El rugido del motor del deportivo negro se extinguió frente a la torre de cristal que llevaba el apellido de su padre, pero que ahora, bajo su tutela, se había convertido en un monumento a la eficiencia despiadada. Isaías bajó del vehículo con un movimiento fluido, ajustándose la chaqueta del traje como quien se coloca una armadura de combate. No miró al guardia que le abrió la puerta; no era por arrogancia, sino porque su mente ya estaba procesando las tres reuniones simultáneas que definirían el trimestre.
En el momento en que su bota de cuero pulido pisó el mármol del vestíbulo, el aire pareció cambiar de densidad.
—El señor Delmonte ha entrado en el edificio —susurró el recepcionista por el intercomunicador, con una urgencia que rozaba el pavor reverencial.
La noticia viajó por los hilos invisibles de la corporación como una señal eléctrica. En el piso treinta, la secretaria personal de Isaías, una mujer de eficiencia robótica y nervios de acero, recibió la notificación. Enderezó su postura, verificó que el café estuviera a la temperatura exacta y tomó el teléfono de línea interna.
—Señor Alcalde —dijo con voz profesional pero firme—, el señor está entrando al ascensor. Estará con usted en sesenta segundos.
Al otro lado de la línea, en la sala de espera de la presidencia, el Alcalde de Providencia acomodó sus papeles, sintiendo esa extraña presión en el pecho que solo Isaías Delmonte logra provocar en los hombres de poder. Sabía que no estaba allí para una charla protocolar; estaba allí porque el "tiburón" había decidido que sus intereses y los de la comuna debían alinearse.
Mientras tanto, el ascensor privado ascendía en un silencio sepulcral. Isaías observaba su reflejo en las paredes de acero inoxidable. No vio al hombre que hace una hora estrechaba la mano de un terapeuta con una sonrisa fingida. Vio al ejecutor. Al hombre que no aceptaba un "no" por respuesta y que controlaba cada variable de su entorno para que el caos del mundo exterior nunca volviera a tocarlo.
Cuando las puertas se abrieron, el personal de la planta noble contuvo el aliento. Isaías caminó por el pasillo central, y su sola presencia bastó para que el ritmo de las tecleadoras aumentara y las conversaciones triviales se extinguieran. Él no saludaba; él evaluaba. Cada mirada suya era un escáner que buscaba debilidades.
Al llegar frente a su despacho, su secretaria le abrió la puerta con una inclinación de cabeza.
—El Alcalde lo espera en la sala de juntas, señor —informó ella, siguiendo sus pasos rápidos.
—Que espere cinco minutos más —respondió Isaías, entrando en su santuario personal sin detenerse—. Quiero que sienta el peso del tiempo que me está haciendo perder.
Mientras en el piso treinta de la torre el silencio de Isaías pesaba más que las palabras del Alcalde, en la casa de los Delmonte el ambiente conservaba el calor de la sobremesa, aunque una tensión familiar empezaba a filtrarse entre las tazas de café vacías. La "sincronía" de aquel día no solo unía ciudades, sino también las voluntades opuestas de una misma sangre.
Mateo y Carmen acompañaron al pastor hasta la puerta principal, donde el sol de la tarde bañaba el jardín con una luz dorada.
—Ha sido un placer, como siempre —dijo el pastor, estrechando la mano de Mateo antes de volverse hacia Carmen—. Por favor, felicite a su cocinera de mi parte; el asado estaba en su punto exacto, realmente exquisito.
—A su nombre, pastor —respondió Carmen con una sonrisa radiante y ese tono amable que reservaba para las visitas ilustres—. Vuelva pronto, esta siempre será su casa.
Se quedaron observando cómo el pastor subía a su automóvil y se alejaba por la avenida. En cuanto el vehículo desapareció de su vista, la expresión de Mateo cambió. El rastro de la amabilidad protocolar se esfumó de su rostro, dejando paso a una mueca de desaprobación que llevaba conteniendo toda la comida.
—Carmen, tienes que parar —soltó Mateo, dándose la vuelta para entrar de nuevo a la casa—. Esa manía tuya de meterte en la vida de Isaías sin su aprobación se te está escapando de las manos.
Carmen entró tras él, fingiendo una inocencia que no terminaba de convencer a nadie. Alzó las cejas e inclinó la cabeza, como si no entendiera el motivo del reclamo, aunque en el fondo sabía exactamente a qué se refería su marido.
—¿Meterme? Solo estaba conversando con nuestro guía espiritual, Mateo. No he hecho nada malo —replicó ella, aunque sus ojos evitaron la mirada inquisidora de su esposo.
—Sabes perfectamente que a Isaías no le gusta que le toquen ese tema —insistió Mateo, deteniéndose en el pasillo—. Ni siquiera soporta que mencionemos la posibilidad de que tenga hijos. Si sigues presionando, si sigues intentando manejar los hilos de su vida privada con el pastor o con quien sea, se va a terminar alejando de nosotros. Y lo sabes.
Carmen soltó un suspiro dramático y agitó la mano en el aire, restándole importancia a la advertencia.
—Ay, Mateo, eres un exagerado —dijo ella, recuperando su tono de seguridad—. No se va a alejar por eso. Solo intento actuar para ayudar a nuestro hijo mayor, como lo haría cualquier madre que se preocupa por su felicidad.
Se detuvo frente al retrato familiar que colgaba en la sala, mirando la figura rígida de su primogénito en la fotografía.
—Él ahora no lo ve porque tiene el corazón cerrado bajo siete llaves —continuó Carmen con una chispa de determinación en la mirada—, pero en un futuro, cuando tenga una mujer que lo cuide y una familia propia, me lo va a agradecer. Ya lo verás.
Mateo no respondió. Conocía la terquedad de su esposa tanto como la de su hijo, y sabía que, en esa guerra de voluntades, el campo de batalla siempre terminaba siendo el corazón de Isaías.
Mientras en el jardín de los Delmonte se hablaba de destinos trazados por la fe, en el corazón de Providencia, Isaías se disponía a demostrar que el destino, al menos en el mundo de los negocios, se escribe con la punta de una pluma y la fuerza de una deuda.
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Editado: 25.03.2026