Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 16: Cosechas de Ámbar.

El sol de la mañana se filtraba por los amplios ventanales de la oficina de la señora Beatriz, bañando la escena de una claridad que parecía anticipar el destino.

​La entrevista había fluido con una naturalidad asombrosa. Luz no solo había respondido con precisión técnica, sino que su carisma y esa energía resiliente habían llenado cada rincón del despacho. La señora Beatriz cerró la carpeta con el currículum de Luz, se quitó sus gafas de lectura y, por primera vez, esbozó una sonrisa que no era de cortesía, sino de satisfacción.

​—Luz María —dijo Beatriz, su voz resonando con una autoridad cálida—, no necesito seguir buscando. El puesto es suyo. Sus habilidades son impresionantes, pero es su actitud y su empuje lo que la hace la mejor opción para nuestro equipo en Summit Extreme.

​A Luz le dio un vuelco el corazón. Un nudo de gratitud se le instaló en la garganta, y por un segundo, la imagen de su maleta llena de sueños cruzando la frontera le pasó por la mente.

​—Señora Beatriz... —Luz exhaló, con los ojos brillando de una emoción contenida—. Muchísimas gracias. No tiene idea de lo que esta oportunidad significa para mí. Le prometo que no se va a arrepentir de haberme dado este voto de confianza.

​—Estoy segura de que no será así —respondió la ejecutiva, levantándose para estrechar su mano—. La espero mañana a las nueve en punto para su inducción. Bienvenida a bordo.

​—Aquí estaré, puntual como el día de hoy —aseguró Luz con una firmeza que hizo que Beatriz asintiera con aprobación.

​Al cruzar las puertas de cristal de la tienda deportiva, el aire de Santiago se sintió distinto; más puro, más vibrante. Luz no esperó a llegar a la esquina; sacó su celular y, con las manos temblorosas de alegría, marcó el número de la señora Mari.

​—¡Señora Mari! —exclamó Luz apenas escuchó la voz al otro lado, con una risa que era puro desahogo—. ¡Me lo dieron! ¡Tengo el trabajo!
​Al otro lado de la línea, se escuchó un grito de júbilo que casi ensordece a Luz.

—¡Ay, Dios mío, qué alegría, mi niña! —gritaba Mari, sollozando de felicidad—. ¡Yo sabía que el Señor no me la iba a dejar sola! ¡Felicidades, Luz! Venga pronto para acá que vamos a celebrar con un tecito especial. ¡Usted se lo merece, mi valiente!

​Mari colgó y, sin poder contenerse, corrió hacia el pasillo de la casa gritando a pleno pulmón:
—¡Se quedó con el puesto! ¡Nuestra Luz ya tiene trabajo!

​En el fondo del pasillo, la puerta de uno de los cuartos se abrió. Fabián, asomó la cabeza con una sonrisa auténtica que le iluminaba el rostro. Por un momento, su mirada turbia de la noche anterior había desaparecido, reemplazada por un orgullo genuino.

​—¿La gringa lo logró, ma? —preguntó Cheo, soltando una carcajada de alegría—. ¡Buena! Sabía que esa flaca no se iba a quedar atrás. ¡Dígale que hoy las empanadas corren por mi cuenta para celebrar!

​Cheo se volvió a meter a su cuarto, sintiendo una satisfacción extraña. Para él, la victoria de Luz era también una victoria de la casa, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo bueno y limpio estaba ocurriendo bajo su techo.

Lejos de la calidez de una humilde casa y la sencillez de los triunfos honestos, la atmósfera en el centro cívico de Providencia se cargaba de una electricidad distinta, donde las palabras no eran abrazos, sino herramientas de precisión para esculpir el poder.

​El apretón de manos entre Isaías y el concejal Cortés selló la reunión con la firmeza de un pacto de caballeros. Cortés, sosteniendo la mirada del empresario con una mezcla de respeto y ambición recién despierta, asintió vigorosamente.

​—Haré hasta lo imposible por agilizar esos trámites, don Isaías —aseguró el concejal, manteniendo el contacto físico más de lo habitual—. Entiendo la importancia de este proyecto para la comuna.

​Isaías, proyectando una satisfacción que se sentía tan auténtica como peligrosa, respondió con una sonrisa cargada de promesas.

​—Me alegra mucho escucharlo, concejal. Y sepa que lo digo muy en serio: si algún día decide que este despacho le queda pequeño y decide competir por el sillón de la alcaldía, yo seré el primero en poner todo mi apoyo detrás de su campaña.

​Cortés sintió un escalofrío de excitación. El apoyo del "Tiburón" no era un simple voto; era financiamiento, contactos y la bendición del sector más influyente del país.

​—Agradezco mucho su confianza, señor Delmonte —respondió Cortés, tratando de ocultar su entusiasmo tras una máscara de formalidad—. Tomaré muy en consideración lo que me ofrece.

​—Es que es la verdad —añadió Isaías, inclinándose levemente con un tono de confidencia que terminó por desarmar al político—. A diferencia del alcalde Castañeda, usted parece estar mucho más comprometido con el crecimiento de la ciudad. Providencia necesita un liderazgo que la haga aún más próspera de lo que ya es, y usted tiene esa visión.

​Con ese último halago, que en el fondo no era más que el anzuelo perfecto para obtener el desbloqueo de los terrenos, Isaías se despidió. Al cruzar el umbral del edificio municipal, su aura era la de un hombre victorioso; caminaba con la seguridad de quien ha manipulado cada hilo de la conversación a su favor, convencido de que tenía al concejal en la palma de su mano.

​Tras el cierre de la puerta de la oficina, Cortés permaneció unos segundos en silencio, saboreando el peso de las palabras de Delmonte. Actuando bajo el impulso de una ambición renovada, llamó de inmediato a su secretaria.

​—¿Sí, jefe? —respondió ella asomándose de inmediato.

​—Busque ahora mismo toda la información sobre los permisos de edificación que solicitó el grupo Delmonte. Quiero el estado de cada trámite sobre mi escritorio antes de que termine el día. Apúrese con eso, por favor.

​—En seguida me pongo en ello, señor —contestó ella con una eficiencia gentil, retirándose para cumplir la orden.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.