La ambición, a diferencia de la sangre, no descansa. Mientras en el hospital el segundero del reloj avanzaba con una lentitud tortuosa, en el living de la casa de Roberto la atmósfera vibraba con una urgencia eléctrica.
Él no esperó a que la noticia terminara en el televisor para marcar el número de Rafael. Sostenía el teléfono con una presión excesiva, con los ojos fijos en la imagen de la clínica que aún parpadeaba en la pantalla. Al otro lado, Rafael contestó con una parsimonia que rozaba el insulto.
—¿Viste las noticias? —soltó Roberto, yendo directo a la yugular, sin saludos—. El viejo Delmonte cayó. Es ahora o nunca, Rafael.
Roberto se puso en pie, caminando de un lado a otro por la alfombra persa de su living. Su rostro, iluminado por la luz azulada de los monitores, reflejaba un cálculo gélido.
—El lunes lanzaremos el comunicado —continuó Castañeda, con una sonrisa que no era más que un gesto predatorio—. Diremos que, ante la demora injustificada en la firma de los acuerdos y la evidente inestabilidad de la familia Delmonte, el municipio ha decidido aceptar finalmente la oferta de tu holding. Es una jugada maestra: los terrenos serán adquiridos por ti antes de que el "Tiburón" pueda si quiera secarse las lágrimas.
Rafael, desde su comodidad, dejó escapar una risa breve y seca. Se reclinó en su asiento, cruzando las piernas con una suficiencia arrogante.
—Estoy convencido de que este es el momento, Roberto —respondió Rafael, ajustándose el reloj de pulsera como quien se prepara para una gala—. Hay que asestarle el golpe al "Tiburón" ahora que tiene la guardia baja. No va a tener cabeza para responder; estará demasiado ocupado contando los latidos del corazón de su padre como para preocuparse por unos contratos. Actuemos ya, sin piedad.
Roberto se detuvo frente a la ventana, observando las luces de la avenida principal con la mirada de quien posee el destino del futuro de la ciudad.
—Lo mejor sería que Delmonte muera —sentenció Castañeda con una frialdad que helaba el aire—. Si Mateo muere, Isaías tardará meses, quizás años, en recuperarse de un golpe así. Un imperio sin cabeza es un territorio de conquista.
Rafael asintió en silencio, disfrutando de la visión de un Isaías derrotado por la biología y la traición.
Sin embargo, a kilómetros de allí, bajo la luz fluorescente de la sala de espera, la realidad era distinta. El primogénito Delmonte no estaba paralizado. Aunque mantenía el vaso de café en la mano y la mirada perdida en el vacío, su mente ya estaba operando a mil revoluciones. Él ya sospechaba que las hienas empezarían a aullar apenas olieran la sangre.
Isaías no planeaba cambiar lo que sucedería después; sabía que el ataque era inevitable. Pero, con una expresión de piedra y los hombros tensos por la determinación, estaba utilizando ese tiempo de vigilia para algo más peligroso que una simple defensa: estaba diseñando un contraataque quirúrgico. Mientras sus enemigos posiblemente celebraban por adelantado, Isaías guardaba silencio, procesando cada debilidad de Castañeda y su misterioso aliado, preparándose para cuando ese tiempo llegara. No para llorar, sino para cobrar cada una de las deudas que estaban por contraer con él.
Bajo el resplandor estéril de la unidad de cuidados intensivos, donde el pulso de la vida se reduce a una línea verde que cruza una pantalla, la conciencia de Mateo Delmonte emergió lentamente de un abismo oscuro y denso.
El despertar no fue un estallido, sino una filtración gradual de realidad. Mateo abrió los ojos, pero la luz del techo lo golpeó con una blancura quirúrgica que lo obligó a parpadear con pesadez. Tardó unos segundos en reconocer el techo técnico y el sonido rítmico, casi hipnótico, del respirador. No sintió la furia que lo había consumido en el despacho de Rafael, tampoco la ansiedad que le provocó que ahora estuviese allí; en su lugar, lo habitaba una paz artificial y extraña.
Al bajar la mirada hacia su brazo, confirmó lo que su mente ya sospechaba: una maraña de catéteres y tubos se hundía en su piel, inyectándole esa calma química que lo mantenía anclado a la cama. Se sentía anestesiado, como si su espíritu fuera una entidad separada que flotaba apenas unos centímetros por encima de un cuerpo que ya no le obedecía.
Un deseo visceral comenzó a arder en su pecho: necesitaba hablar con ellos. Quería sentir el calor de su familia, escuchar sus voces para convencerse de que el hilo que lo unía a la vida no se había cortado. Sus ojos buscaron el botón de llamado a la enfermera, el pequeño dispositivo de plástico que colgaba a un costado, pero cuando intentó mover la mano, el comando se perdió en algún lugar de su columna vertebral. Su cuerpo era una armadura de plomo.
—Carmen... —quiso decir, pero sus labios solo produjeron un roce seco de aire.
La frustración no llegó a cristalizarse porque el cansancio, un peso negro y absoluto, volvió a reclamar su espacio. Mateo sintió cómo sus párpados comenzaban a descender de nuevo, traicionando su voluntad. En ese breve crepúsculo de lucidez, pensó en la sala de espera. Podía imaginarlos a todos: a Carmen rezando con esa fe inquebrantable pidiéndole a Dios por él, a sus hijas conteniendo el llanto y a Isaías, firme como un centinela, ocultando su propio dolor para sostener al resto.
Sabía que estaban allí, a solo unos metros de distancia, aguardando una señal, un milagro, una palabra. Una oleada de amor agridulce lo recorrió; tenía unas ganas desesperadas de besar a su esposa, de estrechar las manos de sus hijos y decirles lo que el orgullo a veces callaba: que debían estar más unidos que nunca, que el imperio no significaba nada si no se apoyaban como la roca que siempre habían pretendido ser.
Sin embargo, la batalla contra el fármaco estaba perdida. El cansancio lo venció con una suavidad aterradora, arrastrándolo de vuelta al sueño profundo. Su último pensamiento, antes de que la oscuridad lo cubriera por completo, fue una súplica silenciosa para que su familia sintiera, de alguna manera, que él seguía ahí, luchando por volver a ellos.
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Editado: 12.05.2026