El Starbucks de la calle Isidora Goyenechea era un hervidero de ejecutivos y pantallas de cristal. Luz entró con las mejillas encendidas por el aire frío, maravillada por el diseño minimalista del local. "Cheo" la seguía de cerca, moviéndose con una soltura que ocultaba sus ojos vigilantes tras una máscara de amabilidad urbana.
—Pide lo que quieras, Luz. Yo invito, es parte de tu bienvenida oficial —dijo él, colocándose en la fila con las manos en los bolsillos de su chaqueta oscura.
Luz miró la pizarra con entusiasmo.
—Un frappé de mokaccino, por favor. Me encanta el toque de chocolate cuando hace este frío. ¿Y tú qué vas a pedir?
"Cheo" sintió un leve asco interno; él prefería una bebida energética o un café cargado que le mantuviera los sentidos alerta para sus "negocios", pero hoy el guion era otro. Tenía que ser el chico sensible, el guía perfecto que compartía sus gustos refinados.
—Un té chai para mí —respondió él, dándole al barista una sonrisa ensayada—. Me gusta la mezcla de especias, es reconfortante cuando el cielo se pone así de gris.
Luz lo miró con sorpresa y una pizca de admiración.
—¿De verdad? A poca gente le gusta el chai, dicen que es un gusto adquirido. Me encanta que tengamos eso en común, Cheo.
Él asintió, disfrutando de cómo cada pequeña mentira tejía una red más apretada alrededor de la confianza de la muchacha. Mientras el aroma a canela y café tostado llenaba el aire, afuera, el mundo de cristal empezaba a resquebrajarse bajo las primeras gotas reales de la tormenta.
A pocos metros del ventanal del local, la figura imponente de Isaías Delmonte avanzaba por la acera. No llevaba paraguas; caminaba con la cabeza alta, desafiando a las nubes como si pudiera ordenarles que se detuvieran. Su objetivo era el restaurante de mantel largo ubicado justo en la acera de enfrente, un refugio de madera y silencio donde nadie se atrevería a hablarle de negocios ni de impacto ambientales o proyectos futuros.
Justo cuando Isaías llegó al borde de la acera para cruzar la calle, el cielo se rompió. Un estallido de agua fría y repentina golpeó el asfalto de Sanhattan, borrando la visibilidad en segundos.
Dentro del Starbucks, Luz recibió su mokaccino y, al girarse hacia el ventanal para buscar una mesa, su mirada se perdió un instante en el aguacero exterior. A través del cristal empañado y las gotas que resbalaban como lágrimas pesadas, vio a un hombre detenido en el paso de cebra. Era una silueta de traje oscuro, envuelta en la bruma de la lluvia, que parecía emanar una fuerza gravitatoria propia.
Isaías sintió el agua empapar los hombros de su traje gris marengo, pero no aceleró el paso. Se quedó ahí, un segundo eterno, mientras el semáforo cambiaba. Por un breve instante, "el Tiburón" giró levemente la cabeza hacia el local de café, y aunque el vapor y la lluvia separaban sus mundos, una extraña corriente estática pareció viajar desde el asfalto hasta el corazón de la joven periodista que, con el vaso de plástico entre las manos, sintió que el aire del local se volvía, de pronto, demasiado escaso.
Mientras la estática invisible en Sanhattan parecía detener el tiempo entre el cristal del café y el asfalto mojado, a varios kilómetros de allí, el aire vibraba con una frecuencia mucho más frívola y ruidosa.
Afuera de una secundaria de élite, el refugio techado de la entrada principal se había convertido en un búnker de impaciencia. Andrea, con el uniforme impecable y una maleta de diseño que desentonaba con el concepto de "campamento", consultaba su teléfono cada tres segundos con un gesto de genuino sufrimiento.
—O sea, te juro que esto es el colmo —exclamó Andrea, lanzando un suspiro que buscaba la solidaridad de su entorno—. Les mandé mi ubicación en tiempo real hace mil años. Literal, me voy a quedar pegada al cemento de tanto esperar. Es heavy lo poco que valoran mi tiempo.
—Heavy es poco, gordi —respondió Coti, acomodándose un mechón de pelo con una uña esculpida que brillaba bajo la luz gris—. Tipo, mi chofer por lo menos me avisó que el tráfico por la lluvia estaba atroz, pero que tu papá no mande a nadie todavía... es como de película de terror. Me muero si me toca esperar cinco minutos más en este frío.
—Es que, ¿viste el cielo? —intervino Josefa, haciendo un puchero—. Mi pelo no sobrevive a esta humedad ni tres segundos. Si no llegan pronto, voy a tener un breakdown aquí mismo. Andrea, diles que si no aparecen en un minuto, te pides un Cabify Black y que ellos paguen la multa moral. ¡Qué onda la desconsideración!
Andrea asintió, sintiéndose la víctima de una tragedia griega de estrato alto.
—Obvio. Si no aparecen ya, voy a bloquear el chat familiar por una semana. Me carga que piensen que una puede estar aquí tirada como si nada.
Apenas a una cuadra de distancia, el SUV de lujo de los Delmonte avanzaba sorteando los charcos con la suavidad de un barco de seda. En el interior, la atmósfera era radicalmente distinta. Carmen se ajustaba el cinturón de seguridad por quinta vez, con los ojos fijos en la entrada de la secundaria.
—Mateo, apura un poco, por favor. La niña debe estar congelada y nosotros aquí a paso de tortuga —urgió Carmen, mientras revisaba mentalmente su lista de pendientes—. Apenas se suba quiero saberlo todo: con quién compartió cabaña, si comió bien, si los guías eran responsables, si conoció a algún chico que valga la pena...
Mateo soltó una carcajada suave, apretando el volante con calma mientras miraba de reojo a su esposa.
—Cuidado, mi vida. Cuando empieces con la ráfaga de preguntas, asegúrate de dejar un espacio para respirar entre medio, ¿ya? No queremos que la pobre Andrea piense que volvió a un interrogatorio de la policía en vez de a su casa.
Carmen lo miró de reojo, entornando los ojos con esa expresión de "pocos amigos" que Mateo conocía de sobra.
—No seas exagerado, Mateo. No es un interrogatorio, es interés maternal. Una buena madre se involucra, pregunta y escucha. Si no le pregunto yo, ¿quién lo va a hacer? Tú seguro le dirás "¿te gustó?" y te quedarás conforme con un "sí" de un segundo. Yo necesito detalles, contexto.
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Editado: 18.04.2026