Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 21: Cacería en la Ciudad.

El silencio en el despacho de la presidencia del holding Delmonte fue interrumpido por el tono sereno, casi gélido, de Isaías. Al escuchar el preámbulo de Roberto Castañeda, una chispa de triunfo cruzó sus ojos, aunque su rostro permaneció como una máscara de piedra. Su intuición, esa brújula que nunca le fallaba en los negocios, ya le había adelantado el resultado.

​—Te escucho atentamente, Roberto —respondió Isaías, reclinándose en su asiento de cuero, que crujió levemente bajo su peso.

​Al otro lado de la línea, la voz del Alcalde sonaba con una deferencia que a Isaías le pareció apenas adecuada para el momento.

​—Señor Delmonte, los permisos finalmente pasaron todos los filtros técnicos y legales. Están en regla —señaló Roberto, midiendo el impacto de sus palabras—. Durante el día, o a más tardar mañana por la mañana, llegará a su oficina el contrato de compraventa. Una vez firmado, podrá dar inicio a su ambicioso proyecto sin más dilaciones.

​Una oleada de satisfacción recorrió el sistema de Isaías. No era solo dinero; era la confirmación de su dominio. Ese edificio no sería solo cemento y vidrio; sería el gran legado de su gestión, el monumento que silenciaría cualquier duda sobre su capacidad para liderar el imperio familiar. Sin embargo, cuando habló, su voz no traicionó ni un ápice de esa euforia.

​—Qué bueno —soltó Isaías. Su tono fue frío, calculador, despojado de cualquier calidez humana—. Ya era tiempo. Pasó bastante, ¿no crees, Roberto?

​—Usted sabe cómo son los protocolos que se deben seguir en estos casos, señor Delmonte. La burocracia tiene sus propios tiempos —excusó Roberto con una tranquilidad que pretendía ser conciliadora.

​Isaías aceptó la explicación con un leve movimiento de cabeza, aunque el Alcalde no pudiera verlo. Su mente ya estaba tres pasos adelante, visualizando las excavadoras rompiendo el suelo de Providencia.

​—Estaré esperando ese contrato hoy mismo por la tarde —sentenció Isaías, con una autoridad que no admitía réplicas—. Quiero solucionar esto ya. No hay espacio para más retrasos.

​—Entiendo perfectamente las molestias que pudo causarle el atraso —replicó Roberto, manteniendo la máscara aceitosa de la cordialidad—, pero finalmente todo se dio a su favor. El contrato estará en su escritorio lo antes posible para que firme a la brevedad. Cualquier cosa que necesite, quedo enteramente a sus órdenes.

​—Hasta luego, Roberto.

​Isaías colgó y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se quedó inmóvil, jugando rítmicamente con su bolígrafo de alta gama, observando el horizonte de Santiago a través del ventanal. Tenía la sensación embriagadora de que el mundo seguía girando exactamente al ritmo que él dictaba. Todo iba acorde al plan.

​A kilómetros de allí, en la municipalidad, la realidad era diametralmente opuesta. En cuanto el clic de la comunicación terminó, la compostura diplomática de Roberto Castañeda se evaporó. Se echó hacia atrás en su silla y no pudo contener más la presión en su pecho; soltó una carcajada ronca que llenó las paredes de su despacho, una risa cargada de desprecio y victoria anticipada.

​Se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando por la malicia de quien sabe que ha colocado la soga perfectamente alrededor del cuello de su enemigo.

​—Qué imbécil es este muchacho —susurró para sí mismo, mientras la risa se convertía en una sonrisa siniestra.

​Roberto volvió a tomar su pluma de trabajo municipal, saboreando el hecho de que el "Tiburón" acababa de morder el anzuelo con una arrogancia que sería su propia tumba.

La carcajada de Castañeda aún vibraba entre las paredes de la alcaldía cuando, a miles de kilómetros de distancia, el bullicio del Aeropuerto Internacional de Laguna del Sauce en Punta del Este marcaba el inicio de un trayecto cargado de una melancolía asfixiante.

​Sebastián caminaba por la terminal con la mirada perdida y el peso de la maleta tirando de su brazo como un ancla. Tras realizar el check-in, se refugió en la zona de embarque, buscando desesperadamente algo que lo mantuviera a flote antes de cruzar la cordillera. Tomó su celular y, con dedos que aún temblaban ligeramente, comenzó a deslizarse por la galería de fotos.

​Su rostro se iluminó con una mueca de dolor puro al ver las imágenes de apenas unos días atrás. Ahí estaba Carolina, radiante bajo el sol uruguayo, riendo con esa espontaneidad que siempre lo había cautivado. En otra foto, sus hijos corrían por la arena, capturados en un instante de felicidad absoluta antes de que el mundo se les viniera abajo. Sebastián acarició la pantalla con el pulgar, ajeno por completo al hecho de que, a pocos metros, el lente de una cámara lo enfocaba con una frialdad depredadora.

​Cada movimiento suyo —desde el momento en que se detuvo a comprar un café hasta cuando se sentó frente a la puerta de embarque— era registrado. Un hombre, manteniendo una distancia profesional, enviaba actualizaciones constantes a la mujer misteriosa. Cada par de minutos, su teléfono emitía una señal de confirmación; la ubicación de Sebastián era un punto rojo en un mapa que ella controlaba con una calma aterradora.

​Simultáneamente, la mujer tecleó un mensaje corto pero contundente para sus contactos en Santiago: «El patán ya está en camino. Prepárense para recibirlo afuera del aeropuerto de Pudahuel. Quiero que le den el "tratamiento especial" de mi parte».

​Sebastián, atrapado en su propia burbuja de remordimiento, guardó el teléfono y cerró los ojos, exhalando un suspiro profundo. No tenía idea de la cacería que se había desatado en su contra. En su mente, una pequeña chispa de esperanza comenzaba a arder de nuevo. No sabía exactamente cómo lo lograría, ni qué palabras tendría que usar para derribar los muros de hielo que Carolina había levantado, pero la idea de conseguir su perdón lo hacía ilusionarse. Se aferraba a la fantasía de recuperar su hogar, de volver a ser el hombre que aparecía en aquellas fotos, ignorando que mientras él soñaba con la redención, el "tratamiento especial" ya lo esperaba al otro lado del vuelo para recordarle que algunas deudas no se pagan con lágrimas.




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