Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 14: Impacto de Realidad.

El eco del impacto aún vibraba en las paredes de la suite cuando el sonido del agua corriendo en el baño y las risas amortiguadas de Kathy y David se convirtieron en el único telón de fondo de una tragedia inminente.

​La puerta del dormitorio principal se abrió de par en par. Carolina apareció radiante, terminando de ajustar el cierre de un vestido de seda color esmeralda que resaltaba su elegancia natural. Su sonrisa, sin embargo, se congeló en un rictus de puro horror al pisar el living.

​El cuadro era dantesco: Sebastián estaba desparramado en el suelo, con un hilo de sangre recorriéndole la barbilla y la mirada perdida en el vacío del impacto. Frente a él, como un gigante de piedra, Isaías se inclinaba con una frialdad asesina, cerrando el puño sobre la solapa de la camisa de su cuñado para levantarlo y asestarle un segundo golpe.

​—¡Isaías! ¡No! —el grito de Carolina rasgó el aire, cargado de una desesperación que hizo que su hermano se detuviera a milímetros del rostro de Sebastián.

​Ella no caminó; corrió. Con un movimiento instintivo y frenético, se interpuso entre ambos, usando su propio cuerpo como un escudo humano sobre su esposo caído. Sus manos temblaban mientras empujaba el pecho rígido de su hermano, tratando de ganar espacio.

​—¿Te volviste loco? —le espetó Carolina, con la voz quebrada por el llanto y los ojos desorbitados—. ¿Qué rayos te pasa por la cabeza, Isaías? ¡Es tu familia! ¡Es mi esposo! ¡Míralo, lo vas a matar!

​Isaías no retrocedió. Sus ojos, ocultos tras una máscara de desprecio absoluto, bajaron hacia su hermana. Le dolió verla así: protegiendo al hombre que la estaba devorando por dentro sin que ella lo supiera. Lentamente, soltó la camisa de Sebastián, permitiendo que este cayera pesadamente de nuevo contra el alfombrado.

​—¿Familia? —la voz de Isaías era un susurro gélido que quemaba más que un grito—. No me hables de familia, Carola. No cuando tienes a un parásito durmiendo en tu cama.

​Isaías dio un paso atrás, pero su presencia seguía dominando la habitación. Señaló a Sebastián con el índice, como quien señala a una alimaña.

​—Levántate, Sebastián —ordenó, con una autoridad que no admitía réplica—. Si eres tan hombre para desangrar nuestras cuentas, sé hombre ahora para levantarte y decirle la verdad a tu mujer. ¡Ten los huevos de decirle quién eres realmente antes de que yo le diga la razón porque te casaste con ella, cobarde!

​Carolina, con el corazón galopando contra sus costillas, giró la cabeza hacia abajo. Miró a Sebastián con una mezcla de súplica y terror, esperando que él se levantara y desmintiera la locura de su hermano. Su rostro era una pregunta silenciosa y desgarradora: ¿De qué habla, Sebastián? Por favor, explícame lo que sucede.

​Sebastián no levantó la vista. Se quedó allí, de rodillas sobre la alfombra de lujo, sintiendo el sabor salado de su propia sangre y el peso insoportable del silencio. En ese instante, el mensaje anónimo del extorsionador volvió a su mente con una claridad cruel: "Prepárate para el impacto".

​Se dio cuenta de que el impacto no era solo el puño de Isaías; era el derrumbe total de la fachada que le había costado años construir. En menos de veinticuatro horas, la tranquilidad, el estatus y el amor de Carolina se estaban filtrando entre sus dedos como arena. Estaba acorralado. No había más escondites, no había más teléfonos apagados que pudieran salvarlo.

​—Sebastián... mírame —susurró Carolina, su voz ahora un hilo de angustia mientras le tomaba el rostro con manos trémulas—. Di algo. ¿De qué habla mi hermano?

​Pero Sebastián solo cerró los ojos, dejando que una lágrima de pura cobardía se mezclara con la sangre de su labio. El "ajedrecista" se había quedado sin piezas, y el tablero acababa de saltar por los aires.

Mientras en la suite presidencial de Uruguay la verdad caía con la fuerza de un mazo, en un departamento de soltero en el sector oriente de Santiago, otra clase de traición se consumaba bajo el amparo de las sábanas de seda.

​El aire en la habitación estaba cargado con el aroma de un perfume caro y el rastro de un deseo prohibido. Rafael se encontraba recostado contra el respaldo de la cama, con el torso desnudo y una expresión de suficiencia que rozaba lo mesiánico. A su lado, Alba, la secretaria de confianza de Isaías, se acomodaba el cabello mientras compartía la información que acababa de entregarle a su amante.

​—Isaías no va a cancelar la cita —murmuró Alba, trazando círculos invisibles en el pecho de Rafael—. Mañana a primera hora se reúne con el concejal Cortés. Quiere presionar para que desbloqueen los terrenos de Providencia. Cree que con su apellido y un par de promesas legales los planes de expansión van a volar.

​Al escuchar el nombre de Cortés, Rafael dejó escapar una sonrisa ladeada, cargada de una ironía venenosa. Se quedó mirando el techo, saboreando una victoria que Isaías aún no alcanzaba a vislumbrar.

​—Que hable lo que quiera —soltó Rafael con un tono de voz gélido—. Que gaste su saliva y su prestigio. El pobre no tiene idea de que solo va a encontrar una pared de concreto. Da lo mismo si logra el cometido o no; lo que le espera en los días venideros es algo que ni su mente de ajedrecista podría prever.

​Alba levantó la vista, intrigada por la seguridad de Rafael.

​—Espero que la información que te di realmente te sirva —le dijo ella, buscando en sus ojos una validación que iba más allá de lo profesional—. Me estoy arriesgando demasiado filtrándote la agenda de Isaías.

​Rafael bajó la mirada hacia ella. Con una lentitud posesiva, le tomó el rostro con una mano, obligándola a sostenerle el contacto visual. Su mirada era una mezcla de gratitud táctica y lujuria animal.

​—Eres mucho más que una informante, preciosa —le susurró, acercando su boca a la de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Eres una pieza valiosísima en mis planes... y además de eso, me encantas. Me prendes en el fuego de una locura que solo tú sabes alimentar.




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