El agua de lluvia, gélida y constante, resbalaba por las facciones endurecidas de Isaías, pero él no la sentía. En el centro de aquel caos de metal, bocinas y asfalto mojado, el mundo se había reducido al espacio que ocupaban esos ojos castaños cargados de una inocencia que le resultó violenta. Luz no solo era bella de una forma natural y ajena a los retoques de las mujeres que él solía frecuentar; era perturbadoramente transparente.
Isaías, el hombre que leía las intenciones de sus rivales antes de que estos las pronunciaran, se sintió de pronto analfabeto. No había malicia en ella, solo una congoja genuina que lo desarmó.
—Yo... yo no quise... —balbuceó Luz, con las manos suspendidas en el aire, temiendo tocar la tela empapada de su traje—. Por favor, dígame cómo puedo compensarlo.
Isaías no respondió. El "Tiburón" estaba atrapado en una red que no era de su propiedad.
A pocos metros, Cheo, que acababa de levantar la mano hacia un taxi que seguía de largo, giró la cabeza al notar que Luz no estaba detrás de él. Su instinto de calle, afinado por años de vigilar esquinas, detectó de inmediato la tensión. Vio a Luz encogida, apenada, frente a un hombre que emanaba una autoridad casi tangible.
—¡Luz! —exclamó Cheo, acercándose a zancadas, con la mandíbula tensa—. ¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo?
Pero al llegar a su lado y quedar frente al hombre del traje arruinado, las palabras se le congelaron en la garganta. Cheo no era un tipo que se impresionara fácilmente, pero conocía las caras del poder en Chile. Había visto ese hombre decenas de veces en los noticieros de diferentes canales de televisión del país. Era Isaías Delmonte, el dueño de la mitad de los edificios que ellos acababan de admirar.
Un sudor frío, ajeno a la lluvia, le recorrió la nuca. Un escándalo con alguien de ese calibre era lo último que necesitaban en sus vidas.
—¡es Isaías Del...!—soltó Cheo, cambiando su tono agresivo por uno de sumisión ensayada y alarmada—. Mil disculpas, caballero. Mi amiga es nueva en la ciudad, está un poco distraída con la lluvia. Le ruego que nos perdone, no hubo ninguna intención de molestar.
Cheo tomó a Luz del brazo con una firmeza que ella no esperaba, tratando de crear distancia.
—Vamos, Luz, deja que el caballero siga su camino. Ya pedimos perdón —susurró Cheo, tirando de ella mientras lanzaba una última mirada de reojo a la mancha de café que arruinaba la camisa de Isaías—. De verdad, lo sentimos mucho, señor. Que tenga una buena tarde.
Luz intentó decir algo más, pero Cheo la arrastró literalmente hacia la multitud que se refugiaba bajo las cornisas, desapareciendo entre el bosque de paraguas en dirección a la entrada del Metro.
Isaías se quedó solo en la esquina de Isidora Goyenechea. El agua seguía cayendo, pesada, sobre sus hombros. Bajó la vista hacia su pecho: su corbata de seda italiana y su camisa de algodón egipcio estaban, para efectos prácticos, "muertas". Cualquier otro día, aquel incidente habría significado el despido de su secretaria por no haber previsto el clima o una demanda civil por daños menores contra los responsables.
Sin embargo, mientras el rastro del mokaccino se enfriaba contra su piel, Isaías no sintió el impulso de gritar. En lugar de eso, una sensación eléctrica le recorrió la espina dorsal. Recordó la forma en que ella se había disculpado y la luz casi mística de su mirada antes de ser arrastrada por aquel tipo.
Ante la mirada atónita de un mensajero que pasaba corriendo, el hombre más temido del sector financiero de Santiago hizo algo completamente fuera de su guion: sonrió. No fue una mueca de triunfo ni de burla, sino una sonrisa genuina, extraña y peligrosa, que nació de la comprensión de que, por fin, algo en su vida perfecta acababa de salirse de control.
El eco de la sonrisa de Isaías se disolvió en el rugido del viento subterráneo cuando Luz y Cheo cruzaron el torniquete, descendiendo hacia las entrañas de la estación Tobalaba.
El aire en el andén estaba cargado de esa humedad pesada de Santiago en invierno, una mezcla de ozono, cemento mojado y el murmullo incesante de cientos de personas que evitaban mirarse a los ojos. Luz se dejó caer en el asiento de plástico del vagón, sintiendo el frío de la lluvia calar en sus huesos, pero era el calor de la adrenalina lo que más la perturbaba.
Tras unos minutos de silencio mecánico, Luz giró la cabeza hacia Cheo, quien se aferraba al pasamanos con una rigidez que delataba sus nervios aún a flor de piel.
—Cheo… ¿qué fue eso allá afuera? —preguntó ella, con la voz suave pero directa—. Actuaste como si hubieras visto un fantasma. Casi me arrancas el brazo para sacarme de la calle.
Cheo soltó un suspiro largo, tratando de recuperar esa máscara de serenidad urbana que se le había resbalado frente al magnate. Se humedeció los labios y la miró de reojo.
—Es que no era cualquier tipo al que le echaste el café encima, Luz. El hombre que hiciste enojar era Isaías Delmonte.
Luz frunció el ceño. El nombre golpeó una fibra dormida en su memoria, vibrando con una familiaridad extraña.
—Isaías Delmonte… —repitió ella en un susurro, sintiendo un leve cosquilleo en la nuca—. He escuchado ese nombre antes. Estoy segura. Pero no recuerdo bien dónde… fue hace nada, pero se me escapa.
Cheo asintió, forzando una sonrisa que pretendía ser casual.
—Lo viste hoy mismo, gringa. En la mañana, en el matinal de la tele. ¿No te acuerdas? En la sección de farándula estaban hablando de una de sus hermanas, algo de un evento o una fiesta, y repasaban el nombre de él de vez en cuando porque es el que corta el queque en esa familia.
Luz abrió los ojos de par en par, impactada por la revelación. La sensación de irrealidad la envolvió por completo.
—¡Es verdad! —exclamó, tapándose la boca con la mano—. Qué locura… saber que las coincidencias existen de esa forma. En el desayuno lo veo en las noticias, escucho su nombre como algo lejano, de otro mundo… y por la tarde choco de frente con él en una esquina. No puedo creer que le derramé un frappé al hombre de la tele.
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Editado: 18.04.2026