La Torre Delmonte amaneció envuelta en una bruma que parecía nacer del mismo cristal del edificio. En el piso treinta, el aire estaba filtrado, aséptico y cargado de una electricidad estática que erizaba la piel de los empleados. Isaías entró en la recepción de su oficina con el paso de un general que regresa de una batalla que aún no ha terminado. Su traje gris marengo no tenía una sola arruga, pero su mandíbula, tensa como un cable de alta tensión, delataba que la noche no le había traído descanso.
—¿Llegó la carpeta de la municipalidad? —soltó Isaías, sin detenerse, sin saludar, como si su secretaria fuera una extensión de su terminal de datos.
La mujer, que llevaba años aprendiendo a leer los microgestos de su jefe, sintió un vacío en el estómago.
—No, señor Delmonte. Revisé el correo central y la mensajería privada hace diez minutos. No hay rastro de la carpeta que solicita.
Isaías se detuvo en seco. El silencio que siguió fue más aterrador que un grito. Giró lentamente, y sus ojos, dos esquirlas de hielo, se clavaron en ella.
—Comuníqueme con Roberto. Ahora.
A pocos kilómetros, en el despacho municipal, el teléfono privado del Alcalde vibró con una insistencia casi violenta. Roberto miró la pantalla y una chispa de triunfo cruzó sus ojos. Señor Carvajal, sentado frente a él, arqueó una ceja, disfrutando del espectáculo desde la barrera.
—Es Delmonte —susurró Roberto, antes de atender—. Alicia, pásame la llamada.
—¡Castañeda! —la voz de Isaías entró por la línea como un latigazo, gélida y precisa—. Mis abogados están esperando documentos que deberían haber cruzado la ciudad hace una hora. No tolero la ineficiencia, y mucho menos los juegos de oficina. ¿Dónde están mis permisos?
Roberto sintió el sudor frío del miedo instintivo, pero el peso del respaldo de Montero le dio una columna vertebral de acero que nunca había tenido. Se reclinó en su silla, forzando una calma que rozaba la insolencia.
—Isaías, agradezco tu llamada, pero tenemos un contratiempo —dijo Roberto, midiendo cada palabra—. Hubo una inconsistencia técnica de último minuto en los planos de impacto ambiental. Un detalle con las napas subterráneas que mis técnicos detectaron justo antes del despacho. Sabes que, con la nueva normativa, si enviamos eso así, la Contraloría nos colgará a ambos.
Al otro lado del teléfono, Isaías apretó el auricular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Podía oler la mentira a través del cable; sentía que algo en el tono de Roberto se había quebrado, pero no era el miedo, era algo mucho más peligroso: la suficiencia.
—Tres días, Roberto —sentenció Isaías, con una voz que prometía consecuencias funestas—. Tienes setenta y dos horas para que ese "detalle técnico" desaparezca. No me importan las napas, ni la normativa, ni tus excusas. Si en tres días ese sobre no está en mi escritorio, me encargaré personalmente de que tu carrera política sea un recuerdo amargo. ¿Fui claro?
—Absolutamente, Señor Delmonte. Trabajaremos día y noche para que así sea —respondió el Alcalde, aguantando una carcajada que le quemaba la garganta.
En cuanto el clic de la llamada finalizó, el despacho del Alcalde estalló en una risa ahogada. Roberto y Sergio compartieron una mirada de complicidad absoluta.
—Se lo creyó —dijo Roberto, limpiándose una lágrima de júbilo—. El gran "Tiburón Empresarial" está contando los minutos de un reloj que yo mismo acabo de romper. Si supiera que esos papeles están en mi caja fuerte...
Mientras tanto, en la cima de la Torre Delmonte, el ambiente era radicalmente opuesto. Isaías arrojó el teléfono sobre el escritorio y, en un arranque de furia contenida, descargó un golpe seco y demoledor con el puño cerrado sobre la superficie de madera noble. El estruendo resonó en las paredes de cristal.
No le gustaban los retrasos. Odiaba los imprevistos. Pero más que nada, odiaba la sensación de que, por primera vez en años, alguien le estaba sosteniendo la mirada sin parpadear. Isaías se acercó al ventanal, observando Santiago como un tablero de ajedrez donde una pieza se acababa de mover por sí sola.
Mientras el eco del golpe de Isaías aún vibraba en las paredes de cristal de su oficina, en el otro extremo de la región, el sonido era mucho más doméstico: el tintineo de las cucharas contra la loza y el murmullo de una radio informando sobre el frente de mal tiempo que se aproximaba a la capital.
Mari dejó la tetera sobre la mesa y miró a Luz con una mezcla de curiosidad y protección materna.
—Y cuéntame, Luz, ¿qué planes tienes para tu primer día oficial en Santiago? No querrás quedarte encerrada con este gris, ¿verdad?
Luz sonrió, terminando su café con entusiasmo.
—Para nada, Señora Mari. Quiero ir a conocer el campus de la universidad donde terminaré mi último año de periodismo. Necesito ubicarme, saber cuánto tardo en llegar y sentir el ambiente antes de que empiecen las clases.
Mari frunció el ceño, mirando hacia el ventanal empañado.
—Es una ciudad grande, hija. No me gusta la idea de que andes sola por ahí sin conocer los recorridos. Santiago tiene sus mañas.
—Yo la acompaño, mamá —intervino el muchacho, poniéndose de pie con una presteza que hizo que Mari levantara una ceja—. Total, hoy no tengo nada que hacer y me sirve para estirar las piernas. Así me aseguro de que no se pierda.
Luz, en su transparencia y buena fe, aceptó de inmediato.
—¿De verdad? Te lo agradecería muchísimo. Me daría mucha más seguridad ir con alguien que sepa moverse.
El chico le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—De nada. Pero ponte algo que te abrigue bien, un abrigo grueso. Y lleva paraguas; los viejos dicen que después de almuerzo se viene la lluvia fuerte.
Minutos después, ambos salieron de la casa. El aire era una navaja fría que obligó a Luz a subirse el cuello de su chaqueta. Mientras caminaban hacia la esquina, un sujeto con gorra que lavaba un auto un par de casas más allá levantó la mano y gritó con una familiaridad rasposa:
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Editado: 18.04.2026