Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 23: El Peso de las Acciones.

La noche se tragó las luces de la autopista a medida que el taxi se internaba en los sectores industriales abandonados de la periferia, donde el pavimento cede ante el barro y el silencio es el único testigo de lo que ocurre en las sombras.
​El aire dentro del vehículo era espeso, saturado por el olor a hierro de la sangre de Sebastián y el miedo paralizante del conductor. El chofer, un hombre mayor cuya única falta había sido estar de turno esa noche, sentía que el volante se le resbalaba entre las manos sudorosas. Sus ojos, fijos en el retrovisor, reflejaban el terror puro de quien sabe que está cruzando el umbral de su propia muerte.
​—Por favor... —susurró el conductor con la voz quebrada—, tengo nietos, no diré nada. Lo juro por lo más sagrado, para mí este viaje nunca existió.
​Uno de los hombres robustos se inclinó hacia adelante, rozando el cuello del chofer con el aliento gélido.
—Escúchame bien, viejo. Si abres esa boca, te buscaremos. Y no será rápido. Te desollaremos centímetro a centímetro, lenta y dolorosamente, para que cada grito tuyo sea un recordatorio de tu estupidez. ¿Entendiste?
​—¡Sí, sí! ¡Lo juro! —sollozó el hombre, logrando apenas mantener el auto en línea recta mientras las lágrimas le nublaban la vista.
​Pero la misericordia no estaba en el itinerario. Cuando el taxi alcanzaba una zona de curvas cerradas y barrancos desprotegidos, el hombre que iba en el asiento del copiloto desenfundó una pistola con una calma aterradora. Sin previo aviso, disparó dos veces contra los neumáticos delanteros. El estallido fue seguido por el chirrido violento del metal contra el asfalto. El taxi perdió el control, dando vueltas de campana hasta estrellarse contra una base de concreto.
​Sebastián, aturdido por el impacto y protegido por el asiento trasero, vio a través de su visión borrosa cómo el tirador bajaba del auto y se acercaba al chofer, que agonizaba entre los fierros retorcidos. El hombre robusto lo miró a los ojos y susurró con desprecio:
​—No creo en hombres cobardes. Sus palabras pesa menos que una pluma.
​Un segundo disparo terminó con la agonía del conductor. Sebastián sintió un frío que le recorrió el alma; ese hombre inocente acababa de morir solo por haberle servido de transporte. Por primera vez en su vida, el peso de sus decisiones pasadas lo golpeó más fuerte que cualquier puño. Comprendió, con una claridad lacerante, que de ese lugar no saldría con vida.
​Antes de que pudiera articular una súplica, el cañón de la pistola impactó con una fuerza bruta en su sien. La oscuridad lo reclamó.
​Cuando Sebastián recuperó el conocimiento, el dolor en su cabeza era una pulsación rítmica que le impedía enfocar. Se encontró amarrado a una silla de madera en el centro de un sótano oscuro, donde la humedad se filtraba por las paredes de ladrillo visto. Frente a él, un proyector iluminaba una pantalla blanca con una luz clínica.
​Las imágenes empezaron a correr. Eran fotos de ambos pasándola bien en un noviazgo que parecía perfecto y de capturas de pantalla gigantescas de sus propios mensajes: palabras de seducción vacías, promesas rotas y fotos que él mismo le había enviado a la hermana de la mujer misteriosa. Cada mensaje proyectado era una prueba irrefutable de su bajeza.
​—Mírate —dijo una voz grave desde la penumbra—. Lloras ahora, pero no lloraste cuando le rompiste el corazón a una mujer que solo quería amarte.
​Uno de los hombres robustos caminó hacia el círculo de luz. Se quitó la chaqueta, revelando unos brazos tatuados y una musculatura imponente. Comenzó a tronar los nudillos de sus manos, uno por uno; luego el cuello, los hombros y el tronco, en un ritual de calentamiento que parecía una danza de muerte.
​—Eres un mentiroso y un patán, hombre. Esa mujer era hermosa y pura, y tú la trataste como basura —rugió el hombre mientras se paraba frente a él—. Ahora, vas a sentir una fracción del dolor que ella sintió.
​El primer golpe fue un gancho al hígado que le sacó todo el aire. El segundo, un impacto seco en la mandíbula que lo hizo tambalearse junto con la silla. Sebastián, con el rostro bañado en lágrimas y sangre, solo pudo cerrar los ojos mientras la lluvia de golpes comenzaba a desmantelar lo que quedaba de su dignidad y su cuerpo.
A la mañana siguiente, la humedad del sótano donde Sebastián perdía la conciencia parecía un eco lejano frente a la primera luz del alba que se filtraba por las cortinas de la casa de la señora Mari, marcando el inicio de una jornada que, aunque tranquila en apariencia, arrastraba las sombras de lo ocurrido durante la madrugada.
​Luz se levantó temprano, con el ánimo renovado por su segundo día de trabajo. Se estiró, aún con el pijama puesto, disfrutando del silencio matutino, hasta que el sonido de la puerta principal abriéndose con torpeza rompió la calma. Al asomarse, vio a Fabián entrando a la casa con pasos erráticos.
​—¿Fabián? ¿Pasaste toda la noche afuera? —preguntó Luz, acercándose con genuina curiosidad.
​Cheo se detuvo, sosteniéndose del marco de la puerta. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mirada vagaba sin un punto fijo.
—Sí... —arrastró las palabras con dificultad—. Un amigo me invitó a una fiesta y acepté. Se puso bueno el mambo.
​Al acortar la distancia, un olor penetrante a alcohol barato y un aroma químico dulzón golpearon el olfato de la joven. Luz arrugó la nariz, retrocediendo un paso al notar el estado de sus pupilas.
—Vaya que te divertiste... estás bien pedo, amigo.
​Cheo soltó una risa hueca, balanceándose sobre sus talones.
—Lo pasé increíble, por eso llegué así. Pero hazme un favor, Lucecita... guarda silencio, que mi mamá no me escuche o me va a regañar —dijo, intentando subir el primer escalón de la escalera hacia su habitación.
​Sus piernas fallaron y Luz, por puro instinto de ayuda, lo sostuvo por el brazo. Con esfuerzo, lo guio escaleras arriba, sintiendo el peso muerto del cuerpo de Cheo apoyado sobre ella. Al entrar al dormitorio, lo ayudó a sentarse en el borde del colchón y luego lo acomodó para que se acostara. Cheo, con la cabeza ya hundida en la almohada, entreabrió los ojos y la recorrió de arriba abajo con una lascivia que el alcohol no lograba ocultar del todo.
​—Te ves bien sexy en pijama... —murmuró con la voz pastosa. Al notar que Luz se tensaba, añadió rápidamente, como intentando borrar el comentario—: Que te vaya bien en el trabajo.
​Casi de inmediato, sus párpados se cerraron y su respiración se volvió pesada. Luz sacudió la cabeza, atribuyendo el comentario a la desinhibición de la borrachera; no quiso darle mayor importancia para no arruinar su mañana. Con cuidado, lo tapó bien con las sábanas para protegerlo del frío matutino y salió de la habitación cerrando la puerta sin hacer ruido.
​Sin embargo, al bajar las escaleras, se encontró de frente con la señora Mari. Estaba sentada a la mesa, con una taza de té intacta frente a ella y la mirada perdida en la ventana. Luz dio un pequeño salto de sorpresa.
​—Señora Mari, me asustó. ¿Cuánto tiempo lleva despierta?
​—Desde hace mucho, mija —respondió la mujer sin mirarla, con una voz cargada de una fatiga que no era por falta de sueño—. Llegó borracho, ¿cierto?
​Luz no respondió con palabras, pero su expresión de incomodidad y silencio fue la confirmación que Mari necesitaba. La anciana suspiró, apretando los labios con amargura.
​—Hablaré con él más tarde. No me gusta que llegue así —sentenció Mari, y por un segundo, su mirada se volvió sombría—. Es igual a como llegaba su padre en el pasado.
​Luz sintió un escalofrío al escuchar el tono de la señora. No era solo enojo; era una mezcla de decepción y un dolor antiguo. En ese momento, Luz comprendió que la señora Mari cargaba con un trauma profundo, y que el recuerdo del padre de Fabián no evocaba precisamente amor, sino una herida que se abría cada vez que su hijo cruzaba la puerta en ese estado.
La pesada herencia del pasado que amargaba el desayuno de la señora Mari quedaba sepultada por el estruendo de la ciudad, un contraste violento con la atmósfera de triunfo que se respiraba en el exclusivo departamento que Rafael Montero utilizaba como su refugio privado para las noches de pasión.
​El sol de la mañana se filtraba con discreción a través de las cortinas de seda, iluminando la habitación donde Alba aún dormía profundamente. Rafael, por el contrario, ya estaba en pie. Se movía con la agilidad de quien tiene el control absoluto de su tiempo y de sus piezas. Con movimientos precisos, comenzó a vestirse, acomodándose la camisa de marca con una parsimonia estudiada. Antes de salir, tomó una flor del jarrón cercano y la depositó con delicadeza sobre la almohada, justo al lado del rostro de la mujer.
​Para cualquier observador, el gesto habría parecido un acto de amor devoto, pero en la mente de Rafael no había rastro de afecto. Para él, Alba no era más que un peón estratégico en un tablero mucho más grande; una herramienta que le convenía mantener sometida bajo un velo de lujos y atenciones. Sabía que mientras la tuviera consentida, su lealtad sería absoluta, una carta bajo la manga que usaría a su favor cuando llegara el momento de extraer la información final del holding Delmonte.
​Se dirigió al baño y, frente al espejo, se peinó a la rápida con los dedos. Al observar su reflejo, sintió cómo su ego se inflaba hasta casi llenar la habitación. La satisfacción lo recorría como una corriente eléctrica: no solo pasaba sus noches con una mujer mucho más joven y hermosa, sino que su golpe contra Isaías había sido de una ejecución magistral. Sus otros negocios prosperaban con la misma fluidez, alimentando la peligrosa idea de su propia invencibilidad.
​Se acomodó el cuello de la chaqueta, se miró fijamente a los ojos en el espejo y, con una sonrisa cargada de una soberbia casi hipnótica, se susurró a sí mismo:
​—No hay nadie como tú, Rafael.
​Con esa convicción tatuada en el rostro, abandonó el departamento, dejando atrás el perfume de la flor y la estela de una traición que Alba, en su sueño, aún no lograba imaginar.
Mientras Rafael Montero abandonaba su refugio con la arrogancia de quien se cree intocable, a unos cuantos kilómetros de allí, la energía era radicalmente opuesta; el aire en el departamento de Isaías Delmonte vibraba con una tensión física que buscaba una válvula de escape antes de que la ciudad terminara de despertar.
​Isaías despertó con el cuerpo rígido, arrastrando la furia de la noche anterior hasta la primera luz del alba. Sin mediar palabra con el silencio de su hogar, se puso una sudadera y se dirigió a una habitación que había acondicionado exclusivamente para su desahogo personal: un espacio privado equipado con elementos de gimnasio y un pesado saco de boxeo que colgaba del techo. Se ajustó los guantes con movimientos mecánicos y comenzó a moverse frente al saco. Al principio, solo era el baile de su propia sombra, fintas y golpes al aire para calentar los músculos; pero pronto, el rostro del alcalde Roberto Castañeda invadió su mente. Con cada recuerdo de la traición, los impactos contra el cuero del saco se volvieron más violentos, secos y cargados de un odio que buscaba demoler la imagen de su adversario en cada golpe.
​Mientras el "Tiburón" descargaba su energía en la soledad de su departamento, Mateo Delmonte ya había trazado su propia ruta de ataque. Tras compartir un desayuno familiar donde ocultó sus intenciones tras una máscara de calma, salió de su casa sin revelar su destino a nadie. Conducía con una determinación gélida que lo llevó directamente hasta las afueras de la imponente residencia de los Montero.
​Al llegar, presionó el timbre del portón principal. A través del intercomunicador, la voz de un guardia de seguridad rompió el silencio de la calle.
​—¿A quién busca? —preguntó el hombre con tono vigilante.
​—Vine a ver al señor de la casa —respondió Mateo, manteniendo una voz firme y autoritaria.
​—El señor Rafael no se encuentra en este momento —informó el guardia de inmediato.
​—¿Y la señora? —cuestionó Mateo sin retroceder un centímetro.
​Tras un breve silencio, el guardia indicó que consultaría con ella. Al enterarse de quién estaba en la puerta, Valeria, sorprendida por la visita inesperada del patriarca de los Delmonte, accedió a recibirlo. El portón se deslizó pesadamente y Mateo ingresó con su automóvil, estacionándose frente a la entrada principal de la mansión.
​Valeria lo recibió en el umbral, saludándolo con la cortesía propia de su estatus, aunque sus ojos escudriñaban la seriedad en el rostro de su invitado.
​—Mateo, qué sorpresa. ¿A qué se debe su visita? —preguntó ella con una elegancia que no lograba ocultar su curiosidad.
​—He venido para hablar con tu esposo, Valeria —respondió Mateo de forma directa.
​—Como ya le informaron, mi esposo no se encuentra en la casa —reiteró ella, esperando que Mateo se marchara.
​Sin embargo, Mateo no se movió. La miró fijamente, con una resolución que nacía de la protección a su linaje.
—No importa. Lo esperaré aquí.
​Valeria guardó silencio un instante, notando en las líneas del rostro de Mateo y en la fijeza de su mirada que no se trataba de una visita social, sino de un hombre decidido a no dar un paso atrás hasta cumplir su objetivo. Comprendiendo que no lograría disuadirlo, asintió levemente y le abrió paso.
​—Pase, por favor. Puede esperarlo conmigo en el living.
​Mateo entró en la guarida de su enemigo, sentándose a esperar el regreso de Rafael en un silencio que presagiaba el inicio oficial de una guerra de la que no habría vuelta atrás.




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