Habían pasado un par de horas desde que la tensión en la oficina de los Montero se desbordara. Roberto Castañeda se encontraba en su despacho, concentrado en la firma de una serie de decretos municipales sobre la renovación de luminarias en el sector oriente, una tarea administrativa real que requería su atención técnica, cuando su teléfono personal vibró sobre el escritorio.
Al ver el nombre de Sergio en la pantalla, el Alcalde dejó el bolígrafo a un lado y contestó con brevedad.
—Dime —soltó Roberto, manteniendo la vista en sus documentos de gestión.
—Ya es el momento, Roberto —la voz de Sergio llegó desde el otro lado, cargada de una seguridad gélida—. Libera los papeles de compraventa con los permisos correspondientes. Llama a Isaías y dale la "buena noticia"; dile que los obstáculos finalmente se resolvieron a su favor.
Roberto escuchó en silencio, procesando la instrucción final del brazo derecho de Montero.
—Recuerda —añadió Sergio con frialdad antes de colgar—, asegúrate de que en esos papeles esté esa "sorpresita" que haga que el propio Isaías decida suspender la operación de compraventa de inmediato. Necesitamos que él mismo se baje del trato.
—Entendido. Haré la llamada ahora mismo —respondió el Alcalde de forma escueta.
Sin más palabras, Sergio cortó la comunicación. Roberto inhaló profundamente, ajustó su tono para que sonara diplomático y profesional, y buscó en su agenda el número directo de Isaías Delmonte. La trampa, disfrazada de éxito burocrático, acababa de ser liberada.
Mientras en el despacho de la alcaldía Roberto Castañeda preparaba el terreno para la llamada definitiva, el teléfono de Isaías vibró nuevamente. Esta vez, el identificador mostraba el nombre del concejal Cortés. Isaías, que se encontraba en su oficina revisando proyecciones de flujo de caja para el trimestre, contestó de inmediato, esperando la confirmación técnica que le permitiera dormir tranquilo.
—Concejal, dígame que tiene buenas noticias sobre los planos de Providencia —soltó Isaías, yendo directo al grano con su habitual pragmatismo.
Al otro lado de la línea, se hizo un silencio breve pero denso. Cortés sostenía frente a él una carpeta con sellos de agua del departamento de obras, donde la verdad técnica era irrefutable: no había una sola tubería maestra cruzando esos terrenos. El obstáculo que Castañeda usaba para frenar los permisos era un fantasma, una invención política.
Sin embargo, el miedo comenzó a cerrarle la garganta. Cortés sabía que, si revelaba la inexistencia de las tuberías ahora, estaría acusando formalmente de prevaricación al Alcalde y, por extensión, declarándole la guerra al poder invisible que estaba detrás del alcalde. No quería terminar aplastado entre dos gigantes.
—Señor Delmonte, he logrado acceder a una parte de la cartografía subterránea y a los informes de factibilidad hídrica que estaban retenidos —comenzó Cortés, midiendo cada palabra con una cautela quirúrgica—. He verificado que la red de alcantarillado perimetral está en regla y que los colectores secundarios no presentan anomalías estructurales que impidan la carga de un edificio de la magnitud de su proyecto. Los permisos técnicos que el municipio cuestionaba están, en teoría, dentro de los márgenes de aprobación sectorial.
Isaías asintió, anotando un par de cifras en su libreta.
—Eso es un alivio, concejal. ¿Entonces no hay impedimentos técnicos de peso?
Cortés sintió una punzada de culpa. Tenía la información de que el terreno estaba "limpio", pero decidió guardarse el dato clave para proteger su propia carrera. Si el hombre poderoso que para él ahora es un misterio se enteraba de que le estaba dando el arma definitiva a Isaías para destruir el argumento de Castañeda, su futuro político moriría esa misma tarde.
—Lo que puedo confirmarle es que la viabilidad del suelo para la cimentación profunda está despejada según los registros del 2024 —continuó Cortés, desviando la conversación hacia tecnicismos seguros—. Solo falta que el municipio libere el informe final de mitigación de impacto vial. Si el Alcalde lo llama en unos de estos días, como me han soplado en los pasillos, es porque legalmente ya no tienen dónde más apretarlo. Mi sugerencia es que revise los documentos de compraventa con su equipo legal para asegurarse de que las servidumbres de paso queden bien estipuladas.
Isaías, confiado en que la presión de Cortés había sido el catalizador del éxito, dejó escapar un suspiro de satisfacción.
—Excelente gestión, concejal. Sabía que rascando un poco encontraríamos la salida. Si el Alcalde llama, estaré listo para cerrar esto de una vez por todas. Le agradezco su diligencia; esto no se quedará solo en un agradecimiento verbal cuando el proyecto esté en marcha.
—De nada, señor Delmonte. Solo cumplo con mi labor de fiscalización —respondió el concejal con una voz que intentaba sonar firme, aunque por dentro solo sentía el alivio cobarde de quien ha evitado el fuego cruzado.
Al colgar, Cortés cerró la carpeta con manos temblorosas. Había cumplido a medias, dejando a Isaías con la falsa sensación de que el terreno era seguro, sin advertirle que el verdadero peligro no estaba bajo tierra, sino que probablemente en el papel que le tocaría firmar.
La seguridad que Isaías sentía al colgar el teléfono, creyendo que finalmente tenía el control de la situación, contrastaba drásticamente con la atmósfera cargada de resentimiento que comenzaba a gestarse en un comedor mucho más modesto, donde el silencio pesaba más que el ruido de los cubiertos contra la loza.
Cheo removía la comida en su plato con una fuerza innecesaria, el metal del tenedor chirriaba contra la cerámica en un ritmo que delataba su irritación. Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija en un punto inexistente de la mesa. La señora Mari, que lo conocía antes de que él mismo aprendiera a ocultar sus emociones, dejó de comer y lo observó en silencio durante unos segundos.
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Editado: 18.04.2026