas fechas. Pero Ella seguía durmiendo, agradecía que los martes hacía el turno de la tarde, porque ahí, en ese pequeño estudio convertido en refugio, el único sonido audible era la respiración tranquila de Ella.

El sol apenas había comenzado a filtrarse por las rendijas de las cortinas cuando abrió los ojos, era normal que se despertara antes de que sonara el despertador cuando no tenía que ir a trabajar, irónico...

El aire era helado afuera, después de prepararse para un nuevo día, Ella se preparó un café, con esos ojos grises que estaban cobrando forma observándola en cada movimiento.

—Oh, no… —susurró, pasando una mano por su cara.

Pero tampoco pudo evitar sonreír, con la taza de café entre sus manos, se quedó parada frente a la pintura, observando cada trazo que ella había hecho hace unas horas.

—Te odio Ella Harper, a veces eres muy… tú —se recriminó, pero se quedó ahí de pie.

El timbre de su celular vibró en la mesa. Se acercó sin mucha prisa, pensando que sería alguna notificación del trabajo o un mensaje de Martha enviándole un meme navideño a las siete de la mañana.

Pero no, era notificación de un correo entrante de otra galería de arte muy importante de Nueva York, pero aún no tenía ánimos de participar en esas exposiciones. Hacía casi un año desde la última vez que había estado en una de esas exposiciones, ahora no tenía nada nuevo que mostrar, y, sobre todo, aun no quería volver a ese mundo, un tiempo lejos de esa vida le venían bien a su calma.

Dejó el teléfono boca abajo y fue al baño a prepararse para el día. Diez minutos después, ya vestida y con el cabello recogido en un moño rápido, cruzó el estudio. Su mirada volvió a caer inevitablemente sobre el lienzo.

—Ridícula —murmuró, y levantó el celular para ver la hora.

Sus dedos se quedaron suspendidos un momento sobre la pantalla, no quería saber nada de Moonligth. Así que simplemente apagó la pantalla y lo dejó sobre el sofá. Necesitaba aire fresco, o lo que sea que le diera tiempo de respirar en Nueva York.

Tomó una bufanda, el abrigo grueso que usaba cuando hacía demasiado frío incluso para Nueva York, y salió del estudio. Las escaleras crujieron bajo sus botas mientras bajaba, y cuando empujó la puerta del edificio, el viento la golpeó como un balde de agua helada, eso era justo lo que necesitaba.

La ciudad estaba completamente despierta. El olor a pan recién horneado salía de la panadería de la esquina, un perro jalaba de su dueño con impaciencia, una pareja se tomaba selfies junto a un árbol de Navidad mal decorado. Nueva York era así: un caos lleno de pequeñas historias que no se detenían por nadie.

Ella caminó sin un rumbo claro con las manos en los bolsillos y la bufanda cubriéndole la mitad del rostro.

Mientras caminaba por las calles de Brooklyn, su mente regresaba a su estudio. Le había gustado ese impulso creativo que llevaba tiempo sin sentir, pero no quería exigirse demasiado, al menos no cuando estaba saliendo de una temporada de autoexigencias, ahora ella marcaba su ritmo. Agradecía que nunca mostró su rostro, nadie sabía quién era Moonlight, solo su ex y mánager, y sin duda su adorada hermana mayor.

Adam Thorne, era su ex, y fue su mánager, el hombre que había convertido a Moonligth en una marca antes de que Ella supiera lo que eso conlleva. El que había visto su vulnerabilidad como una moneda de cambio y su arte como un producto. Habían terminado después de una subasta, después de una discusión brutal donde él le había espetado que, sin él, no era nada. Que su misterio era tan efectivo como su pincel, y que debía agradecerle por haberla creado.

Ella cerró los ojos, dejando que el viento helado le azotara el rostro como una bofetada purificadora, lo había dejado lejos de ella, manteniendo contacto cero con esa relación que solo había resultado bien para él.

Sentía que había subido demasiado alto, demasiado rápido… y temía caerse.

Se detuvo frente a un puesto callejero donde vendían adornos navideños artesanales. Una señora mayor tejía guantes mientras tarareaba una canción antigua. Los colores vibrantes de los adornos, el olor a pino y madera, el bullicio alrededor… todo se sentía tan vivo.

—¿Te interesa uno, querida? —preguntó la señora, levantando un pequeño adorno en forma de casita de jengibre.

Ella lo tomó entre sus dedos. Era simple, pintado a mano, imperfecto. Justo como le gustaba el arte.

—Es bonito —murmuró.

—Está hecho con cariño —respondió la señora, sonriendo con suavidad.

Ella sintió algo apretarle el pecho, era ese nudo leve y conocido que le evocaban los buenos recuerdos.

—Me lo llevo —dijo, sin pensarlo. También tomo un pequeño folleto que invitaba a locales a donar obras de arte para una pequeña subasta, era el mismo del que le había hablado Martha un día anterior.

Pagó y continuó caminando, con la pequeña casita colgando de su mano y el folleto en la otra. Durante unos minutos, dejó que la mente se quedara quieta. Solo ella caminando por las calles de Brooklyn, sin exigencias o presiones, pero sobre todo sin Moonlight respirándole en la nuca.

Cuando regresó a su departamento, el viento le había enrojecido las mejillas y el cabello se había escapado de su moño de todas las maneras posibles. Junto a la puerta de su departamento, se detuvo un momento, sosteniendo el adorno con cuidado y luego entró. Era un lugar cálido, sencillo y con su esencia en todo su esplendor.

—¿Te quedaste de nuevo toda la noche en ese estudio? —pregunto la voz de su hermana llegando desde la cocina.

—¿Sabes que debes pedir permiso antes de entrar a mi departamento? ¿Qué paso esta vez? ¿Peleaste con tu esposo de nuevo? —pregunto Ella viendo a Mia acercarse, una chica un par de años mayor que ella, era muy guapa, pero era todo lo contrario a Ella, Mia amaba ser el centro de atención.




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