En la biblioteca de la mansión, el aire parecía haberse agotado. Mateo marcaba el número de su hija por quinta vez consecutiva, sintiendo cómo la ansiedad se le trepaba por la garganta. Escuchar el tono de llamada y caer una y otra vez en el buzón de voz lo estaba sacando de su habitual compostura. Necesitaba advertirle, necesitaba sacarla de esa burbuja antes de que Sebastián terminara de devorar el patrimonio y la dignidad de su familia.
—¡Contesta, Carola, por Dios! —gruñó Mateo, arrojando el celular sobre el escritorio de caoba.
Mientras tanto, en la suite de Punta del Este, el sonido de la brisa marina era interrumpido por la vibración insistente del teléfono de Carolina sobre la mesa de noche. Sebastián, de pie a unos metros, lo observaba como si fuera una granada a punto de estallar. Cada vez que la pantalla se iluminaba con todos los mensajes o llamadas que le llegaban a su mujer.
Sebastián miró hacia el baño, donde el sonido del agua indicaba que su esposa seguía distraída con el pequeño David. Sintió un impulso violento de tomar el teléfono y apagarlo, de esconderlo, de borrar cualquier rastro de realidad que amenazara su fachada. En su mente, el extorsionador anónimo estaba cumpliendo su promesa y ahora intentaba contactar a Carolina para destruir su matrimonio.
Lo que Sebastián no alcanzaba a vislumbrar, perdido en su propio pánico, era que la bomba ya no era una amenaza: la bomba ya había explotado en Santiago. No sospechaba que el veneno de sus finanzas ya estaba en manos de los dos hombres más poderosos de la familia Delmonte, y que su silencio no era protección, sino el preludio de una ejecución. Se sentía un ajedrecista tratando de salvar a su reina, sin darse cuenta de que ya le habían dado jaque mate hace varios minutos.
La incertidumbre que carcomía a Sebastián en el Atlántico encontró su contraparte exacta en el asfalto de Santiago, pero donde su padre elegía la insistencia del teléfono, Isaías optaba por el despliegue de su arsenal de guerra.
Con un movimiento gélido, Isaías presionó el intercomunicador. Su voz no tembló, pero el aire en la oficina pareció bajar varios grados de golpe.
—Alba, a mi oficina. Ahora por favor.
La secretaria entró apenas unos segundos después, notando de inmediato que la atmósfera habitual de orden se había transformado en una olla a presión. Isaías ni siquiera levantó la vista de la pantalla, que seguía mostrando las cifras rojas de su cuñado.
—Necesito dos cosas de inmediato —soltó él, con una precisión quirúrgica—. Primero, llama al hangar. Quiero el jet privado listo para despegar hacia Punta del Este en cuanto termine mis compromisos de hoy. Segundo, rastrea la reserva exacta de mi hermana; quiero el nombre del hotel y el número de la suite donde se hospeda con el imbe... Con su marido.
Alba parpadeó, procesando la urgencia de una orden que rompía toda lógica de la agenda planificada.
—Entendido, señor —respondió ella, manteniendo la compostura—. ¿Debo aplazar entonces su cita de mañana con el concejal Cortés?
—No —cortó Isaías, y esta vez sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo retroceder un milímetro—. La cita sigue en pie. Todo tal cual esta planeado. OK?
—Como usted diga, señor Delmonte.
Alba dio media vuelta y salió de la oficina con el paso firme, pero su mente era un hervidero de dudas. «¿Un viaje exprés? ¿En medio de las vacaciones familiares de su hermana?», se preguntó mientras cerraba la puerta. Conocía a su jefe lo suficiente para saber que ese despliegue de recursos no era para una visita de cortesía; Isaías no viajaba para abrazar parientes, viajaba para ejecutar sentencias.
En cuanto el siseo de la puerta selló el despacho, la máscara de hierro de Isaías se resquebrajó.
Se quedó solo frente al ventanal que dominaba la ciudad, sintiendo que las paredes de vidrio se le venían encima. De pronto, perdió el control. Cerró su puño derecho con una fuerza que hizo que sus nudillos blanquearan y lo estrelló con un golpe seco y violento contra la palma de su mano izquierda.
¡Crack!
El sonido del impacto resonó en el silencio de la oficina. Isaías gruñó, un sonido gutural que nacía desde el fondo de su pecho, mientras apretaba los dientes con tal fuerza que los músculos de su mandíbula se marcaron como cuerdas tensas. Estaba lívido. La traición de su cuñado no era solo un fraude financiero; era una profanación a la sangre Delmonte.
—Cálmate... contrólate, maldita sea —se siseó a sí mismo, tratando de regular su respiración agitada.
Cerró los ojos un segundo, visualizando los rostros de sus sobrinos. Eran niños. Pequeños que no tenían la culpa de llevar el apellido de un estafador.
—Ese mal llamado hombre es su padre —masculló entre dientes, luchando contra el impulso de destruir el escritorio—. Esos chiquitos no pueden ver a su padre humillado... no pueden ver cómo arrastro su nombre por el fango. No todavía.
Pero su cuerpo no escuchaba a su razón. Mientras sus labios hablaban de control, sus manos seguían su propio ritmo de furia. Volvió a golpear su palma izquierda, una, dos, tres veces, cada vez con más potencia, cada impacto más sonoro que el anterior. El dolor físico era lo único que lograba anestesiar el enojo que sentía.
Su cuerpo hablaba por él, gritando lo que su educación le obligaba a callar: que con su familia nadie se metía, y que Sebastián estaba a punto de descubrir lo que sucede cuando intentas estafar a tiburones en sus propias aguas.
Más allá de la tormenta de furia que sacudía las oficinas de cristal en el sector oriente, la realidad a ras de suelo en la comuna de Pudahuel se movía a un ritmo mucho más frenético y terrenal.
El sol de media mañana pegaba con fuerza sobre el pavimento mientras Luz y Cheo recorrían las calles, entrando y saliendo de locales comerciales. Fabián, cargando con una mochila donde guardaban los folios, observaba a la joven con una mezcla de cansancio y admiración. Ella no se detenía; cada vez que veía un cartel de "Se necesita personal", entraba con una sonrisa que lograba desarmar incluso al guardia más huraño.
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Editado: 18.04.2026