Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 11: El Teatro de las Sombras.

El rocío de la mañana aún brillaba sobre los rosales cuando Andrea cruzó el umbral del ventanal hacia el jardín. Carmen, con la manguera en una mano y una tijera de podar en la otra, parecía absorta en la delicadeza de sus flores, un refugio donde el silencio no dolía tanto como el de la mesa del comedor.

​Andrea se acercó arrastrando un poco los pies, ensayando la expresión de contrición que sabía que su madre necesitaba ver.

​—Mamá... —susurró, suavizando el tono de voz hasta que sonó casi infantil.

​Carmen se giró, sorprendida por la interrupción. Al ver el rostro de su hija, sus ojos se iluminaron con una esperanza frágil que Andrea detectó de inmediato. Era el momento de actuar.

​—Perdóname por lo de ayer —continuó Andrea, acercándose lo suficiente para que Carmen dejara las herramientas de lado—. No me gusta verte triste, de verdad. Me siento mal sabiendo que te hice daño con mi pesadez.

​Carmen suspiró, sintiendo que un peso de toneladas se levantaba de sus hombros. Dejó la manguera sobre el césped y tomó las manos de su hija, apretándolas con ternura.

​—Gracias por decirme eso, mi niña. Yo solo quiero estar bien contigo, Andrea. Solo quiero que me tengas un poco de confianza, que sepas que estoy aquí para escucharte. Eso es todo lo que necesito.

​Andrea asintió y, con un movimiento calculado, envolvió a su madre en un abrazo cálido. Apoyó la barbilla en su hombro, ocultando una mirada que seguía fría y distante mientras pronunciaba las palabras mágicas:

​—Es que soy una niña inmadura, mamá. A veces tengo mis arrebatos locos, tú me conoces, pero no los pesques mucho, en serio. Con el tiempo se me pasa. No te olvides que, a pesar de todo, te quiero mucho.

​Carmen cerró los ojos, devolviendo el abrazo con una fuerza que delataba su hambre de afecto. No podía ver que, tras su espalda, Andrea mantenía los ojos abiertos, observando el segundero de su reloj, contando los instantes para dar por terminada la función.

​Logró su cometido. Sabía que con este gesto las aguas se calmarían y su padre no tendría motivos para cumplir sus amenazas. Pero en el fondo de su pecho, no había ni un gramo de arrepentimiento real. Mientras sentía los latidos del corazón de Carmen, Andrea solo podía pensar en lo agotador que era lidiar con una madre que, a sus ojos, era una experta en hacer drama por cada pequeña cosa.

«Nadie me entiende a mí», pensó con amargura mientras se separaba del abrazo con una sonrisa fingida. Para ella, su vida de influencer, las críticas de sus seguidores y la presión de ser perfecta ya eran una carga suficiente como para sentir que debía cargar también con la felicidad de los demás. Simplemente sentía que no era su trabajo hacer feliz a su madre; era una responsabilidad que no había pedido y que le pesaba más que cualquier otra cosa.

​—Ya, mamá, no estés triste —finalizó Andrea con una palmadita en el brazo—. Ahora me tengo que ir a arreglar, que tengo cosas que hacer.

​Se dio la vuelta y caminó hacia la casa, dejando a Carmen con una sonrisa triste pero satisfecha, sin saber que acababa de ser la espectadora de la mejor actuación de su hija.

La falsedad del abrazo en el jardín de los Delmonte se desvaneció apenas el aroma a café de grano y pan tostado reclamó el protagonismo en la modesta cocina de la señora Mari.

​Allí, la atmósfera era un bálsamo de autenticidad que Luz agradecía con cada fibra de su ser. La dueña de casa, con esa amabilidad maternal que parecía ser su marca registrada, dejó un tazón humeante frente a la joven antes de apoyar las manos en sus caderas.

​—¿Y qué tiene planeado para hoy, mi niña?

—preguntó Mari con una sonrisa que le arrugaba los ojos de pura bondad.

​Luz tomó un sorbo, sintiendo cómo el calor le devolvía la energía necesaria para el largo día que le esperaba.

​—Hoy toca moverse, señora Mari —respondió con determinación—. Iré a buscar un lugar para imprimir mi CV. Necesito empezar a buscar empleo lo antes posible; hay varias cosas que debo costear para mi estancia aquí en Santiago y no quiero ser una carga para nadie.

​Mari asintió con aprobación, pero inmediatamente frunció el ceño con preocupación al mirar hacia la ventana, viendo el movimiento frenético de la ciudad afuera.

​—Santiaguito es traicionero si uno no lo conoce, mi niña. ¿Quiere que el Fabián la acompañe? —preguntó, usando el nombre de pila de su hijo—. Él se conoce todas las micros y los metros de memoria.

​Luz dudó un segundo. No quería abusar de la hospitalidad, pero la sola idea de perderse en el laberinto de cemento de la capital la ponía nerviosa.

​—No quisiera molestarlo, de verdad... pero si él puede, sería de muchísima ayuda. Todavía me siento un poco perdida con las calles y el ritmo de aquí —admitió con una sonrisa tímida.

​Mientras tanto, en la habitación contigua, el aludido seguía sumergido en un sueño profundo, ajeno a los planes de las mujeres. Sin embargo, la paz terminó de golpe cuando los gritos de su madre atravesaron la puerta como saetas.

​—¡Fabián! ¡Levántate de una vez, hombre por Dios! —exclamó Mari desde el pasillo, golpeando la madera con los nudillos—. ¡Vístete rápido y ven a tomar desayuno, que tienes que acompañar a la Luz a buscar pega!

​Cheo despertó de un salto, desorientado y con el cabello revuelto. Soltó un gruñido de protesta y se restregó la cara con las manos, sintiendo el peso del sueño todavía en los párpados. A duras penas logró sentarse en la orilla de la cama, maldiciendo en voz baja la energía matutina de su madre. No obstante, apenas recordó quién era su "misión" del día, su actitud cambió. Se puso de pie con un suspiro resignado, pero decidido.

«Ya pues, arriba», se dijo a sí mismo mientras buscaba una polera limpia. Lo hacía a regañadientes por el sueño, pero sabía que era la oportunidad perfecta para seguir ganándose la confianza y el afecto de "la mexicana", como solía llamarla en sus pensamientos. Cada favor, cada trayecto en micro y cada indicación por la ciudad era un punto a su favor para estrechar el vínculo con ella.




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