Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 28: Falsa Calma.

La luz pálida del amanecer comenzó a filtrarse por las persianas de la unidad de cuidados intensivos, bañando la habitación en un tono azulado y sereno. Durante la madrugada, el hospital había permitido que la familia permaneciera allí, una concesión basada en la esperanza del médico de que, al despertar, la presencia de los suyos fuera el anclaje necesario para estabilizar el espíritu del patriarca.
​Mateo abrió los ojos lentamente. Esta vez, la niebla de la sedación se había disipado lo suficiente como para permitirle enfocar la realidad. Lo primero que vio fue el rostro cansado de Carmen, que dormitaba con la cabeza apoyada cerca de su mano, y las siluetas de sus hijos distribuidas en los sillones de la habitación. Permaneció en silencio unos segundos, simplemente observándolos, dejando que el calor de su presencia llenara el vacío de la noche anterior.
​En ese instante, el suave chirrido de la puerta anunció la entrada del cardiólogo. El movimiento hizo que Isaías y Carmen despertaran de golpe, recuperando la compostura con la rapidez de quien ha estado en guardia incluso en sueños.
​—Buenos días a todos —saludó el médico con una sonrisa profesional pero cálida, acercándose al pie de la cama—. Veo que tenemos a nuestro paciente de vuelta. ¿Cómo se siente, Don Mateo?
​Mateo esbozó una sonrisa débil, pero sus ojos recuperaron ese brillo de mando que lo caracterizaba.
—Bien, doctor. Un poco pesado, pero... bien —respondió con la voz todavía áspera.
​El médico asintió, revisando el monitor de signos vitales antes de clavarle una mirada cargada de advertencia.
—Me alegra oírlo. Pero vamos a ser claros: para que esto no se repita, su estilo de vida tiene que dar un giro de ciento ochenta grados. Su alimentación debe ser estricta; comer a sus horas y alimentos sanos. Su colesterol está por las nubes, Don Mateo, y lo que le sucedió fue una combinación letal de esa condición física y una fuerte impresión.
​Carmen, con los ojos húmedos de alivio, estrechó la mano de su esposo y miró al facultativo con determinación.
—No se preocupe, doctor. Yo misma me voy a encargar de que cumpla cada dieta al pie de la letra. No lo voy a dejar solo ni un segundo.
​—Más le vale hacerle caso a su esposa —bromeó el médico, aunque con un trasfondo de seriedad—. Si decide ignorar estas advertencias, las consecuencias no le darán una tercera oportunidad.
​Mientras el ambiente se relajaba con las bromas ligeras entre el doctor y el paciente, Isaías permanecía al margen, con los brazos cruzados y la mirada fija en su padre. Sin embargo, su mente se había quedado anclada en un término específico que el médico soltó como al pasar: "Fuerte impresión".
​Sus ojos se entrecerraron. Sabía que su padre era un hombre forjado en mil batallas comerciales, alguien que no se dejaba amedrentar por cifras negativas ni amenazas vacías. "¿Qué pudo ser tan terrible o tan fuerte para quebrar a mi padre de esta manera?", se preguntó internamente. La sospecha de que algo o alguien había provocado este colapso comenzó a quemarle las entrañas. Se hizo una promesa silenciosa: cuando el médico se fuera y Mateo recuperara las fuerzas suficientes para hablar, le exigiría la verdad. Necesitaba saber que o quién había intentado matar al roble.
​El médico terminó de revisar los últimos valores y se despidió de la familia. Justo en ese momento, Andrea terminó de despertar por completo. Al ver a su padre despierto y consciente, soltó un suspiro de júbilo y se lanzó hacia él, plantándole un beso lleno de ternura en la mejilla.
​—Papá... qué alegría tenerte de vuelta —susurró Andrea, abrazándolo con una suavidad que contrastaba con la fuerza de su emoción.
​Mateo le correspondió con una caricia débil en el cabello, mientras Carmen sonreía al ver la unión de los suyos. Solo Isaías mantenía la mirada fría, analizando la escena como siempre y guardando la en su mente.
Lejos del pulso electromagnético de la clínica, el domingo comenzó a despuntar con el aroma del café recién colado y el sonido del pan tostándose en la modesta pero acogedora cocina de la señora Mari.
​Luz, sentada a la mesa con el cabello recogido y una serenidad que contrastaba con el caos del día anterior, acompañaba a Mari en su ritual matutino. La anciana movía la cuchara dentro de su taza con una parsimonia pensativa antes de romper el silencio.
​—Mañana es el gran lunes, Luz —dijo Mari, fijando sus ojos cargados de experiencia en la joven—. ¿Estás nerviosa por tu primer día de clases aquí en Chile? Mira que estudiar y trabajar al mismo tiempo no es para cualquiera.
​Luz esbozó una sonrisa donde se mezclaba la ilusión con la incertidumbre.
—Un poco, señora Mari. No le voy a mentir. Entrar a la universidad en un país que no es el mío impone, pero me motiva más el hecho de que mañana, después de salir de la tienda, por fin empezaré este camino. Siento que es el inicio de algo importante.
​—Lo es, hija, lo es —asintió Mari, dándole un sorbo a su café—. Tienes disciplina, y eso en este país abre puertas. Solo no te me agotes demasiado, que la vida no es solo cumplir horarios.
​Justo cuando Luz iba a responder, el crujido de las maderas del pasillo anunció una presencia inesperada. Fabián entró en la cocina, ya vestido y con una energía inusual para ser tan temprano. La señora Mari dejó la taza en el plato con un golpe seco, incapaz de ocultar su asombro.
​—¿Cheo? ¿Tú despierto a esta hora un domingo? —exclamó Mari, arqueando las cejas hasta casi tocarse el nacimiento del pelo—. ¿Se acabó el mundo y no me avisaron?
​Fabián soltó una risa corta, evitando la mirada inquisitiva de su madre mientras se servía un vaso de agua con movimientos rápidos.
—No exagere, vieja. Lo que pasa es que quedé de ir temprano a ayudar a don Toño con unas cosas en su tienda. Quiero terminar rápido para llegar a tiempo a ver el partido del Colo.
​Mari guardó silencio, pero su rostro era un mapa de escepticismo. Cheo, al notar la expresión de sospecha absoluta que le devolvía su madre, se detuvo con el vaso a medio camino.
​—Hablé con él ayer —explicó él, tratando de sonar casual—. Me pidió ayuda con unos bultos que le llegaron, los quiere ordenar en su bodega y acepté, eso fue todo. No me mire como si estuviera planeando un robo.
​Luz observaba la escena con una mirada amable. Para ella, el gesto de Fabián era una prueba más de que, a pesar de su tosquedad, era una buena persona dispuesta a dar una mano a los vecinos. Sin embargo, en el otro lado de la mesa, la intuición de Mari gritaba algo distinto. Ella conocía los ritmos de su hijo, sus mañas y sus silencios; y sabía que esa "solidaridad dominical" no era normal en él. Algo en la excesiva explicación de Cheo le indicaba que había una motivación oculta que él no estaba dispuesto a poner sobre la mesa.
​—Está bien, ve entonces —murmuró Mari finalmente, aunque sus ojos no dejaron de analizar cada gesto de su hijo hasta que este salió de la cocina—. Ten cuidado con los pesos que cargas.
​Luz volvió a su café, ajena a la marea de dudas que se había instalado en la mente de la señora Mari, quien se quedó mirando la puerta vacía con un presentimiento que comenzaba a nublar la paz de la mañana.
Tras el breve remanso de paz en la cocina de la señora Mari, la tensión regresó a la habitación del hospital, donde el murmullo de la tecnología médica se mezcló con el sonido del teléfono de Carmen, que rompió el silencio de la estancia.
​Carmen se alejó un par de pasos de la cama para contestar. Era Beatriz. Al otro lado de la línea, la voz de su amiga y socia sonaba cargada de una preocupación genuina, esa que solo nace de años de lealtad compartida.
​—Carmen, querida, por fin logro hablar contigo —dijo Beatriz con tono suave—. Dime, ¿cómo va todo? ¿Cómo está tu esposo, amiga? ¿Necesitas que te envíe algo a la clínica?
​—Está mejor, Beatriz. Despertó hace poco —respondió Carmen, frotándose la sien con cansancio pero con una leve sonrisa—. El susto fue inmenso, pero ya está aquí con nosotros. Por ahora solo necesitamos tiempo, pero te agradezco en el alma que estés pendiente.
​Cuando aún hablaba con su amiga, Carmen se encontró con la mirada de Carolina, quien había estado conversando en voz baja con Mateo desde que este recuperó la lucidez. Carolina se puso de pie, ajustándose el bolso con un gesto de agotamiento que ya no podía ocultar.
​—Papá, de verdad me alegra tanto verte así —dijo Carolina, dándole un apretón suave en la mano—. Pero debo ir a casa. Necesito ver a los niños, darme un baño y cambiarme de ropa. Siento que llevo días con esta misma piel.
​Isaías, que había permanecido observando desde la ventana con la mente puesta en sus propios planes, aprovechó el momento. Caminó hacia su madre y puso una mano firme sobre su hombro.
​— Disculpa Mamá, pero no crees que también no deberías hacer lo mismo —sugirió Isaías con un tono que no admitía réplicas fáciles—. Aprovecha que Carolina va a casa para bañarte y comer algo caliente. Andrea también necesita despejarse. Yo me quedaré aquí con él hasta que vuelvas.
​Carmen frunció el ceño de inmediato, se despidió de su amiga y colgó, y negando con la cabeza con esa terquedad protectora que la definía.
—Ni hablar, Isaías. Yo de aquí no me muevo. Tu padre acaba de despertar y no pienso dejarlo solo. Puedo aguantar perfectamente.
​—No es negociable, mamá —insistió Isaías, endureciendo el gesto—. Estás al límite. Si te enfermas tú, no podrás cuidar de él cuando regrese a casa.
​Tras varios minutos de una disputa silenciosa donde Isaías intentaba convencerla sin éxito, fue una voz débil pero autoritaria la que zanjó la cuestión.
​—Carmen... —susurró Mateo desde la cama, fijando sus ojos en los de su esposa—. Hazle caso a tu hijo. Ve, descansa un poco y vuelve con fuerzas. Necesito que estés bien para cuando me den el alta. Estaré bien con Isaías.
​La resistencia de Carmen se desmoronó ante la petición de su marido. Con un suspiro de resignación, besó la frente de Mateo y aceptó. Pero le pidió a su hijo que por cualquier cosa le escriba o la llame a su celular. Andrea se unió a ellas y las tres mujeres abandonaron la habitación, dejando tras de sí un silencio denso. Isaías las vio salir y, una vez que la puerta se cerró por completo, se sentó frente a su padre. La atmósfera cambió al instante; el hijo miró al progenitor con una mezcla de respeto y una curiosidad afilada, preparándose para el interrogatorio que había estado postergando. El centinela se había quedado a solas con el roble.
El silencio que Isaías había construido para confrontar a su padre fue violentamente interrumpido por el bullicio que comenzó a filtrarse desde las afueras del recinto médico. El orden estéril del hospital se vio vulnerado por la llegada de un hombre cuya presencia era tan tóxica como el veneno que pretendía inocular en la familia Delmonte.
​Roberto Castañeda detuvo su lujoso automóvil justo frente a la entrada principal de la clínica, asegurándose de que el brillo de la carrocería captara la atención de cada lente presente. Al bajar del vehículo, su expresión no reflejaba la pesadumbre de un amigo preocupado, sino la satisfacción de un actor que sabe que el telón está por levantarse. No estaba allí por empatía; su visita obedecía a un cálculo perverso: cimentar ante la opinión pública su imagen de hombre honorable y, sobre todo, disfrutar del espectáculo de ver a Isaías luchando por contener su temperamento. A Roberto le fascinaba vivir al filo de la navaja, alimentándose de la tensión que provocaba su sola presencia.
​Apenas puso un pie en la acera, la jauría de periodistas lo rodeó, asediándolo con una ráfaga de flashes y micrófonos que buscaban desesperadamente una declaración del "gran aliado" comercial de los Delmonte.
​—¡Don Roberto! ¿Sabe cuál es el estado real de Mateo Delmonte? —gritó una reportera.
—¿Es cierto que la salud del magnate pone en riesgo algunos de los proyectos municipales? —interrogó otro con insistencia.
​Roberto se detuvo apenas un segundo, el tiempo justo para que las cámaras capturaran su rostro compungido, una máscara de preocupación perfectamente ensayada. Con un cinismo que rozaba lo patológico, ajustó su saco y miró directamente a los objetivos.
​—Por favor, les pido respeto en este momento tan delicado —dijo con una voz suave y calculada—. Solo vengo a ver cómo sigue mi buen amigo Mateo. No es momento para hablar de negocios, sino de solidaridad. Gracias.
​Con un gesto de la mano que pedía paso, se abrió camino entre los camarógrafos, disfrutando de la adrenalina que le provocaba saber que, en pocos minutos, estaría frente a Isaías. Sabía que los Delmonte, por orgullo y por mantener las apariencias frente al escrutinio público que él mismo acababa de alimentar, se verían obligados a recibirlo sin escenas violentas. Roberto entró en el hospital con el paso firme, sabiendo que su mejor actuación apenas comenzaba y que cada paso que daba hacia la habitación de Mateo era una provocación directa al "Tiburón", quien lo consideraba, con toda razón, un traidor de la peor calaña.




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