Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 29: Verdades bajo llave.

La puerta de la unidad de cuidados intensivos se deslizó con un siseo metálico, permitiendo el paso a Roberto Castañeda. El Alcalde entró con el paso mesurado, ajustándose el saco con una mano mientras la otra sostenía un ramo de flores que lucía fuera de lugar en aquel entorno de esterilidad y muerte.

​Al verlo cruzar el umbral, Isaías sintió cómo el aire se volvía denso. Sus facciones se endurecieron al instante, transformando su rostro en una máscara de granito. Se puso de pie con una lentitud amenazante, interceptando la trayectoria de Roberto antes de que se acercara demasiado a la cama.

​—El cinismo tiene un límite, Roberto, pero parece que tú lo rebasaste con esta visita —soltó Isaías con una voz que era un susurro gélido—. ¿A qué viniste?

​Mateo, desde la camilla, soltó una risa seca, un sonido áspero que terminó en una mueca de dolor contenido. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con el mismo asombro burlón que los de su hijo.

​—Déjalo, Isaías —articuló el patriarca con esfuerzo—. El Alcalde solo cumple con su papel. Es un actor entregado a su público.
​Roberto no se inmutó. Mantuvo esa sonrisa política, imperturbable y vacía, mientras dejaba las flores en una mesa lateral.

​—Solo vine a ver a un viejo amigo —dijo Roberto, extendiendo las manos en un gesto de falsa apertura—. A una persona que votó por mí, que puso su confianza en mi gestión y que ayudó a que yo sea lo que soy hoy: el Alcalde de Providencia. Sentía que lo mínimo era demostrar mi apoyo a la familia y ponerme a su servicio, para lo que necesiten. Mi oficina está abierta para ustedes, ahora más que nunca.

​Isaías dejó escapar una risa corta, cargada de un sarcasmo que cortaba como una navaja.

​—¿A nuestro servicio? —repitió Isaías, dando un paso hacia él—. ¿Como cuando estuviste al servicio de los Delmonte con los terrenos que deseamos comprar del municipio? ¿O esa parte del "servicio" incluía apuñalarnos por la espalda con cláusulas fantasmas?

​Mateo miraba fijamente a Castañeda. Sus dedos se cerraron sobre la sábana, apretando con una fuerza que no debería tener. Quería escupirle que sabía que era un hombre que se vendía al mejor postor, un mercenario con banda tricolor, pero el dolor en el pecho le recordaba que debía ser cauteloso.

​Roberto, manteniendo la calma que tanto irritaba a los Delmonte, se acercó a Isaías. Con una familiaridad insultante, le puso una mano en el hombro y bajó la voz, fingiendo una confidencia.

​—Isaías, en eso no tuve nada que ver —aseguró Roberto, sosteniéndole la mirada con una honestidad fabricada—. Yo intenté apoyar su propuesta hasta el último segundo, te lo juro por mi honor. Pero el concejo municipal se puso firme; ellos quisieron poner esa cláusula de demora. Mis manos estaban atadas por la burocracia.

​Isaías no esperó un segundo más. Con un movimiento sutil pero firme, se sacudió la mano de Roberto del hombro. Su rostro no ocultó un breve gesto de asco, como si hubiera sido tocado por algo putrefacto.

​Mateo, haciendo un esfuerzo supremo, se enderezó un poco más en la camilla, recuperando esa aura de autoridad que ni el infarto había podido extinguir del todo.

​—Roberto... —intervino Mateo, captando la atención del Alcalde—. Mi hijo parece que no tiene muchas ganas de verte aquí hoy. Y yo, francamente, necesito conservar mi energía para recuperarme. Si fueses tan amable de retirarte... por favor.

​Roberto captó la orden disfrazada de súplica. Asintió con la cabeza, manteniendo la elegancia hasta el final.

​—Lo entiendo perfectamente. El descanso es prioridad. Pero insisto: estoy a su servicio —repitió antes de girar sobre sus talones y salir de la habitación, listo para volver a enfrentar los flashes de afuera.
​El silencio que quedó era pesado. Mateo estiró la mano y buscó la de su hijo. Al sentir el contacto, apretó los dedos de Isaías, tratando de calmar la tormenta que veía en sus ojos.

​—Cálmate, hijo —susurró Mateo—. Hiciste un sacrificio enorme al no explotar frente a él. A las personas como Roberto más vale mostrárseles siempre como el hierro: fríos, duros e impenetrables. No caigas en sus provocaciones; eso es lo que él busca para debilitarte.

​Isaías escuchó a su padre y bajó la mirada. De sus pulmones escapó un suspiro largo y pesado, una mezcla de rabia contenida y agotamiento que Mateo, sumido en su propia recuperación, no logró notar del todo. El "Tiburón" estaba herido, pero la visita de Castañeda solo había servido para afilar sus dientes.

Tras el gélido encuentro en el hospital, el foco de la crueldad se desplazó hacia la periferia de la ciudad, donde los muros de concreto y los jardines podados con excesiva perfección ocultaban una forma de violencia mucho más silenciosa.

​Evelyn siempre encontraba un placer casi religioso en escuchar el sufrimiento ajeno. Hasta hace unos instantes, el sonido que emanaba de su teléfono —una mezcla de súplicas quebradas y gritos ahogados de Sebastián— había sido su banda sonora personal. Sin embargo, esta vez decidió interrumpir el audio. Guardó el dispositivo en su bolso con una sonrisa plácida, como quien apaga una radio después de escuchar su canción favorita, y bajó de su vehículo frente a la fachada del centro de salud mental.

​El aire en el recinto era pesado, saturado de ese olor a limpieza química que intenta enmascarar la desesperación. Evelyn caminó hacia la entrada con una elegancia serena, proyectando la imagen de una mujer impecable, incapaz de albergar un solo pensamiento violento.

​—Buenos días —saludó a los guardias con una inclinación de cabeza y una calidez que desarmaba cualquier sospecha.
​Al llegar a la recepción, se dirigió a la mujer tras el mostrador con una cortesía exquisita.

—Muy buenos días. Vengo a visitar a mi hermana, Luisa Santibáñez —dijo, manteniendo un contacto visual suave y sincero.

​La recepcionista, cautivada por la amabilidad de la visitante, verificó los datos y llamó a un asistente para que la guiara por los pasillos internos. Evelyn caminaba en silencio, observando las paredes blancas con una curiosidad casi angelical. Nadie en aquel lugar podría haber imaginado que esa misma mujer, minutos antes, se deleitaba con el sonido de la tortura.




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