Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 24: Efecto Dominó.

La atmósfera en la mansión Montero, que ya era densa con la sola presencia de Mateo, se fracturó por completo cuando la puerta principal se abrió de par en par. Rafael entró con la barbilla en alto, rodeado de esa aura de invencibilidad que lo caracterizaba, pero se detuvo en seco al ver la silueta de su rival instalada en su propio living.

​Rafael recorrió la estancia con una mirada analítica, ocultando su sorpresa tras una máscara de frialdad. Se acercó primero a Valeria, dándole un beso breve en la mejilla, un gesto casi coreografiado para marcar territorio.

​—Valeria, querida —dijo, para luego girar la cabeza hacia el invitado con una sonrisa gélida—. Mateo... ¿qué haces aquí?

​Mateo se puso de pie, su presencia llenando el espacio con una gravedad que hacía que el lujo de la sala pareciera superficial. Su rostro era una piedra tallada por la determinación.

​—¿Podemos hablar en privado? —soltó Mateo, con una voz que no pedía permiso, sino que dictaba una orden.

​Rafael arqueó una ceja, midiendo el peligro, y con un gesto elegante de la mano lo guio hacia su despacho personal. En cuanto la puerta doble de caoba se cerró, el aire desapareció. Antes de que Rafael pudiera decir una palabra para sentar su superioridad, Mateo se lanzó sobre él. Con una rapidez impropia de su edad, agarró a Rafael por las solapas de su costosa camisa y apretó la corbata hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

​—¿Quién rayos te crees tú, Montero, para joder a mi hijo y pensar que nadie lo defenderá? —rugió Mateo, su rostro a centímetros del de Rafael—. Con mi hijo no. Con eso chocas con pared.

​Rafael, con el rostro empezando a enrojecer por la presión en su cuello, logró sujetar las muñecas de Mateo y, tras un forcejeo violento, se soltó de un empujón. Se ajustó la ropa con manos temblorosas, pero su voz recuperó la arrogancia de inmediato.

​—No tengo la menor idea de qué diablos estás hablando, Delmonte. Te estás volviendo paranoico.

​—No mientas —escupió Mateo, dando un paso al frente—. Sabes perfectamente el porqué. La cláusula, el municipio... no intentes jugar conmigo.

​Rafael soltó un sonido gutural, una mezcla de burla y reconocimiento.

—¡Ahhh! Eso... —Rafael sonrió, una expresión llena de veneno—. ¿Qué pasa? ¿Acaso tu hijo no se puede defender solo de los problemas que tiene con su empresa? Parece un niño caprichoso que recién está conociendo el "no" como respuesta. No sabía que el gran "Tiburón" necesitaba que su padre viniera a pelear sus batallas de guardería.

​El insulto hacia su hijo fue la chispa final. Mateo, perdiendo el control que lo había caracterizado por décadas, lanzó un combo brutal que impactó de lleno en el pómulo de Rafael. El golpe seco resonó en las paredes tapizadas del despacho. Rafael tambaleó, llevándose la mano a la cara mientras la sangre comenzaba a brotar de su labio partido.

​—No sabía qué clase de canalla eras, pero ahora me queda claro —dijo Mateo, con la respiración entrecortada—. Te cansaste de que mi hijo te gane siempre. Te ardió tanto que no resististe la tentación de hacerlo pagar, pero como el cobarde que eres: sin jugar limpio.

​Rafael escupió un hilo de sangre sobre la alfombra persa y levantó la mirada, sus ojos inyectados en un odio puro.

—Ya que... —bufó Rafael con desprecio—. Tú nunca me ganaste, Mateo. Jamás. ¿Qué se siente ser el padre del Tiburón? ¿Qué se siente ser el padre perdedor de Isaías Delmonte?

​La pelea continuó con un intercambio de ataques verbales que desgarraban heridas de años, pero de pronto, el impulso de Mateo se frenó en seco. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su mano derecha subió instintivamente hacia el cuello de su camisa, tirando de la tela como si lo estuviera asfixiando. El brazo izquierdo se le desplomó, colgando inerte a su costado mientras una palidez cenicienta cubría su rostro. Su respiración se volvió un silbido agónico y errático.

​Rafael, que inicialmente se había puesto en guardia para otro golpe, se detuvo. Observó el temblor en el cuerpo de Mateo y el sudor frío que le perleaba la frente. Comprendió de inmediato: Mateo estaba sufriendo un infarto. Lejos de auxiliarlo, Rafael aprovechó la vulnerabilidad de su rival para darle un empujón final, haciendo que Mateo cayera pesadamente sobre el sillón de cuero.

​—Eres débil, Delmonte —susurró Rafael, inclinándose sobre el hombre que luchaba por aire—. Y esto es para fuertes. No para leones viejos que ya no aguantan ni siquiera una pelea de verdad.

​Rafael se enderezó con una calma macabra. Abrió la puerta del despacho y llamó a una empleada con voz gélida.

—Llama a urgencias. Ahora.
​Valeria entró corriendo, alertada por el estruendo del mueble moviéndose y el pesado silencio que le siguió. Al ver a Mateo colapsado en el sillón, ahogándose, se lanzó hacia él con angustia.

​—¡Mateo! ¡Por Dios! ¿Qué pasó? —exclamó ella, tratando de aflojarle la ropa y ayudarlo a respirar.

​Rafael se quedó de pie junto al ventanal, observando la escena con un desprecio infinito. No miraba solo al hombre que moría en su sillón, sino también la compasión de su propia esposa.

​—Que venga una ambulancia pronto —ordenó Rafael, sin un ápice de emoción—. No quiero que un Delmonte fallezca en mi casa. No es bueno para mis negocios.

​Valeria lo miró con horror, pero Rafael ni siquiera le sostuvo la mirada; su vista estaba fija en el patriarca caído, disfrutando de la caída del hombre que, incluso en su vulnerabilidad, seguía representando todo lo que él odiaba.

La urgencia de la ambulancia alejándose de la mansión Montero dejó tras de sí un rastro de sirenas que se perdían en el bullicio de Santiago, contrastando con la calma aparente en la residencia de los Delmonte, donde los planes del sábado seguían su curso sin sospechar la tragedia que acababa de ocurrir.

​Carmen terminaba de arreglarse para dirigirse a Summit Extreme cuando Carolina se acercó a ella con una sonrisa suave. Notando el cansancio acumulado en su madre, se ofreció a acompañarla y pasar todo el sábado juntas, idealmente el día completo. Carmen recibió el gesto con profunda gratitud, agradeciendo sinceramente el deseo de su hija de estar a su lado.




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