Advertencia: Este capítulo contiene escenas explícitas.
El silencio en el piso ejecutivo de la Torre Delmonte era absoluto, roto únicamente por el siseo del climatizador y el rítmico pasar de las hojas de papel bond. Isaías, sentado tras su escritorio de cristal, repasaba con la mirada crítica de un arquitecto los informes del hotel en Viña del Mar. Las cifras de la obra gruesa eran impecables y los plazos de entrega se cumplían con la precisión de un reloj suizo. Estaba conforme; el proyecto avanzaba con la fuerza imparable que él siempre exigía.
Sin embargo, al inclinar la cabeza para firmar una de las autorizaciones, la luz de la lámpara de escritorio iluminó de lleno la mancha de café que aún adornaba su corbata.
Isaías se detuvo. Sus dedos, que sostenían una pluma estilográfica de edición limitada, se quedaron inmóviles sobre el papel. En lugar de sentir el habitual rechazo por la imperfección o la suciedad, una sonrisa lenta y deliberada se dibujó en su rostro. Recordó la calidez del impacto, el aroma a chocolate y lluvia, pero sobre todo, recordó esos ojos castaños.
«¿Qué demonios tenían esos ojos?», se preguntó en silencio. Había conocido a mujeres de todas las latitudes, expertas en el arte de la seducción y el protocolo, pero ninguna poseía esa transparencia casi violenta que lo había desarmado en plena calle. Olvidar lo sucedido, o simplemente ignorar la estática que aún sentía en la piel, se le antojaba una tarea prácticamente imposible.
Al otro lado de la puerta de roble, en el área de recepción, la atmósfera era radicalmente distinta. Alba mantenía la vista fija en su computadora, fingiendo procesar facturas, hasta que la vibración de su teléfono personal sobre su regazo la hizo saltar.
Era un mensaje de Rafael Montero: «Necesito verte esta noche preciosa 😉.».
Una sonrisa picante, que se extendió de oreja a oreja, transformó el rostro de la secretaria. Sus dedos volaron sobre la pantalla, respondiendo con una mezcla de sumisión y coquetería que alimentaba su propia ambición.
—«Sí, pichoncito. Ahí estaré, en cualquier lugar que tú elijas» —susurró para sí misma mientras enviaba el mensaje.
Alba guardó el teléfono con un gesto triunfal. Mientras su jefe soñaba despierto con una desconocida que le había manchado el traje, ella se preparaba para entregarle a Rafael todo lo que este le pidiera.
Mientras la traición de Alba se gestaba en el silencio digital de la oficina, la humedad de Santiago encontraba un refugio mucho más cálido en la pequeña cocina de la Señora Mari.
El sonido de la llave girando en la cerradura fue el preludio de una explosión de aromas que detuvo a Luz en seco apenas cruzó el umbral. El aire estaba saturado de un olor profundo a masa frita y ese picante punzante que solo el ají chileno, el ajo y la cebolla picada en cubitos perfectos pueden generar.
—¡Llegaron justo a tiempo! —exclamó la Señora Mari, saliendo de la cocina con un paño al hombro y las mejillas encendidas por el calor del aceite—. Pásense un pañito, que ya está servida la once.
Luz se quitó la chaqueta empapada, inhalando con deleite.
—Huele increíble, Señora Mari. Es un aroma... acogedor, como si el hambre se despertara de golpe.
Cheo, que ya se estaba frotando las manos mientras se le hacía agua la boca, guio a Luz hacia la mesa de madera cubierta con un mantel de hule floreado.
—Te dije que mi vieja es una artista, Luz. Mira esto: sopaipillas y un pebre que te va a revivir el alma después de ese chapuzón en Sanhattan.
Luz se sentó, observando con curiosidad los platos humeantes.
—¿Sopaipillas? ¿Pebre? Y... perdón que pregunte, pero ¿qué es eso de "la once"? ¿Acaso cenamos por turnos o es una hora específica?
La Señora Mari soltó una carcajada maternal mientras dejaba una panera llena de círculos dorados y crujientes en el centro.
—¡Ay, mi niña! No es por el número del reloj —explicó con una sonrisa cómplice—. En Chile le decimos "once" a la última comida, que es como un té reforzado. Dicen las malas lenguas, los antiguos, que por allá por el 1800 los hombres querían tomarse su traguito de aguardiente a media tarde, pero como estaba mal visto, decían que iban a "tomar las once".
—¿Por qué once? —insistió Luz, intrigada.
—Porque la palabra "A-G-U-A-R-D-I-E-N-T-E" tiene exactamente once letras —intervino Cheo, riendo mientras tomaba una sopaipilla y le untaba una generosa cantidad de una mezcla verde y roja—. Era el código secreto de los viejos para irse a tomar su copita sin que las señoras los retaran. Con el tiempo, el nombre se quedó para el té, el pan y lo que sea que uno coma antes de dormir.
Luz soltó una risita, encantada con la picardía de la historia.
—¡Qué ingenioso! Me encanta aprender estas cosas. ¿Y esto qué tiene?—preguntó señalando el pocillo de greda.
—Eso es el pebre —explicó Cheo con orgullo gastronómico—. Lleva tomate picado chiquitito, mucha cebolla, ajo, cilantro fresco y ese ají verde que te hace sudar un poquito pero te alegra el corazón. Y las sopaipillas... bueno, la base es zapallo cocido molido con harina y manteca. Mi mamá las fríe hasta que quedan así, infladitas y crocantes.
Luz tomó la primera sopaipilla, sintiendo el calor en la yema de sus dedos, y le puso un poco de pebre siguiendo el ejemplo de Cheo. Al morder, el contraste entre la masa dulce del zapallo y el frescor picante del pebre la hizo cerrar los ojos.
—Esto es... —balbuceó con la boca medio llena—... esto es majestuoso, Señora Mari, esta riquísimo.
La Señora la miró con satisfacción, viendo cómo la joven se relajaba tras el estrés del día. En esa mesa, entre el vapor del té y el crujir de la fritura, el encuentro con ese famoso señor empresario parecía una película lejana, aunque en el fondo de su mente, Luz todavía sentía el eco de esa mirada que no lograba descifrar.
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Editado: 16.04.2026