La atmósfera en el bar del Grand Hotel se volvió irrespirable, cargada de un odio que llevaba años madurándose en el silencio. La mujer de seda blanca y blusa rosa se mantuvo erguida, observando a Sebastián con una mezcla de repugnancia y satisfacción fría.
—No te bastó con tanta humillación, ¿verdad? —soltó ella, curvando los labios en una mueca de asco profundo—. Mírate, Sebastián. Estás destruido. Das pena.
Sebastián, con la mirada inyectada en sangre y el pulso acelerado por el alcohol y la rabia, sintió que el pecho le iba a estallar. La furia era casi incontrolable; apretó el vaso de tequila con tanta fuerza que sus nudillos crujieron, amagando con lanzárselo al rostro perfecto de aquella mujer, pero su cuerpo, entumecido por la borrachera, no ejecutó el movimiento.
—¡Estoy así por tu culpa! —rugió él, con la voz rota y viscosa—. ¡Tú orquestaste todo! ¡Maldita seas!
Ella soltó una carcajada seca, un sonido cristalino que cortó el aire como una navaja.
—¿Asustarme tú? —se burló, dando un paso hacia él—. Así como estás no asustas a nadie, Sebastián. Solo provocas lástima. ¿Qué esperabas? ¿Que todo lo que hiciste quedaría sin consecuencias? Lo que le hiciste a mi hermana fue terrible. Un patán como tú no merece ser feliz, ni hoy ni nunca.
La elegancia de la mujer se transformó de pronto en una violencia contenida que estalló. Se abalanzó sobre él, sujetándolo de las solapas de la camisa con una fuerza que lo obligó a mirarla de cerca.
—Por tu culpa mi hermana está en una depresión terrible —le escupió a centímetros de la cara, con los ojos encendidos de dolor—. Tuvimos que internarla para que la pobrecita no se quitara la vida. ¡Por tu culpa!
Con un movimiento brusco y lleno de desprecio, lo empujó con tal violencia que Sebastián perdió el equilibrio y cayó de espaldas al piso. El vaso que aún sostenía se volcó por completo sobre su pecho, empapando su ropa con el licor que ahora olía a derrota.
—No podía dejar que hicieras infeliz a otra mujer como lo hiciste con ella —sentenció, mirándolo desde arriba como quien mira a un insecto—. Tú juegas con las mujeres, eso es lo que haces.
Sebastián, tirado en el suelo y empapado en alcohol, soltó una carcajada histérica. Se incorporó apenas un poco, apoyado en sus codos, y la miró con una sonrisa cargada de veneno.
—Tu hermana es una estúpida —escupió Sebastián, desafiándola con la mirada mientras ella lo apuntaba con el dedo—. ¿De verdad creyó que alguien como yo andaría con alguien como ella? Tan insípida... tan aburrida.
El insulto fue el detonante final. La mujer perdió los estribos; su mano se cerró en un puño que impactó con un golpe seco y brutal en el pómulo de Sebastián. El impacto lo envió de vuelta al suelo, dejando su mente sumergida en una oscuridad inmediata.
A lo lejos, el barman ya hablaba por el intercomunicador pidiendo la intervención de seguridad. La mujer, respirando agitadamente, se ajustó la blusa rosa y miró el cuerpo inconsciente del hombre que alguna vez creyó ser un rey.
—Nos volveremos a ver, Sebastián —susurró con una promesa helada—. Esto es solo el inicio. Me vas a pagar cada lágrima de mi hermana. Voy a ser tu peor pesadilla.
Sin mirar atrás, salió del bar caminando con una calma fingida mientras los guardias de seguridad irrumpían en el lugar. Por fuera, parecía la misma mujer segura de sí misma; por dentro, su corazón era un torbellino de sentimientos encontrados: la amargura de la venganza cumplida y el dolor punzante de una herida familiar que ni el golpe más fuerte podría sanar.
Mientras ella se alejaba, el barman y los guardias se arrodillaron junto a Sebastián, tratando de despertar al caballero que yacía en el piso, rodeado del olor a tequila y el eco de una deuda que apenas comenzaba a cobrarse.
Al otro lado de la cordillera, el caos de Uruguay se desvanecía para dar paso a la sofisticación de las oficinas superiores del sector oriente de Santiago, donde el éxito no se medía en golpes, sino en la expansión silenciosa de los imperios familiares.
En la planta principal de Summit Extreme, la señora Beatriz desprendía con un movimiento seco y satisfactorio el aviso de vacante que colgaba en la entrada. El cristal quedó limpio, reflejando por fin la estabilidad que el negocio necesitaba. Con el cartel en la mano, se dirigió a su despacho para realizar una llamada que no podía esperar.
—Ya está hecho —dijo Beatriz apenas escuchó la voz de su interlocutora al otro lado de la línea—. Ya tenemos a alguien para ocupar la plaza que faltaba en la tienda.
—¿Tan pronto, Beatriz? —La voz de su socia inversionista sonó a través del altavoz con un tono de sorpresa genuina, una voz que denotaba una elegancia heredada y una autoridad natural—. Me dejas maravillada con tu rapidez para encontrar el reemplazo de la empleada anterior. ¿Estás segura de tu elección? No podemos permitirnos errores en este momento de expansión.
Beatriz se recostó en su silla, mirando hacia la ventana con una sonrisa de absoluta convicción.
—Completamente segura —afirmó con rotundidad—. La persona que elegí es responsable, transmite una confianza inmediata y se nota a leguas que es trabajadora. Tiene esa hambre de éxito que necesitamos aquí. Créeme, Carmen, es la pieza que faltaba.
Carmen, la mujer cuyo apellido pesaba tanto como el acero en los círculos más exclusivos de Chile, guardó un breve silencio, respetando el criterio de su amiga de toda la vida.
—Si tú lo dices, confío plenamente en tu instinto —respondió Carmen, suavizando el tono—. Precisamente por eso quiero visitar la tienda pronto. Me interesa conocer personalmente cómo quedó la ampliación tras la compra del tercer piso. Expandir el negocio a un nivel más fue una apuesta arriesgada, pero necesaria.
—Cuando quieras, amiga querida —contestó Beatriz con entusiasmo—. Las puertas de la tienda están abiertas de par en par para ti. Sabes que aquí te recibiremos como a una reina, como corresponde a la mujer que ayudó a cimentar este sueño.
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Editado: 16.04.2026