Advertencia: Este capítulo tiene contenido explícito (+18).
Luz se encontraba sentada tras un imponente escritorio de cristal que parecía flotar sobre el skyline de una ciudad infinita. El tacto de la superficie era frío, liso y perfecto. Vestía un traje de seda que abrazaba su figura con una elegancia que nunca había experimentado en la realidad. El silencio de la oficina era denso, cargado de una expectativa eléctrica, hasta que el sonido de dos golpes secos en la puerta de roble rompió el hechizo.
Sin esperar permiso, Isaías entró. No era el hombre empapado y sorprendido de la calle; era el monarca absoluto de su imperio. Caminó hacia ella con una zancada depredadora, rodeó el escritorio y, sin mediar palabra, la tomó por la nuca para fundirla en un beso que sabía a café, tormenta y deseo contenido.
Luz sintió que el mundo giraba. Sus manos, impulsadas por un instinto que no sabía que poseía, subieron al pecho de Isaías. Con una destreza impropia de su timidez, comenzó a desabrochar los botones de su camisa de algodón, uno a uno, revelando la musculatura firme que se adivinaba debajo. Él se detuvo un segundo, rozando sus labios con una respiración agitada.
—¿No te parece arriesgado y excitante hacerlo aquí, en la oficina? —le susurró él con esa voz raspada que la hacía vibrar por dentro.
Luz no respondió con palabras. Le dedicó una sonrisa cargada de una picardía desconocida mientras volvía a devorarlo a besos, bajando sus manos para recorrer la dureza de su abdomen, delineando cada músculo con una fascinación casi religiosa.
Justo cuando el calor del sueño amenazaba con consumirlo todo, el sonido estridente de una micro frenando en la esquina y el ladrido de un perro callejero la arrancaron de la oficina de cristal.
Luz abrió los ojos de golpe, encontrándose con el techo de su habitación en casa de la Señora Mari. El corazón le martilleaba contra las costillas y sentía las mejillas encendidas. Se quedó inmóvil unos segundos, tratando de recuperar el aliento y procesar la intensidad de lo que acababa de vivir en su mente.
—¿Pero qué...? —susurró, cubriéndose la cara con las manos—. ¿Por qué soñé con ese caballero?
Se incorporó en la cama, sintiendo aún el eco del contacto de Isaías en su piel. Se preguntó si el asombro del encuentro en la calle había sido tan grande como para que su subconsciente tejiera semejante fantasía. Recordó la firmeza del abdomen que había tocado en el sueño y, a pesar de la vergüenza, no pudo evitar que una sonrisa involuntaria se dibujara en sus labios.
—Ay, Luz... —se reprendió a sí misma en voz baja, soltando una risita nerviosa—. En verdad ese hombre está muy guapo. Qué sueño tan caliente tuve con él.
Se estiró, sintiendo que la mañana en Santiago tenía un color distinto. El "Tiburón" Delmonte ya no era solo un nombre en las noticias o un hombre enojado en una esquina; ahora también era el protagonista de sus dulces sueños.
La calma matinal en el barrio de Luz se desvaneció apenas las puertas automáticas de la Torre Delmonte se abrieron con su siseo habitual, devolviendo a Isaías al centro de su tablero de ajedrez corporativo.
Caminó por el pasillo con la prestancia de quien no ha dormido mucho, pero cuya mente ya corre a mil revoluciones. Alba, como un reloj suizo, se puso en pie al verlo aparecer, sosteniendo la taza de porcelana negra que contenía el elixir amargo que su jefe exigía cada mañana.
—Buenos días, señor Delmonte —saludó ella con la eficiencia de siempre, aunque su voz sonaba un octavo más baja, casi aterciopelada.
Isaías tomó el café, sintiendo el calor de la cerámica contra su palma. Sus ojos, sin embargo, no estaban en la bebida, sino en los pendientes de la jornada.
—Buenos días, Alba. Necesito que agendes una cita con el concejal de Providencia para mañana a primera hora —ordenó él, entrando en su despacho mientras ella lo seguía para tomar nota—. Quiero ver cómo adelantar los permisos municipales de la torre B. Roberto me falló con los plazos y no pienso permitir que la burocracia detenga la obra gruesa. Consigue esa reunión como sea.
En su mente, la estrategia era clara: presión política y movimientos de influencia que no necesitaba detallar ante su secretaria. Sin embargo, al girarse para dejar el maletín, la luz fría de los halógenos del techo iluminó un detalle que rompió su flujo de pensamiento.
Alba se había recogido el cabello en un moño alto y tirante, un peinado impecable que dejaba su nuca totalmente expuesta. Justo allí, sobre la piel pálida y delicada, destacaba una marca violácea, un hematoma con forma de dedos que subía hacia la base del cráneo, un rastro evidente de una sujeción feroz.
Isaías se quedó estático. El silencio en la oficina se volvió denso, casi sólido. Alba sintió la mirada de su jefe como un escalpelo y, por un segundo, el pánico le recorrió la columna. «Ahora que», pensó con el corazón saltándole en el pecho.
—¿Qué le pasó ahí, Alba? —preguntó Isaías, señalando la nuca con un gesto breve de la barbilla. Su tono no era de preocupación, sino de una observación clínica que exigía una explicación.
Alba tragó saliva, sintiendo que el aire le faltaba. Sus dedos buscaron instintivamente la marca, pero se detuvieron a medio camino. La verdad era un incendio, pero la mentira debía ser el extintor.
—Es... —balbuceó, buscando una salida hasta que decidió mezclar el fuego con el agua—. Es que... a mi novio se le pasó un poco la mano anoche, señor. En la intimidad, estábamos en la cama y... bueno, las cosas se pusieron un poco intensas. Mil disculpas si le parece inapropiado.
La respuesta cayó como un mazo. Isaías arqueó una ceja, pero inmediatamente desvió la mirada hacia los ventanales. La mención de la alcoba de sus empleados era un territorio que él despreciaba por falta de interés y exceso de pulcritud.
—No es necesario que siga, Alba. No acostumbro a meterme en la vida privada de quienes trabajan conmigo —cortó él con una frialdad que buscaba restaurar la barrera profesional—. Solo asegúrese de que eso no afecte su rendimiento. Puede retirarse.
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Editado: 18.04.2026