El despacho de la alcaldía olía a madera encerada y a decisiones tomadas a puerta cerrada. Roberto entró con el paso pesado de quien carga con la burocracia de toda una comuna, pero antes de que pudiera sentarse, Alicia ya estaba allí. Sus manos, entrelazadas con fuerza, delataban una inquietud que no encajaba con la pulcritud de su uniforme.
—Alcalde, por fin llegó —dijo ella, con la voz ligeramente tensa—. Necesito decirle algo que no puede esperar al reporte de la tarde.
Roberto dejó su maletín sobre el escritorio y la miró por encima de sus gafas.
—Habla, Alicia. Sabes que valoro la brevedad tanto como la discreción.
—Se trata de Cortés —soltó ella, acercándose un paso más—. Esta mañana me enteré de que está moviendo cielo y tierra con los planos de Providencia. No es una revisión de rutina, Alcalde. Está investigando unos permisos de construcción probablemente por orden directa del señor Delmonte. Creo que quiere empezar su proyecto como sea.
Roberto no se inmutó. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y cargada de una suficiencia irritante, curvó sus labios. En su mente, la imagen de su aliado —esa sombra poderosa que lo respaldaba— le devolvió una calma gélida. No le temía a Isaías, no porque fuera más fuerte, sino porque se sentía protegido por un muro de concreto llamado Rafael Montero.
—Gracias por tu lealtad, Alicia. Has hecho bien en decírmelo de inmediato —respondió él, con una calma que a ella le resultó inquietante—. Ahora, prepárame un café cargado. Necesito trabajar.
En cuanto la puerta se cerró, la máscara de calma de Roberto se transformó en acción. Tomó su celular y marcó el número que le paso el brazo derecho de Rafael. Al otro lado, la voz de Sergio, respondió al segundo tono.
—Sergio, tenemos un problema —dijo Roberto, bajando el tono—. El Tiburón tiene el olfato afilado. Un concejal ya está investigando los permisos de construcción por pedido de él. Isaías está mucho más cerca de descubrir el sabotaje de lo que planeamos. Avísale a tu jefe; el juego se está volviendo peligroso.
Al otro lado de la línea, Sergio apretó el auricular, manteniendo una calma profesional que contrastaba con el nerviosismo evidente del alcalde.
—Tranquilízate, Roberto —respondió Sergio con una voz gélida y autoritaria, deteniendo en seco el inicio de cualquier rabieta del funcionario—. No es momento de entrar en pánico. Mantén a ese concejal vigilado pero no lo frenes de golpe, eso solo confirmaría sus sospechas. Yo mismo le avisaré a Rafael lo antes posible; él sabrá exactamente qué paso sigue en este tablero y cómo vamos a neutralizar a Isaías antes de que él se de cuenta de todo. Tú sigue con el plan y asegúrate de que esos papeles no se muevan de tu escritorio.
Al otro lado de la ciudad, en el lujoso complejo de oficinas de los Montero, Sergio siguió conversación hasta que notó que Castañeda ya estaba calmado y despidiéndose de él después colgó el teléfono. El silencio que siguió fue absoluto, pero en su mente, un torbellino de pensamientos comenzaba a devorarlo.
Sergio conocía a Rafael desde hacía décadas. Habían crecido juntos, pero mientras Rafael ascendía al trono con una arrogancia que parecía alimentarse del éxito, Sergio se había quedado siempre un paso atrás, siendo el arquitecto de las sombras, el hombre que limpiaba los desastres y ejecutaba las órdenes.
"Si los Delmonte descubren que Rafael está detrás de esto, Isaías le hará la guerra abierta", pensó Sergio, sintiendo un escalofrío. Sabía de lo que era capaz el heredero de los Delmonte cuando se sentía traicionado. Sería una masacre corporativa, una carnicería que podría hundir el imperio de Montero.
Sergio se levantó y caminó hacia la enorme ventana que daba a la oficina privada de Rafael. Lo vio allí, sentado en su sillón de cuero, hablando por teléfono, riendo con esa seguridad de quien se cree intocable. En ese momento, un sentimiento viscoso y oscuro, como petróleo quemado, le subió por la garganta.
Era envidia. Una envidia pura, destilada a través de años de servidumbre disfrazada de amistad.
Por primera vez, Sergio se dio cuenta de que, en el fondo, no quería proteger a Rafael. Una parte de él, la más profunda y resentida, quería ver cómo el mundo de su "amigo" se caía a pedazos. Quería ver el pánico en los ojos de Rafael cuando el Tiburón llegara a cobrar la deuda del sabotaje. Quería ver al gigante tropezar.
Se dirigió hacia la puerta de la oficina de Rafael, con la información de Roberto quemándole en las manos. Se detuvo frente a la madera noble de la entrada. El dilema le carcomía el cerebro:
¿Debía entrar y advertirle, salvando una vez más el cuello de su jefe? ¿O debía callar, dar media vuelta y esperar a que el caos absoluto reclamara la vida de aquel hombre que siempre lo había mirado desde arriba?
Su mano se posó en la manija, pero no giró. Se quedó allí, saboreando el poder de saber algo que podría destruir a su mejor amigo, debatiéndose entre la lealtad impuesta y el deseo prohibido de verlo caer.
La tensión contenida en aquel pasillo de oficina, donde la lealtad de décadas pendía de un hilo, se disolvió en el aire denso de la ambición, abriendo paso a una atmósfera diametralmente opuesta en otro punto de la capital, donde la luz de la mañana bañaba con una promesa de pureza las vitrinas de Summit Extreme.
Luz se detuvo frente a la imponente fachada de cristal antes de cruzar la puerta. El reflejo del sol sobre el logo minimalista de la tienda parecía darle la bienvenida a un mundo que, hasta hace poco, solo veía a través de las páginas de las revistas de moda cuando estaba aún en su querido México. Inhaló el aire fresco de Santiago, tratando de que el consejo de la señora Mari se instalara en su sistema: usted es capaz.
Al entrar, el aroma a cuero de alta calidad, esencias cítricas y el silencio pulcro de los espacios de lujo la envolvieron de inmediato. No era solo una tienda; era un templo dedicado a la sofisticación.
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Editado: 14.04.2026