Bajo el Muérdago

Capítulo 5: La subasta de una pieza de autor

El murmullo del salón se transformó en un zumbido expectante cuando las luces bajaron apenas un tono. Un voluntario golpeó suavemente el micrófono —toc, toc— y pidió a los invitados que tomaran asiento.

Ella y Mia permanecieron atrás, casi escondidas entre una columna y un perchero de abrigos caros.

—¿Lista? —susurró Mia.

—No —respondió Ella con absoluta honestidad.

—Pues deberías.

El escenario improvisado estaba decorado con luces cálidas y un pequeño atril de madera. Todo tenía esa vibra de evento humilde… hasta que dejó de tenerla.

Porque el hombre que caminó hacia el frente no era un voluntario cualquiera.

Adrián Cole se detuvo bajo el foco principal como si el lugar lo hubiera estado esperando. Traje oscuro, postura elegante, mirada precisa. Una presencia que llenaba el espacio sin pedir permiso. Esos ojos grises que resaltaban en el reflector, Ella sintió que eso no era real, Adrián lucía impecable, pero no sabía que tan importante era.

Mia se inclinó hacia Ella, impactada.

—¿Ese no es…?

—Sí —susurró Ella, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas—. Es él.

El CEO de Cole Enterprises. El hombre que había pasado por el Mistletoe Café dos días seguidos. El que le sonreía de manera suave, como si no hubiera nadie más.

Y ahora estaba ahí, en una subasta de barrio que ya no parecía tan de barrio.

—Buenas tardes —saludó Adrián con una voz firme pero cálida—. Gracias por estar aquí para apoyar a una pequeña fundación a cargo de esta amable persona que nos trae aquí. Hoy tenemos piezas muy especiales… y una en particular que ha llamado la atención de varios expertos.

Ella sintió que su estómago se hundía.

—No me digas que está hablando del…

—Shh —la interrumpió Mia, con los ojos brillando como si estuviera viendo una telenovela en vivo—. Se va a poner buenísimo.

El público acomodado en las sillas se inclinó hacia adelante, curioso. Varios curadores murmuraban entre ellos, revisando catálogos y señalando una página en común.

El público, gente del vecindario mezclada con algunos curadores que parecían un poco fuera de lugar, se inclinó hacia adelante. Varias personas pasaban páginas del catálogo, señalando una misma sección mientras murmuraban entre ellos.

Adrián hizo un gesto suave y los voluntarios comenzaron a llevar las obras una por una al frente. Eran veinte piezas: algunas sencillas, otras más pulidas, todas hechas por artistas locales. Pero la última… la última estaba completamente cubierta por una tela negra. Era imposible no fijarse en ella.

El salón entero miró hacia las ilustraciones y pinturas de estudiantes expuestas a los costados. Pero Ella apenas podía respirar.

—Tenemos la primera obra para iniciar —habló Kathryn Lin, la curadora de arte más famosa de Manhattan, Ella sabía perfectamente quien era esa mujer tan elegante presentado una pequeña obra, la había visto de lejos hablar con su ex, armar presentaciones de Moonlight antes, pero nunca se presentó frente a ella. La subasta comenzaría con las 19 obras antes del Moonlight. —La puja comienza con 50 dólares.

Las obras poco a poco se fueron vendiendo, la gente se había llevado algunas obras, pero la expectativa permaneció a la espera de la revelación del cuadro bajo la tela negra.

Kathryn Lin hizo un leve gesto de mano. Y el voluntario detrás de él retiró una tela negra…

Descubriendo el cuadro de Ella como si fuera un tesoro recién desenterrado. El salón estalló en murmullos.

Ella se llevó una mano a la boca, mientras Mia le tomó el brazo con fuerza.

—Quisiera presentar, por último, pero no menos importante, una pieza cuya autoría aún no ha sido revelada, pero cuyo estilo ha despertado el interés de varios de nuestros invitados. —dijo Kathryn Lin, con una sonrisa observando a toda la sala.

Uno de los curadores alzó la voz desde la primera fila:

—¡Esto es trabajo profesional! ¿Quién la donó?

—La fundación asegura que llegó de forma anónima —respondió ella, sin perder la calma ni la elegancia—. Y eso… lo vuelve aún más valioso.

El murmullo creció, alcanzando una nota casi eléctrica.

Ella dio un paso atrás, mareada.

Mia la sostuvo de la cintura antes de que se tambaleara.

—El… si te desmayas, te cargo como princesa, te lo juro —susurró Mia entre dientes.
—Me voy a morir.

—No. Te voy a abanic...

—¡Mia! Concéntrate.

—Ok, ok, me callo.

Kathryn Lin extendió la mano hacia el cuadro como si lo estuviera presentando a una sala de inversores multimillonarios.

—Abrimos la puja en mil dólares —anunció.

Mil dólares.

En un evento donde normalmente subastarían manualidades, ilustraciones locales y pinturas de estudiantes. Mil dólares por una pieza sin firma. Por una obra de Ella, sabía que sus obras eran muy caras, pues había visto bastantes, pero nunca había estado en una subasta “de barrio”.




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