El aroma a mostaza y pan tostado envolvía la pequeña mesa del local de comida rápida. Luz y Cheo reían por una anécdota sin importancia sobre los nombres de las calles en Pudahuel, disfrutando de ese breve respiro tras la caminata bajo el sol. De pronto, el zumbido vibrante del teléfono de Luz sobre la mesa de madera laminada cortó la conversación.
Luz miró la pantalla. Sus ojos se abrieron de par en par al ver un número fijo de Santiago que no conocía.
—¡Cheo, silencio! —susurró, levantando una mano para frenar la risa de su acompañante. Con los dedos temblando ligeramente, deslizó el icono verde—. ¿Bueno? ¿Hola?
—¿Hablo con la señorita Luz María? —la voz al otro lado era firme, profesional, pero con un matiz de amabilidad—. Habla Beatriz, de la tienda Summit Extreme. Estuvimos revisando tu currículum y nos gustó mucho tu perfil. Me gustaría citarte a una entrevista formal mañana a las diez de la mañana. ¿Tienes disponibilidad?
Luz sintió un vuelco en el corazón. Respiró hondo, tratando de que su voz no delatara los nervios que le subían por la garganta.
—¡Sí, por supuesto, señora Beatriz! —respondió, esforzándose por sonar profesional—. Mañana a las diez estaré puntual en el local. Muchísimas gracias por el llamado, de verdad.
Al colgar, Luz dejó el celular sobre la mesa y se quedó mirando el aparato como si fuera un objeto sagrado. Cheo, que no le había quitado la vista de encima, se inclinó hacia adelante con una curiosidad que no podía disimular.
—¿Y bien? ¿Quién era? ¿Qué pasó, gringa? —preguntó él, con una chispa de emoción en los ojos.
—¡Era ella, Cheo! —exclamó Luz, soltando por fin el aire que contenía—. La señora de la tienda de nieve, de Summit Extreme. Me citó para una entrevista mañana a las diez de la mañana. ¡Mi intuición no me falló!
Cheo soltó un silbido de asombro y golpeó suavemente la mesa con el puño, celebrando el momento.
—¡Viste! ¡Te lo dije, si eres una máquina! —dijo él con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Te felicito, Luz! De verdad, te lo mereces por todo el trote que nos pegamos hoy. Esa pega ya es tuya, acuérdate de mí.
Luz soltó una risita nerviosa, tratando de mantener los pies en la tierra a pesar de la alegría que sentía.
—Ay, Cheo, para un poco —le pidió con modestia, guardando el teléfono en su bolso—. Es solo una entrevista, todavía no canto victoria. Hay mucha gente buscando trabajo en este país y yo soy nueva aquí. Solo voy a ir a dar lo mejor de mí y ver qué pasa.
—No seas humilde, mexicana —le rebatió Cheo, mirándola con una seguridad absoluta—. Con esa parada que tienes y esa sonrisa, la señora de la tienda no va a querer contratar a nadie más. Estoy seguro de que mañana sales de ahí con el contrato en la mano.
Luz asintió con una timidez esperanzada, sintiendo que por primera vez Santiago le sonreía. No sospechaba que, mientras ella soñaba con parkas y nieve, a miles de metros de altura el jet de Isaías Delmonte ya sobrevolaba la cordillera, listo para hacer que el mundo de los "privilegiados" ardiera en llamas.
Horas después, la brisa del Atlántico golpeaba con una frescura engañosa las paredes de cristal del Grand Hotel. Eran las ocho de la tarde en Punta del Este y el cielo se teñía de un violeta profundo, anunciando una noche que, para algunos, sería eterna.
Isaías Delmonte cruzó el umbral del lujoso vestíbulo con la elegancia de un depredador que no necesita correr para alcanzar a su presa. Sus pasos, firmes sobre el mármol, se detuvieron frente al inmenso ventanal que ofrecía una vista panorámica de la playa privada. A lo lejos, recortados contra la última luz del día, los vio.
Carolina reía con una libertad que Isaías no recordaba haber visto en Santiago; tenía una sonrisa de oreja a oreja mientras Kathy y David trepaban por la espalda de Sebastián, haciéndole cosquillas. Parecían la estampa perfecta de la felicidad publicitaria: una familia idílica, unida y blindada contra el mundo.
Isaías sintió un nudo de sentimientos encontrados apretándole la garganta. Por un segundo, el hermano protector quiso dar media vuelta, subir al jet y dejar que esa mentira continuara, solo para no borrarle esa sonrisa a su hermana. Pero entonces, vio el gesto que selló el destino de la noche: Sebastián tomó el rostro de Carolina y la besó con una ternura que, a ojos de Isaías, apestaba a hipocresía pura.
La furia, gélida y analítica, reemplazó a la duda. «¿Cómo puedes tocarla con esas manos manchadas de estafa?», pensó, mientras sus ojos se entrecerraban tras los cristales de sus lentes oscuros.
—¿Buenas tardes, caballero? ¿Busca una habitación para la temporada? —la voz del recepcionista, teñida con el inconfundible y suave acento uruguayo, lo sacó de sus pensamientos.
Isaías se giró con una lentitud calculada. No había rastro de la ira en su rostro; solo la máscara de un hombre de negocios amable y seguro de sí mismo.
—Buenas tardes —respondió Isaías, regalando una sonrisa pequeña pero magnética—. En realidad, acabo de encontrar a las personas que buscaba. Están allá afuera, disfrutando del último sol.
Se acercó al mostrador con una confianza que intimidaba de forma sutil.
—Verá, soy el cuñado de Sebastián Olarra. He venido desde Santiago para darle una sorpresa a él y a mi hermana, pero me gustaría que fuera... perfecta. ¿Sería tan amable de confirmarme el número de su habitación? Quisiera dejar un detalle en la puerta antes de que suban de la playa.
Isaías deslizó su mano sobre el mostrador. Entre sus dedos, varios billetes de alta denominación quedaron ocultos bajo su palma, desplazándose hacia el recepcionista con la elegancia de un truco de magia. El empleado miró el dinero —que no era poco, era una pequeña fortuna por una simple cifra— y tragó saliva. El profesionalismo luchó un segundo contra la codicia, y la codicia ganó por goleada.
#4841 en Novela romántica
#560 en Thriller
thrillerpsicologico, amoradulto, dark romance venganza obsesión
Editado: 16.04.2026