Las tiendas de conveniencia nunca están realmente en silencio.
Incluso cuando no hay clientes frente a la caja y durante unos segundos nadie abre las neveras, siempre queda algún sonido flotando en el ambiente: el zumbido constante de los refrigeradores, la música que sale de los altavoces, el motor del aire acondicionado, el murmullo distante de la calle o el pequeño chasquido de una botella al deslizarse hacia delante en su dispensador.
Para la mayoría de las personas, probablemente no sea más que ruido.
Para mí, no.
Yo sé escuchar la tienda.
Llevo tanto tiempo haciéndolo que no necesito pensar en lo que significa cada sonido.
Mi cuerpo responde antes de que las palabras aparezcan en mi cabeza.
Un golpe seco en la puerta de la nevera.
Alguien acaba de sacar una bebida.
El roce de una cesta contra el suelo.
Un cliente está cambiando de pasillo.
Unas monedas chocando dentro de un bolsillo.
Probablemente alguien se aproxima a la caja.
Un paquete de plástico que cruje cerca del expositor del pan.
Alguien está dudando entre dos productos.
El Smile Mart situado frente a la estación de Hiiro lleva dieciocho años hablándome de ese modo.
Y yo llevo dieciocho años respondiéndole.
Aquella mañana estaba agachada delante del expositor refrigerado, colocando los onigiri que acababan de llegar.
A esas horas los clientes compraban, sobre todo, desayunos rápidos.
Onigiri, sándwiches, ensaladas, café.
Algunas personas llegaban casi corriendo desde la estación, cogían exactamente los mismos productos que el día anterior y desaparecían pocos minutos después hacia los edificios de oficinas.
Yo conocía el ritmo.
También conocía el espacio que debía ocupar cada producto.
En las filas centrales coloqué los nuevos onigiri de hueva de abadejo con queso.
Era un producto reciente y necesitaba visibilidad.
A ambos lados puse los de atún con mayonesa, que se vendían sin necesidad de ningún esfuerzo especial.
Los de bonito podían quedarse en los extremos.
Cogí otro paquete.
Lo alineé con los anteriores.
Un milímetro más atrás.
Lo corregí.
Ahora estaba bien.
—Furukura, ¿Cuántos de atún quedan en la caja?
Preguntó Sugawara desde unos metros más allá.
No tuve que comprobarlo.
—Veinticuatro.
Hubo un pequeño silencio.
Levanté la cabeza.
Sugawara me estaba mirando.
—¿Los has contado?
—Cuando he abierto la caja.
—Claro que los has contado.
Sonrió.
Yo también sonreí.
Había aprendido que cuando alguien decía algo de aquella manera, con los ojos ligeramente entornados y las comisuras de los labios levantadas, lo apropiado era sonreír.
Sugawara volvió a mirar el expositor.
—Pues tendremos que sacar otra caja antes de que termine la hora punta.
—Seguramente.
—Hoy la gente viene con hambre.
No sabía si aquello era una observación seria o una broma, así que decidí no añadir nada.
Entonces sonó la campanilla de la puerta.
Mi espalda se enderezó automáticamente.
—¡Bienvenido! ¡Buenos días!
Sugawara pronunció el saludo al mismo tiempo.
Las dos voces se mezclaron durante un instante.
Siempre me gustaba cuando eso ocurría.
Era como si la tienda tuviera una sola garganta y nosotros fuéramos diferentes partes de ella.
Entró un hombre con traje gris. Llevaba una mochila negra colgada de un hombro y miraba el teléfono mientras caminaba.
Lo observé apenas un segundo.
Fue suficiente.
No llevaba cesta.
Se dirigió directamente a las bebidas.
Cogió una lata de café.
Después se quedó quieto.
Sus ojos se movieron hacia el expositor de comida caliente.
Esperé.
Hay clientes a los que conviene hablarles enseguida.
Otros necesitan unos segundos para decidir.
El hombre pertenecía al segundo grupo.
Se acercó a la caja.
Ya llevaba una mano dentro del bolsillo.
Abandoné los onigiri y crucé la tienda.
—Buenos días, señor.
El hombre dejó la lata delante de mí.
—Y un paquete de tabaco del cinco.
—Por supuesto.
Me volví hacia el expositor.
Conocía la ubicación de cada cajetilla.
Saqué el paquete correcto, lo pasé por el lector y lo dejé al lado del café.
El escáner emitió su pitido breve.
—Pulse aquí para confirmar su edad, por favor.
El hombre extendió el dedo hacia la pantalla, pero se detuvo.
Sus ojos se desviaron otra vez hacia la comida caliente.
No dije nada.
Esperé.
—Ponme también uno de esos perritos empanados.
—Enseguida.
Me desinfecté las manos, abrí el expositor y cogí uno con las pinzas.
—¿Quiere que separe la bebida fría de la comida caliente?
—No hace falta. Todo junto.
—De acuerdo.
Metí los artículos en una bolsa pequeña.
El hombre comenzó a buscar monedas.
El sonido metálico me resultaba familiar.
Sin embargo, de repente dejó de hacerlo y se palpó el bolsillo de la camisa.
Observé el movimiento.
Tarjeta.
Probablemente Suica.
—Pagaré con Suica.
Dijo.
—Perfecto. Acerque la tarjeta al lector, por favor.
El aparato emitió otro sonido.
Pago aceptado.
Imprimí el recibo.
—Aquí tiene. Muchas gracias.
—Gracias.
El hombre guardó la compra y salió.
La puerta automática se abrió.
Campanilla.
Cierre.
Todo había durado muy poco.
Para un observador externo, probablemente no había sucedido nada importante.
Un hombre había comprado café, tabaco y comida.
Eso era todo.
Pero en aquella breve interacción habían ocurrido muchas cosas.
Yo había interpretado la dirección de sus ojos, la posición de sus manos, la velocidad de sus movimientos, el momento exacto en que debía hablar y aquel en que debía callar.