El silencio que se había apoderado del mostrador entre Isaías y Luz no fue roto por palabras casuales, sino por la gravedad de una situación que empujaba al "Tiburón" a dejar de lado cualquier distracción. Isaías sostuvo la mirada de Luz un segundo más, el tiempo suficiente para que ella notara el abismo de preocupación y la agitación en su rostro.
Luz, al ver su semblante desencajado, no pudo evitar preguntar con suavidad:
—¿Se encuentra bien?
Isaías, ignorando la pregunta y con la voz tensa, fue directo al grano:
—Busco a mi madre y a mi hermana. Deben estar con la señora Beatriz.
Luz comprendió de inmediato que no había tiempo para cortesías.
—Están en la ampliación, al fondo. Venga, yo misma lo llevo —le indicó ella, saliendo de detrás del mostrador para guiarlo personalmente.
Caminaron a paso rápido por los pasillos de la tienda, con Isaías pisándole los talones, emanando una energía de urgencia que cortaba el aire. Al cruzar el arco que dividía la nueva ampliación, el grupo de mujeres se detuvo en seco. Carmen y Beatriz, que reían examinando unas texturas, quedaron petrificadas ante la irrupción de ambos.
—¿Isaías? —exclamó Carmen, su rostro pasando de la alegría al desconcierto total—. Hijo, tú nunca has puesto un pie aquí. ¿Qué haces en la tienda?
Beatriz asintió, igualmente extrañada, pero Carolina, con esa agudeza que solo da el conocer las sombras de su propia sangre, notó algo en la rigidez de los hombros de su hermano. Los gestos de Isaías no eran los de una visita de cortesía; eran los de un hombre que sostenía un peso insoportable. Carmen tardó solo unos segundos más en descifrar el aura de su hijo.
—Isaías... ¿qué pasa? —preguntó Carmen, y su voz ya empezaba a temblar.
Isaías respiró hondo. Frente a él no solo estaban su madre y su hermana; Beatriz y Luz también escuchaban, suspendidas en un silencio sepulcral. Isaías miró fijamente a su madre y soltó la noticia con una crudeza necesaria, respetando el tiempo de cada palabra como si necesitara oxígeno entre ellas.
—Mamá... papá está grave en el hospital.
El impacto fue físico. Carmen retrocedió un paso, llevándose una mano al pecho. Sus ojos se abrieron en un vacío de incredulidad, su rostro palideció hasta quedar de un blanco fantasmal.
—¿Y qué le pasó a tu padre, Isaías? —preguntó en un susurro, con un tono de shock absoluto, negándose a procesar que el roble de su vida se hubiera quebrado.
—Un infarto, al parecer —respondió él, cortante.
Carolina soltó un jadeo ahogado y, en ese instante, Beatriz la rodeó con un abrazo protector, sosteniéndola para que no se derrumbara.
—Hay que irse al hospital, pero ya —sentenció Isaías, cuya voz de mando era lo único que mantenía la estructura familiar en pie.
Carmen, poseída por la desesperación de quien siente que el amor de su vida se le escapa entre los dedos, no tuvo tiempo para protocolos. Se apresuró hacia la salida con pasos erráticos, casi corriendo, impulsada por la necesidad visceral de socorrer a Mateo. Carolina, aún temblando, alcanzó a despedirse de Beatriz con un beso rápido en la mejilla —"Gracias, tía"— y dedicó una mirada fugaz y triste a Luz antes de seguir a su madre.
Isaías, antes de cruzar el umbral, se detuvo frente a Beatriz. Su mirada era una mezcla de disculpa y acero.
—Lamento haber conocido su tienda de esta manera, Tía. Volveré en un momento mejor.
Se despidió de ella con un gesto breve y luego giró hacia Luz. En un movimiento que sorprendió a todos, le sostuvo la mano por un breve instante, un anclaje humano en medio de la tormenta.
—Gracias... chica moka —dijo él, haciendo una referencia directa y casi nostálgica a aquel primer encuentro accidental.
En cuanto los Delmonte salieron, el silencio en la tienda se volvió espeso. Beatriz, con el ceño fruncido por la intriga, se volvió hacia su empleada.
—Luz... ¿tú conoces a Isaías?
Luz tragó saliva, sintiendo aún el calor de la mano de Isaías en la suya.
—Solo por la tele —mintió a medias.
—Pero te llamó "chica Moka" —insistió Beatriz, analizando la reacción de la joven.
Luz hizo un gesto de extrañeza, fingiendo no entender el apodo, aunque en su interior la referencia gritaba con fuerza.
—Solo espero que el esposo de la señora Carmen pueda superar esto —añadió Luz rápidamente, desviando la atención hacia la tragedia. Beatriz asintió sombríamente, compartiendo el deseo.
Afuera, el motor del auto de Isaías ya rugía. Antes de que Carmen subiera, él detuvo a Carolina.
—Carolina, ve en tu auto a la casa por Andrea. Cálmala y tráela al hospital, por favor.
—Sí, hermano —respondió Carolina, asumiendo su parte de la carga.
—Yo llevaré a mamá. Nos vemos allá —concluyó Isaías, cerrando la puerta del vehículo mientras Santiago se convertía en un borrón de luces y sirenas en su carrera contra el tiempo.
El eco de los neumáticos de Isaías perdiéndose en la distancia fue reemplazado por el goteo rítmico y pesado del agua filtrándose entre los ladrillos de aquel sótano olvidado. El tiempo, que para los Delmonte volaba en una carrera contra la muerte, para Sebastián se había detenido en un ciclo interminable de agonía y asfixia.
Sebastián yacía en el suelo, convertido en un despojo humano. Había sido golpeado con una saña metódica hasta que el matón, jadeante y con los nudillos manchados, se cansó de usarlo como saco de boxeo. Seguía amarrado a la silla de madera, con las muñecas y los tobillos en bruto por la fricción de las cuerdas, mientras su sangre se mezclaba con la humedad del piso.
De pronto, el chirrido de una puerta metálica cortó el silencio sepulcral. Una silueta femenina emergió desde la penumbra, recortada por la luz fría del pasillo. Sebastián, con un ojo hinchado y la visión nublada por el plasma, fijó la mirada en ella. Un escalofrío, más doloroso que los golpes, le recorrió la columna al confirmar que sus sospechas no eran un delirio de la borrachera en Punta del Este, ni una alucinación causada por el trauma.
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Editado: 12.05.2026