Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 30: Horas decisivas.

El silencio en la habitación 402 se volvió asfixiante, solo interrumpido por el pitido rítmico del monitor cardiaco que parecía marcar la cuenta regresiva para una explosión. Isaías no se movió; permaneció sentado, con la espalda rígida y los ojos clavados en su padre, como un depredador que espera el momento exacto para atacar.

​—No me des respuestas a medias, papá. Ya no —soltó Isaías, y su voz, aunque baja, vibró con una autoridad que hizo que Mateo entornara los ojos—. Sé muy bien que ya sabes todo, sobre los terrenos, de Roberto, de la cláusula... pero tus arterias no se cerraron por un contrato perdido. Estás aquí porque alguien te golpeó donde más te duele. Cuéntamelo todo. Ahora.

​Mateo suspiró, un sonido que salió de sus pulmones como un silbido herido. Miró sus manos, pálidas y conectadas a tubos, antes de ceder ante la presión de la mirada de su primogénito.

​—Me enteré de lo que sucedió por Carolina —confesó Mateo, con la voz quebrada por el cansancio—. No sé cómo lo supo ella, pero me llamó desesperada el viernes. Intenté comunicarme contigo, te llamé una y otra vez, pero nunca contestaste. Tuve que mover mis propias influencias, llamar a viejos favores en el municipio para confirmar que el suelo se nos estaba hundiendo bajo los pies.

​Isaías apretó la mandíbula. El sentimiento de culpa por no haber atendido ese teléfono le cruzó el pecho como un látigo, pero lo desechó de inmediato para enfocarse en lo importante.

​—Eso explica el negocio, pero no el infarto —rebatió Isaías, inclinándose más hacia la camilla, invadiendo el espacio personal de su padre—. ¿De qué te enteraste? Y lo más importante papá ¿Qué hiciste después?

​Mateo dudó. Su mirada vagó por la habitación, buscando una salida que no existía. Finalmente, susurró:
—Lo fui a encarar, Isaías. Fui a su propia casa. No podía quedarme sentado viendo cómo te humillaban.

​Isaías se puso de pie de un salto, con el rostro encendido por una mezcla de asombro y furia.

—¡¿Fuiste a su casa?! ¡¿En qué estabas pensando?! —le reprochó, gesticulando con una violencia contenida—. Fue un acto impulsivo, papá. ¡Podrías haber muerto allí mismo! Te pusiste en bandeja de plata para alguien que de seguro no tiene escrúpulos.

​Mateo, a pesar de su debilidad, se enderezó. Sus ojos recuperaron por un segundo ese fuego antiguo, esa dignidad de quien ha construido un imperio desde la nada.

—Soy tu padre, Isaías —le recordó, y su voz ganó un peso absoluto—. Mientras me quede un aliento de vida, voy a sacar la cara por ti, por tus hermanas y por tu madre. No importa el riesgo. Mi deber es ser el escudo, aunque el escudo termine hecho pedazos.

​Isaías guardó silencio, impactado por la ferocidad del amor de su padre. Lo entendía perfectamente porque él sentía lo mismo; eran dos espejos enfrentados. Pero la comprensión no calmó su sed de justicia. Se volvió a sentar, esta vez más cerca, tomando la mano de Mateo con una presión que era a la vez súplica y mandato.

​—Lo entiendo, papá. Pero ahora me toca a mí. Ahora yo soy el escudo —dijo Isaías, y sus ojos se volvieron dos rendijas de obsidiana—. ¿Quién lo hizo? ¿Quién logró que Roberto, ese cobarde, traicionara mi confianza de esa manera? ¿Quién es el que quiere verme humillado y haciendo el ridículo? Dame el nombre.

​En aquella habitación, se podía sentir cómo la confesión colgaba de un hilo. Mateo abrió la boca, parecía que el nombre del viejo rival corporativo se iba escapar de sus labios, pero en el último segundo, su expresión cambió a una de profunda tristeza y determinación moral.

​—No —sentenció Mateo, soltando la mano de su hijo—. No te daré ese nombre. Yo no te enseñé a odiar, Isaías. Te crié para ser un hombre íntegro, para amar sin límites, no para convertirte en un monstruo que solo vive para la vendetta.

​Isaías soltó una carcajada amarga, una que heló el aire de la UCI. Se puso de pie de nuevo, pero esta vez se alejó hacia la ventana, dándole la espalda a su padre.

​—En este mundo no caben las personas con buen corazón, papá. La bondad es un lujo que no podemos costearnos —sentenció Isaías, girándose con una frialdad absoluta—. Hay que ser un Tiburón. Hay que oler la sangre y atacar antes de que te arranquen la garganta. Si te quedas esperando a que el enemigo tenga piedad, terminas en una cama como esta.

​Mateo cerró los ojos, y una lágrima solitaria se perdió entre las arrugas de su rostro. La decepción de ver en lo que su hijo se estaba convirtiendo le dolió más que el propio infarto.

​Isaías no pidió más explicaciones. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró de reojo a su padre, con una expresión de piedra que vaticinaba una tormenta sin precedentes.

​—No te preocupes papá. Mañana sabré por mí mismo quién es —concluyó con una calma aterradora—. Y que Dios tenga piedad del miserable que te provocó esto, porque yo no la tendré.

​Salió de la habitación dejando a Mateo sumido en un silencio fúnebre, con la certeza de que, al intentar proteger a su hijo, acababa de afilar el arma que desataría una guerra sin retorno.

Bajo el mismo cielo, pero separadas por miles de kilómetros, las frecuencias digitales acortaron la distancia para abrir una ventana de ternura que contrastaba con la frialdad que aún se respiraba en los pasillos de la clínica.

​Luz se encontraba sentada en su cama, con la espalda apoyada en la pared y una luz cálida iluminando su rostro frente a la pantalla de su teléfono. Al otro lado, desde León, México, el rostro de su madre apareció con esa sonrisa que para Luz siempre había sido el único refugio seguro.

​—¡Mija! Qué alegría verte —exclamó su madre, con los ojos brillando a través del cristal—. Cuéntame, ¿cómo estás realmente? ¿Cómo va todo por allá?

​Luz suspiró con alivio, dejando que sus hombros se relajaran por primera vez en el día.

—Bien, mamá. Adaptarme ha sido un reto, no te voy a mentir; a veces el ritmo de acá me marea, pero los chilenos son muy amables. La señora Mari y su hijo, Fabián, han sido maravillosos conmigo. Son personas muy generosas, humildes... de esas que ya casi no quedan, ¿sabes? —Luz sonrió, con una expresión de gratitud genuina—. Y Santiago... ¡ay, mamá! Es una ciudad enorme. Hay sectores que parecen sacados de Europa, con edificios que tocan las nubes.




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