Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 18: Hilos y Herencia.

La luz azul de la pantalla seguía bañando el rostro de Luz en la penumbra de su habitación, mientras el nombre de Isaías Delmonte parecía cobrar vida frente a sus ojos. El mundo era un lugar extrañamente pequeño, y esa notificación de la universidad acababa de abrir una compuerta que ella creía cerrada bajo el cansancio de su intenso pero agradable día.

​Luz permaneció inmóvil, con el celular suspendido entre sus manos, dejando que la memoria la arrastrara de vuelta a esa tarde gris de lluvia torrencial. Los detalles regresaron con una nitidez asombrosa: el frío calando sus huesos, la angustia de haber perdido de vista a Cheo entre la multitud y el paraguas que apenas lograba protegerla de la furia del cielo santiaguino. Recordó la desesperación de buscar a su nuevo amigo y cómo, en ese giro precipitado del destino, chocó de frente contra una presencia sólida e imponente.
​El recuerdo del aroma a café mezclado con la humedad del asfalto volvió a invadirla. Visualizó la mancha de mocachino extendiéndose sin piedad sobre la camisa impecable y la corbata de seda de aquel hombre. En su mente, volvió a verse a sí misma: apenada, balbuceando disculpas atropelladas mientras intentaba, con una torpeza nacida del pánico, limpiar lo que bajo esa lluvia intensa era simplemente imposible de salvar.

​Entonces, el recuerdo se tornó gélido. Revivió la forma en que él la miró, una inspección ocular que la hizo sentir diminuta bajo su escrutinio de acero. Buscó en los cajones de su memoria las palabras exactas que él le lanzó en medio del caos, esa grosería que él le escupió con una frialdad quirúrgica:
​—¡Maldita sea! ¿Es que no tienes ojos?! —le había gritado Isaías con una voz que cortaba más que el viento sur—.¡fíjate por dónde caminas, estúpida!

​Luz cerró los ojos por un segundo, sintiendo de nuevo el aguijonazo de ese desprecio. Pero también recordó lo que vino después: ese instante suspendido en el tiempo donde ambos se quedaron paralizados, atrapados en una mirada que duró una eternidad. Fue una conexión extraña, un choque de energías que los mantuvo estáticos bajo el agua, antes de que el hechizo se rompiera y ella se marchara dejándolo solo bajo la lluvia.

​Soltando un suspiro largo, Luz dejó caer el teléfono sobre el colchón. Se quedó mirando el techo, procesando la ironía de que el gran orador de la universidad fuera el mismo tipo que le había arruinado el ánimo un poco en su primer día.

​—Guapo... —murmuró para sí misma en voz baja, reconociendo lo evidente—, pero terriblemente arrogante y altanero.

​El instinto periodístico, ese que nunca dormía, terminó por imponerse. No era solo curiosidad por el empresario; era la necesidad de entender cómo un hombre con esa oscuridad en el trato personal podía ser la luz que guiaba a los futuros profesionales del país.

Bajo la cúpula de la mansión, el silencio habitual de los pasillos de mármol se vio interrumpido por el sonido de las llaves y el paso firme de quien regresa a su refugio después de la batalla. Más allá de las obligaciones corporativas que dictaban su ritmo diario, Isaías encontró la primera dosis de realidad al cruzar el umbral del salón principal. Las primeras "personitas" en asaltar su campo de visión fueron sus sobrinos, cuyas risas infantiles contrastaban con la sobriedad del entorno, y junto a ellos, la figura serena de su padre, Mateo.

​—Hijo, qué bueno que llegaste —saludó Mateo, levantándose con una parsimonia que denotaba sabiduría. Se acercó a Isaías y, tras un apretón de manos cargado de afecto, fue directo al grano—. ¿Cómo fueron las cosas en Uruguay? Ese viaje me tenía con una espina clavada.

​Isaías se aflojó el nudo de la corbata, dejando que el peso de los últimos días cayera por un momento.

—Fue amargo, papá —respondió con una seriedad cortante—. Tuve que poner a Sebastián en su lugar. No pude contenerme y le di lo que se merecía por mentiroso. Estaba a punto de perder el control por completo con él, pero Carolina se interpuso entre los dos. Fue ella quien tomó las riendas; pero lo oblige a confesarse y a decir toda la verdad de frente. Luego los dejé solos para que terminaran de hundir ese asunto mientras yo me encargaba de cuidar a los niños en otra habitación del hotel. Fue un golpe duro, pero necesario para que ella abriera los ojos.

​Mateo escuchó con atención, asimilando cada palabra con la gravedad de quien ha visto caer muchos imperios personales. Justo cuando la conversación comenzaba a cerrarse, la mirada de Isaías se desvió hacia el rincón del ventanal. Allí estaba Carolina, sentada junto a Andrea. La mayor de las hermanas, con una paciencia que parecía haber recuperado milagrosamente, le explicaba a la menor ciertos matices de pronunciación en inglés.

Not just "the", Andrea. It's about the tongue placement —corregía Carolina con suavidad, tratando de que a la pequeña le fuera mejor en esa materia que tanto le costaba.

​—Perdóname, papá. Tengo que hablar con ellas —se excusó Isaías, sintiendo un impulso de protección que superaba cualquier reporte de negocios.

​Desde la distancia, Mateo observó cómo su hijo mayor se acercaba a las dos jóvenes. Fue en ese instante cuando Carmen, su esposa, apareció a su lado con paso elegante. Una sonrisa llena de nostalgia iluminó su rostro al ver la escena.

—Es una imagen extraña, ¿no crees? —le confesó Carmen a su esposo en un susurro—. Rara vez los vemos así. Cada uno está siempre en su propio mundo, absorbido por el trabajo, su familia o los estudios. Han perdido esa costumbre de convivir como hermanos, de ser simplemente ellos, como lo hacían antes.

​Mateo asintió con lentitud, rodeando los hombros de su esposa con el brazo.

—Es cierto —mencionó con orgullo contenido—, pero fíjate bien, mi amor. Siempre se unen cuando alguno de ellos lo está pasando mal. La lealtad es el hilo invisible que los mantiene atados. Al final del día, hicimos un buen trabajo con ellos.




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