Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 26: Aromas de Esperanza.

El ambiente en la sala de espera del hospital se había vuelto un espacio donde el tiempo se dilataba entre el olor a desinfectante y el murmullo constante de las máquinas. Carmen, sentada con las manos entrelazadas hasta que los nudillos se le pusieron blancos, mantenía la vista fija en la puerta de doble batiente. El eco de unos pasos firmes sobre el linóleo anunció la llegada del especialista.

​—¿Familia de Mateo Delmonte? —la voz del médico resonó con una autoridad calmada que cortó el aire de la sala.

​Carmen se puso de pie con una agilidad eléctrica, impulsada por la angustia. Se acercó al facultativo con los ojos empañados y el rostro desencajado por la urgencia de una sola respuesta.

​—Doctor, por favor... ¿Cómo está mi esposo? —preguntó, su voz temblando en una nota de desesperación que hizo que el médico suavizara el gesto antes de hablar.
​El doctor ajustó su estetoscopio y miró a Carmen y a Isaías, quien se había colocado detrás de su madre como un guardián silencioso, con la mandíbula apretada y la mirada gélida.

​—La situación sigue siendo delicada, señora Delmonte, pero su esposo está evolucionando favorablemente dentro de su cuadro de gravedad —explicó el médico con precisión técnica—. Al ingresar a urgencias, el paciente presentaba una arritmia ventricular severa secundaria al evento coronario agudo; tuvimos que proceder con maniobras de reanimación y desfibrilación para estabilizar el ritmo cardíaco. Actualmente, se encuentra bajo sedación profunda con una combinación de ansiolíticos y analgésicos de amplio espectro para reducir el estrés miocárdico y facilitar la oxigenación de los tejidos.

​Carmen asintió mecánicamente, aunque los términos como "estrés miocárdico" o "desfibrilación" le resultaran ajenos; su corazón solo procesaba el alivio de que Mateo seguía respirando.

​—Sin embargo —continuó el médico, mirando a Isaías—, para determinar la etiología exacta del infarto, si hubo una obstrucción total de la arteria descendente anterior o si fue gatillado por un pico de hipertensión súbito, debemos realizar más exámenes en las próximas horas. Por ahora, el pronóstico es reservado, pero estable.

​Carmen soltó un suspiro largo, un sollozo de alivio que le devolvió un poco de color a sus mejillas. En su mente, las palabras técnicas se tradujeron en una sola verdad absoluta: Mateo no la iba a abandonar. Él era fuerte, él siempre volvía.

​Isaías observó a su madre, cuya expresión de felicidad y esperanza contrastaba con el terror que había visto en ella apenas unos minutos antes. Él se mantuvo rígido, asimilando la noticia con la frialdad de quien ya está calculando los siguientes pasos, pero por dentro, una sensación de vértigo lo golpeó. Aunque su rostro era una máscara de piedra, Isaías reconoció, en un rincón muy privado de su mente, que el miedo de perder a su padre había sido real y devastador; una sensación de quedar desprotegido, como si de pronto se hubiera quedado sin techo en medio de una tormenta torrencial.

​—Gracias, doctor. Muchas gracias —murmuró Carmen, apretando la mano de Isaías, mientras la esperanza comenzaba a ganarle la batalla a la agonía en aquella sala de espera.

Mientras el alivio comenzaba a filtrarse en los pasillos del hospital, el bullicio cotidiano de Summit Extreme llegaba a su fin, envolviendo la tienda en esa atmósfera de cierre donde las luces se atenúan y el cansancio del día empieza a pesar en los hombros.

Minutos antes de marcar su salida, Luz se encontraba en la penumbra del área de personal. Se sentó en la pequeña banca de madera y, mientras se desataba los cordones para cambiarse las zapatillas de trabajo, su mente retrocedió inevitablemente hacia el torbellino de emociones que había cruzado la tienda horas antes. El recuerdo de ese joven empresario que salía a veces en la TV se instaló con una nitidez desconcertante.

No pudo evitar comparar la imagen de ese hombre desesperado con el recuerdo del primer encuentro en la cafetería. El cambio era radical; aquel sujeto altanero, maleducado y de una soberbia asfixiante que la había tratado como un estorbo, hoy se había transformado en alguien vulnerable, movido por una urgencia que no entendía de jerarquías. Sin embargo, lo que más le provocaba una pequeña sonrisa involuntaria en medio de la seriedad del día, era el apodo que él había decidido rescatar del pasado.

—"Chica Moka" —susurró para sí misma, sintiendo aún el roce imaginario de sus manos.

Le resultaba fascinante, y a la vez extrañamente gracioso, que a pesar de la brevedad de su choque accidental y del desprecio inicial que él mostró, él la recordara. No solo su rostro, sino el detalle específico del café que los unió por el azar. Pero lo que realmente la mantenía pensativa era ese toque de sinceridad cruda cuando él le sostuvo la mano; no fue la despedida protocolar de un gran empresario, sino el agradecimiento genuino de un hombre que, en medio de su tormenta personal, reconoció en ella un anclaje.

Ese simple contacto físico y el brillo de gratitud en sus ojos habían logrado lo que meses de noticias en la prensa no pudieron: fracturar la imagen de piedra que ella tenía de él. Luz se detuvo con una zapatilla en la mano, mirando a un punto fijo de la pared mientras una conclusión suave se formaba en sus pensamientos.
—"Al parecer, él sí tiene corazón" —se dijo en voz baja, con una mezcla de sorpresa y redescubrimiento.

Terminó de calzarse y se puso de pie, ajustándose el bolso al hombro. Antes de apagar la luz del vestidor, un último pensamiento cruzó su mente, uno cargado de una empatía desinteresada. Deseó de todo corazón que el ser querido de aquel desconocido —ese padre del que hablaba con tanto miedo contenido— lograra superar la crisis y encontrara el camino de vuelta a la salud. Con esa esperanza silenciosa, Luz abandonó la tienda, dejando atrás el lujo de las vitrinas para sumergirse en la frescura de la noche santiaguina.




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