El interior del vehículo oficial olía a cuero y al café amargo que el Alcalde apenas había probado. Con una mano en el volante y la otra apretando el teléfono contra su oreja, su rostro era un mapa de venas tensas y frustración contenida. El paisaje de Providencia pasaba rápido tras el cristal, pero sus pensamientos estaban anclados en la sala de juntas de la que acababa de escapar.
—Sí, me escuchaste bien. Los quiero para hoy —ladró Roberto por el intercomunicador, su voz vibrando con una autoridad impostada que intentaba compensar su reciente humillación—. El permiso de compra de terrenos municipales, la autorización de edificación y, sobre todo, el informe de impacto ambiental. No me importan los plazos técnicos ni las revisiones de fondo. Que los firmen y los tengan en mi escritorio antes de que termine la jornada.
Al otro lado de la línea, hubo un silencio de duda que solo alimentó su rabia. Si por él fuera, cada uno de esos sellos le costaría a Isaías Delmonte un riñón y la mitad del otro; lo haría suplicar, lo haría esperar en antesalas polvorientas durante meses. Pero el "Tiburón" no pedía, ejecutaba. Y Roberto, atrapado entre su ego herido y las deudas de campaña que lo asfixiaban, no encontraba la forma de devolver el golpe en menos de veinticuatro horas. Ceder era, por ahora, su única estrategia de supervivencia.
Tras colgar con un gesto brusco, el silencio del auto se sintió más pesado que nunca.
Mientras tanto, en las oficinas de la Dirección de Obras, el encargado de agilizar los trámites dejó el auricular en su base con un suspiro cargado de cinismo. Se frotó las sienes y miró a su equipo, que ya lo observaba con la curiosidad de quien huele una irregularidad desde lejos.
—Ya oyeron al "jefe" —dijo el encargado, enfatizando la palabra con una mueca de desprecio—. Olviden el protocolo. Prioridad absoluta para estos expedientes. Hay que tenerlos listos antes de que el sol se ponga.
Sus subalternos se movieron con una eficiencia mecánica, pero él se quedó inmóvil, observando la firma digital del Alcalde en la pantalla. En el fondo de su mente, el respeto por su superior se había evaporado hacía mucho tiempo. Para él, Roberto no era más que un títere cuyos hilos eran manejados por manos mucho más grandes y frías. "Qué poco te duró el carácter de la campaña", pensó con amargura. Recordaba los discursos sobre transparencia y firmeza, ahora reducidos a llamadas de urgencia para favorecer a algún pez grande del mundo empresarial.
El encargado sabía que esa prisa no era gestión, era pago. El Alcalde estaba saldando cuentas pendientes, y en ese juego de favores, los funcionarios de carrera no eran más que el aceite para una maquinaria que solo beneficiaba a los que, como Isaías Delmonte, sabían cuándo tirar de la cuerda.
Mientras en las oficinas municipales el engranaje de la burocracia se forzaba bajo la presión de Isaías, en la residencia de los Delmonte el tiempo parecía haber recuperado su cadencia pausada. El eco de las discusiones sobre el destino y la fe se había disipado, dejando paso a ese silencio tenso que solo el "aire del sur" y la sombra de los Andes saben proyectar sobre un hogar que lo tiene todo, pero que siempre parece esperar algo más.
Mateo se instaló en la terraza, buscando refugio en el aire fresco de la tarde. En su regazo descansaba su libro favorito, una novela sobre la redescubierta libertad de un hombre tras la jubilación; un espejo en el que le gustaba mirarse ahora que el peso de la empresa recaía sobre los hombros de su primogénito. Apenas había logrado sumergirse en las primeras líneas del nuevo capítulo cuando la vibración de su celular sobre la mesa de madera lo trajo de vuelta a la realidad.
Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa genuina, de esas que rara vez mostraba en el mundo de los negocios, iluminó su rostro. Era Carolina, su hija mayor.
—¡Hola, mi niña! —saludó Mateo con calidez, acomodándose en el sillón—. Qué alegría escucharte. ¿Cómo va todo por Punta del Este? Cuéntame, ¿están disfrutando el sol? ¿Cómo están los niños y tu marido?
La conversación fluyó durante unos minutos con la ligereza propia de las vacaciones. Hablaron de las tardes de playa en Uruguay, de las cenas frente al mar y de las ocurrencias de sus nietos. Mateo escuchaba con deleite, permitiéndose ser abuelo antes que magnate. Sin embargo, tras las risas y las anécdotas triviales, el tono de Mateo cambió sutilmente, volviéndose más profundo, más empresarial.
—Hija... dime algo. ¿Has tenido tiempo de pensar en la propuesta de Isaías? ¿Vas a aceptar trabajar con él en la empresa familiar?
Al otro lado de la línea, el silencio de Carolina fue breve pero cargado de significado.
—Justo para eso te llamaba, papá —respondió ella, y Mateo pudo notar un matiz de resignación en su voz—. Quiero llevar la fiesta en paz con Isaías. No solo por mí, sino por la situación tan tensa que hay entre él y mi esposo. Sé perfectamente lo que Isaías piensa de él... que lo considera un "poco hombre" por haber tardado tanto en reconocer a sus propios hijos, por haber dudado de su sangre. Sé que mi hermano no perdona que me haya casado con él después de todo ese desorden.
Mateo suspiró, frotándose la sien. La herida familiar era profunda.
—Hija, siendo sincero, ni siquiera yo estoy de acuerdo con cómo se dieron las cosas —confesó Mateo con honestidad brutal—. Pero respeto tu decisión, tal como sé que Isaías la respeta a su manera. Eso no quita que nos duela recordar cómo se comportó él al principio.
—Lo sé, papá. Por eso mismo voy a aceptar —sentenció Carolina con firmeza—. Mi esposo tiene que limpiar su imagen ante la familia y lo está haciendo, paso a paso. Quiero que todos vean lo unida que está mi familia ahora. Acepto el puesto para apoyar a Isaías, pero también para demostrar de qué madera estamos hechos nosotros.
Mateo no pudo, ni quiso, ocultar su felicidad. Carolina era la única de sus hijos que compartía su verdadera pasión: la arquitectura. Tenerla a ella de vuelta en el núcleo de la empresa no solo era un triunfo estratégico, sino un alivio personal.
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Editado: 14.04.2026