Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 22: El Silencio del Verdugo.

El aire en el área de recepción de la presidencia del holding Delmonte se había vuelto irrespirable. Alba, con el auricular pegado al oído y los nudillos blancos de tanto apretar el plástico, marcaba por quinta vez consecutiva el número directo de la alcaldía. El tono de llamada se repetía, rítmico y monótono, rompiendo el silencio del pasillo como una gota de agua cayendo sobre metal.
​A kilómetros de allí, en la oficina municipal, el teléfono parpadeaba con una insistencia casi histérica. Alicia, la secretaria de Roberto, observaba la pantalla con una calma imperturbable. Tenía órdenes estrictas: Isaías Delmonte no existía para el municipio hasta nuevo aviso. Con un gesto mecánico, volvió la vista a su monitor, dejando que el repique se extinguiera solo.
​En su despacho privado, Roberto Castañeda no escuchaba el teléfono; su atención estaba fija en la luz azul de su monitor. Una notificación de Gmail acababa de iluminar la pantalla.
• ​De: Rafael Montero
• ​Asunto: Propuesta Formal de Adquisición - Predio Sector Oriente.
​Roberto abrió el archivo adjunto y sus ojos se deslizaron por las cifras con una codicia apenas contenida. Se reclinó en su silla de terciopelo y comenzó a sobarse las manos, un gesto casi instintivo de quien ya saborea el botín. En su mente, Rafael no solo le entregaba una oferta superior a la de Isaías, sino que le abría las puertas a un ecosistema de regalías y favores futuros que asegurarían su retiro. Ganarse la confianza de Rafael Montero era como encontrar una mina de oro, y estaba dispuesto a dinamitar el puente con los Delmonte para extraer hasta la última pepita.
​De vuelta en el holding, la puerta del despacho presidencial se abrió con una violencia que hizo vibrar los cuadros de las paredes. Isaías apareció en el umbral, con el rostro encendido y una vena latiéndole con fuerza en la sien.
​—¿Por qué carajos no estoy hablando con él todavía, Alba? —bramó Isaías, su voz cargada de una vibración peligrosa.
​Alba dio un pequeño salto, sintiendo el frío del pánico recorrerle la columna. Bajó el auricular con manos temblorosas y lo miró con los ojos muy abiertos.
​—Señor Delmonte... no contesta nadie. He intentado por todas las líneas, incluso por la central, pero solo da tono —respondió ella, con la voz apenas en un susurro.
​Isaías apretó los puños de tal manera que sus uñas se clavaron en las palmas. Se quedó inmóvil, mirando el teléfono de Alba como si quisiera incendiarlo con la mirada.
"Aparte de traidor, un cobarde. Eso es lo que eres, Castañeda", pensó con un odio que le quemaba la garganta. Su mente de Cáncer procesaba la afrenta no solo como un mal negocio, sino como una puñalada personal, una bajeza que requería una respuesta proporcionalmente destructiva. Cada segundo de silencio desde el municipio era como magma acumulándose en la cámara de un volcán; la presión era tal que el aire parecía chisporrotear a su alrededor.
​Sin decir una palabra más, Isaías regresó a su oficina y azotó la puerta. El sonido del impacto fue seguido por el clic seco de la línea telefónica siendo cortada desde adentro; un mensaje mudo de que la comunicación diplomática había muerto.
​Alba se quedó petrificada en su sitio, sosteniendo el teléfono muerto. Un escalofrío de pura intuición la recorrió: sabía que en ese momento, entrar en esa oficina era equivalente a caminar hacia un incendio forestal. La ira que Isaías reservaba para el Alcalde era tan vasta que, si no encontraba su objetivo pronto, terminaría consumiendo a cualquiera que estuviera cerca. Decidió quedarse en su escritorio, casi sin respirar, escuchando el silencio atronador que emanaba de la oficina del "Tiburón".
La noche comenzaba a asfixiar la luz del día sobre los rascacielos de Santiago cuando el murmullo de la oficina de Alba se vio interrumpido. La jornada laboral llegaba a su fin para la mayoría, pero el aire en el piso de la presidencia seguía vibrando con los ecos de la tormenta que se desataba tras la puerta cerrada de Isaías.
​Carolina caminaba con elegancia por el pasillo, deteniéndose frente al escritorio de Alba, quien guardaba sus pertenencias con movimientos mecánicos que delataban su nerviosismo.
​—Alba, ¿mi hermano ya se retiró? —preguntó Carolina, notando de inmediato la palidez en el rostro de la asistente.
​—No, señora Carolina. Sigue adentro —respondió Alba, bajando la voz como si las paredes pudieran escucharla—. Yo iba a entrar para entregarle unos informes finales, pero... no se lo recomiendo. Hubo un problema gravísimo con el contrato que llegó del municipio.
​Carolina frunció el ceño, cruzando los brazos.
—¿Qué tipo de problema?
​—No conozco el detalle técnico —explicó Alba, gesticulando con ansiedad—, pero el señor Delmonte encontró una cláusula que no estaba en el trato original. Nunca lo había visto así, señora. Se puso furioso, sus manos temblaban... intentó comunicarse con el Alcalde pero no le responden. Créame, es mejor dejarlo solo.
​Carolina asintió con un gesto de resignación. Conocía demasiado bien la naturaleza volcánica de su hermano cuando su control era desafiado.
—Tienes razón. Cuando Isaías entra en ese estado, lo mejor es dejar que el fuego se consuma solo. No sé muy bien cómo funciona su cabeza en crisis, pero siempre encuentra la manera de salir a flote.
​Al otro lado de la puerta, Isaías permanecía de pie frente al ventanal, observando las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Sus ojos, fijos y gélidos, no veían el tráfico, sino que proyectaban su llegada al municipio al día siguiente. Tenía planeado encarar a Roberto, pero su intuición —esa herencia visceral de su signo— le enviaba señales de alerta. "Roberto es un oportunista, pero no tiene el ingenio para redactar una cláusula tan quirúrgica", pensó. Alguien más estaba moviendo los hilos, alguien que conocía sus puntos ciegos. Roberto era solo el peón que sostenía la pluma.
​Mientras tanto, Carolina regresó a su oficina por sus pertenencias y entró en el ascensor. En el descenso, la soledad del cubículo de metal la hizo buscar el refugio de su familia. Marcó el número de su padre.
​—¿Papá? ¿Cómo están mis diablillos? —preguntó en cuanto Mateo contestó.
​—Están de maravilla, Carolina. Se han portado como niños buenos —respondió Mateo con esa voz profunda que siempre lograba calmarla—. ¿Quieres hablar con ellos? ¡Oigan, niños! ¿Quieren hablar con su mamá?
​El coro de voces infantiles llegó al auricular con una energía que arrancó una sonrisa genuina del rostro cansado de Carolina. Durante unos minutos, mientras caminaba hacia el estacionamiento, escuchó sus relatos atropellados sobre juegos y travesuras. Al llegar a su auto, la pequeña Kathy tomó el mando.
​—Mami, el abuelo dice que ya es hora de colgar —dijo la niña pero Carolina le pidió que le pasará el móvil para hablar con su abuelo—. Pero toma, el abuelo te quiere hablar... ¡Abuelo! ¡Mamá quiere hablar contigo!
​Mateo retomó el teléfono, dispuesto a despedirse.
—Bueno, hija, ve con cuidado a casa...
​—Papá, espera, no cuelgues todavía —interrumpió Carolina, apoyando la espalda contra el asiento del conductor—. Necesito hablar contigo de algo que pasó hoy en el holding. Isaías está fuera de sí.
​Mateo cambió el tono de inmediato a uno de alerta paternal.
—¿Qué pasó con tu hermano?
​—Llegó el contrato de compraventa del municipio, pero venía con una "sorpresita". Una cláusula desconocida que no estaba en el acuerdo. No sé exactamente qué decía, pero la secretaria me contó que Isaías perdió el control por completo. Al parecer, ese papel frustró todos sus planes con el terreno de Providencia. Le han dado un golpe bajo, papá, y temo que cometa una locura mañana.
​Mateo guardó silencio un segundo, procesando la gravedad de que su hijo mayor hubiera perdido la compostura.
—No te angusties por eso ahora, Carolina. Maneja tranquila. Yo mismo hablaré con él en un rato para calmarlo. Conozco a tu hermano; si alguien puede hacerlo entrar en razón antes de que queme el municipio, soy yo.
​Carolina suspiró con alivio, confiando en la autoridad de su padre, mientras en la penumbra de su oficina, Isaías seguía trazando en su mente el mapa de una guerra que apenas comenzaba a entender.
Mientras el apellido Delmonte se convertía en un campo de batalla de llamadas perdidas e intuiciones de traición, el eco de los conflictos corporativos moría antes de llegar a los barrios más sencillos de la ciudad, donde la luz de un hogar humilde ofrecía el único refugio verdadero contra la tormenta.
​Luz entró por la puerta principal cargando varias bolsas con materiales de escritorio y libros. Sus mejillas estaban encendidas por el frío de la caminata y la emoción del día. Recién llegaba y, al verla, la señora Mari dejó de inmediato lo que estaba haciendo en la cocina para recibirla con una curiosidad que no pudo ocultar.
​—¡Luz, mija! Por fin llegas —dijo Mari, secándose las manos en el delantal—. Estaba que me comía las uñas. Cuéntame, ¿cómo te fue en ese lugar tan fino?
​Luz dejó sus cosas sobre la mesa y se dejó caer en uno de los sillones, soltando un suspiro de alivio y satisfacción. Sus ojos brillaban con una intensidad nueva mientras miraba a Mari.
​—¡Ay, señora Mari, fue increíble! —comenzó Luz, gesticulando con entusiasmo—. Al principio estaba nerviosa, pero la señora Beatriz me tuvo mucha paciencia. Me enseñó a hacer el inventario de la ropa nueva, ¡y es un sistema muy avanzado! Me explicó cómo registrar cada prenda, cómo verificar las tallas y las texturas. Al final del día, me dijo que estaba muy contenta con mi trabajo porque aprendí todo en un par de horas. Se nota que es una mujer estricta, pero fue muy justa conmigo. Me siento tan feliz de poder cumplir... hasta me felicitó antes de salir.
​Mari la escuchó conmovida, con una sonrisa de orgullo que le iluminaba el rostro.
—Te lo dije, si tú eres una mujer muy capaz. ¡Felicidades, preciosa!
​Acto seguido, Mari le sirvió una "once" generosa: pan crujiente, algo para acompañar y un café humeante para renovar sus fuerzas. Mientras Luz comía con ganas, Mari la observó con una sombra de preocupación.
—Pero dime una cosa... ¿por qué llegaste tan tarde, hija? Me tenías con el alma en un hilo.
​Luz, mientras saboreaba lo que Mari le había preparado, le explicó con tranquilidad:
—Es que necesitaba comprar cosas para la universidad, señora Mari. Pasé a una librería que vi cerca de la tienda y tenían de todo. Lo mejor fue que encontré los materiales muy baratos, así que aproveché de comprar todo de una vez para no tener que salir después. Por eso se me pasó la hora.
​Lejos de esa calidez, en una esquina cercana, la atmósfera era radicalmente distinta. Cheo compartía con su grupo de amigos bajo la luz amarillenta de un poste, cuando uno de ellos, con una sonrisa maliciosa, le soltó una broma pesada:
​—Oye, Cheo... ¿estás saliendo con la gringa o no? Porque si no te apuras, me voy a meter yo ahí. Está bastante buena la muchachita esa, yo no me perdería ese bombón.
​En un instante, el rostro de Cheo sufrió una metamorfosis aterradora. La sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión de pocos amigos que heló la sangre de los presentes. Sin decir una palabra, sacó un cuchillo y se lo acercó peligrosamente a su "amigo", clavándole una mirada llena de veneno.
​—Antes te dejo sin huevos que te metas con la gringa —susurró Cheo, con una voz ronca que no admitía réplicas—. Porque esa es mi chica, ¿entendiste bien?
​El muchacho, viendo el brillo del metal y la furia en los ojos de Cheo, levantó las manos en señal de rendición, balbuceando disculpas para calmarlo. Aunque logró apaciguarlo, el silencio que quedó en la pandilla fue sepulcral; todos se dieron cuenta de que Cheo no solo sentía atracción, sino una obsesión oscura por la extranjera.
​De vuelta en la mesa, Luz terminó de hablar de sus proyectos universitarios y, de pronto, notó un vacío en la casa.
​—Señora Mari... ¿y Fabián? —preguntó Luz, dándose cuenta de que Cheo no estaba por ninguna parte.
​Mari suspiró, volviendo a su labor con un gesto de resignación.
—Salió hace un rato, hija. Pero no me dijo para dónde iba ni con quién. Así es él, ya lo conocerás mejor.
​Luz asintió dándole la razón a la señora Mari y volvió a sus libros, ignorando por completo que, en las sombras de la calle, su nombre era pronunciado con una posesividad que rozaba la locura.
La calma aparente de la casa de la señora Mari se sentía como un mundo lejano para Mateo Delmonte, quien, tras colgar con su hija, se encontraba sumergido en la urgencia de contener un incendio que amenazaba con consumir la estabilidad emocional de su primogénito.
​Mateo intentó comunicarse con Isaías varias veces, pero cada llamada terminaba en el vacío del buzón de voz. Al otro lado de la ciudad, el "Tiburón" había silenciado su teléfono, buscando en el encierro de su coche el aislamiento necesario. Isaías conducía rumbo a su departamento con la mandíbula tensa; necesitaba el agua fría de una ducha para bajar la temperatura de su sangre y recuperar la lucidez. Sabía que, en su estado actual, cualquier acción sería un error táctico, y él no podía permitirse fallar.
​Resignado al silencio de su hijo, Mateo decidió tomar una ruta más efectiva. Buscó en su agenda personal hasta dar con un contacto que guardaba desde hacía años: Aguirre, un viejo y confiable amigo que aún se desempeñaba en los mandos medios del municipio. Tras unos segundos de espera, la voz de Aguirre respondió al otro lado.
​—¿Aguirre? Habla Mateo Delmonte. Siento mucho molestarte a esta hora, sé que no es momento de trabajo y te pido mil disculpas por la interrupción.
​—No se preocupe, don Mateo. Para un viejo amigo siempre hay tiempo. Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?
​—Necesito un favor personal —continuó Mateo, con tono serio—. Mi empresa estaba por cerrar la compra de unos terrenos con el municipio, pero algo salió muy mal en el contrato de hoy. Quiero entender qué pasó realmente, por qué se alteraron las condiciones a última hora.
​Aguirre, comprendiendo la gravedad del asunto, no perdió tiempo.
—Deme un minuto, Mateo. Voy a encender la laptop para entrar al sistema de registro de actas y contratos.
​El silencio fue ocupado únicamente por el tecleo rápido de Aguirre. Tras unos instantes que a Mateo le parecieron eternos, el funcionario suspiró.
​—Aquí está el problema, Mateo. Es la Cláusula 14.2. Básicamente, impone una cesión gratuita de casi la mitad del predio bajo una normativa ambiental que no se aplica normalmente en esa zona. Es un candado técnico, Mateo; eso vuelve cualquier edificación inviable económicamente.
​—¿Y por qué aparece eso ahora? —cuestionó Mateo, apretando el auricular.
​—Porque el sistema muestra que hubo una modificación de último minuto tras recibir una oferta externa. Mateo... otra entidad presentó una propuesta superior recientemente, una que el municipio está evaluando como "más conveniente".
​—¿Quién es, Aguirre? ¿Quién hizo esa oferta? —preguntó Mateo, aunque una parte de él ya conocía la respuesta.
​—Aquí figura el nombre del solicitante: Rafael Montero.
​Mateo cerró los ojos con fuerza, sintiendo una punzada de amargura.
—Entiendo. Aguirre, muchas gracias por tu diligencia. Lamento de nuevo haberte molestado tan tarde. Gracias por todo.
​Al colgar, Mateo se quedó inmóvil en la penumbra de su despacho. La mención de ese apellido fue suficiente para armar el rompecabezas de la jornada. Conocía perfectamente la calaña de Rafael y su historial de maniobras bajo la mesa. Se inclinó sobre su escritorio y, con una voz que destilaba una advertencia silenciosa y profunda, susurró para sí mismo:
​—Ay, Rafael... tú como siempre jugando sucio. No me extrañaría nada que hayas saboteado ese proyecto, pero con mi hijo, malnacido... con mi hijo no.
​El patriarca de los Delmonte se quedó observando el vacío, consciente de que la cacería en la ciudad acababa de declarar una guerra abierta entre familias.
La advertencia de Mateo Delmonte quedó suspendida en el aire como una sentencia, ajena al frío metálico que comenzaba a envolver a otro de los protagonistas de esta red de traiciones al otro lado de la ciudad.
​El tren de aterrizaje de la aeronave golpeó la pista de Pudahuel con un estruendo que sacudió a Sebastián de sus pensamientos. Ya estaba en Chile. Tras un proceso migratorio que le pareció eterno, se detuvo frente a la cinta transportadora, observando el desfile de equipaje hasta que finalmente divisó su maleta. Con el peso de su equipaje y el cansancio de un vuelo cargado de culpas, se dirigió al último filtro de la aduana para ingresar formalmente a su país natal.
​Cruzó el control sin ningún inconveniente. Sin embargo, en el preciso instante en que atravesó las puertas automáticas que separan la zona estéril del vestíbulo público, dos hombres de contextura robusta y mirada impenetrable fijaron sus ojos en él, vigilándolo a una distancia prudente pero letal.
​Sebastián, ignorando la cacería que se cerraba a su alrededor, caminó hacia la salida de la estación de vuelos internacionales. Levantó la mano y consiguió un taxi de inmediato. Subió al vehículo, saludó al chofer y le dio la dirección del departamento donde, hasta hace poco, planeaba reconstruir su vida con Carolina y sus hijos.
​Pero justo cuando el taxi estaba a punto de emprender la marcha, la puerta trasera se abrió violentamente. Los dos hombres robustos se adentraron en el coche, flanqueando a un Sebastián estupefacto.
​—Oigan, ¿qué hacen? El taxi está ocupado. Bájense ahora mismo —exclamó Sebastián, intentando mantener la autoridad mientras buscaba la mirada del conductor.
​Nadie le respondió con palabras. En lugar de eso, uno de los hombres lanzó un puñetazo seco y brutal que impactó de lleno en el rostro de Sebastián. El sonido del cartílago rompiéndose fue seguido por el calor de la sangre brotando de su nariz. El segundo hombre se inclinó hacia adelante y le dictó una nueva dirección al chofer con una voz que no admitía réplicas. El conductor, pálido y con las manos temblando sobre el volante, aceleró por puro miedo, siguiendo las instrucciones de los agresores.
​Sebastián, aturdido y con la visión nublada por el dolor, se llevó las manos a la cara. La sangre manchaba su ropa mientras intentaba enfocar a sus captores.
​—¿De quiénes son...? ¿Qué quieren conmigo? —preguntó con la voz quebrada, el aliento entrecortado por la hemorragia.
​El silencio fue la única respuesta. Los hombres permanecieron inmóviles, como estatuas de piedra, mientras el taxi se alejaba del aeropuerto perdiéndose en la oscuridad de la carretera.




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