La puerta de la habitación 402 se abrió con suavidad, permitiendo el ingreso de Carmen, quien avanzaba con esa mezcla de fragilidad y fortaleza que siempre la había caracterizado. Detrás de ella, Carolina y Andrea mantenían un silencio respetuoso, observando al patriarca que, aunque pálido, se mantenía erguido entre las sábanas blancas.
Carmen se acercó a la camilla y depositó un beso tierno en la frente de Mateo. Sus manos, ligeramente temblorosas, acariciaron las de su esposo antes de que sus ojos recorrieran el cuarto con una inquietud evidente.
—¿Cómo te sientes, Mateo? —susurró ella, antes de mirar hacia los rincones vacíos de la sala—. ¿Y mi hijo? ¿Dónde está Isaías?
Mateo forzó una sonrisa, una que no llegaba a borrar el rastro de la amargura que le había dejado la conversación anterior. Acomodó la espalda contra el respaldo de la cama, evitando la mirada inquisidora de su mujer.
—Salió un momento al pasillo, Carmen —respondió con una calma ensayada—. Fue en busca de un café o algo para comer. Lleva horas aquí metido y necesitaba estirar las piernas. No quería que nos encontrara a los dos con el estómago vacío.
Carmen asintió lentamente, aunque sus cejas se juntaron en un gesto de leve sospecha. Volviéndose hacia su hija, le dio una instrucción con voz suave:
—Carolina, ve a buscar a tu hermano. Dile que ya estamos aquí y que, si prefiere, puede irse a su departamento a descansar. Ha cargado con mucho desde ayer y necesita cerrar los ojos un rato.
—Claro, mamá —asintió Carolina, quien todavía sentía el peso del mensaje que le había dejado a Sebastián en el buzón—. Andrea, ¿me acompañas?
—Con gusto —respondió Andrea, ofreciéndole un brazo de apoyo mientras ambas salían de la habitación, dejando tras de sí un silencio que Carmen no tardó en romper.
En cuanto la puerta se cerró, el ambiente cambió. Carmen se sentó en el borde de la camilla y fijó su mirada en Mateo. No era una mirada de reproche, sino la de alguien que conoce cada surco y cada mentira piadosa de la persona que tiene enfrente.
—Ahora sí, Mateo... dime qué pasó realmente —sentenció ella, cruzándose de brazos—. No me trago ese cuento del café. Conozco a Isaías; mi hijo es capaz de pasar días sin probar bocado con tal de no moverse del lado de alguien de su familia que lo necesite, especialmente si se trata de ti.
Mateo sintió el peso de la verdad presionando en su pecho. Exhaló un suspiro largo, mirando el techo por un segundo antes de volver a conectar con los ojos de su esposa. Vio en ella la determinación de quien no aceptaría una evasiva.
—Tuvimos un ligero roce, Carmen. Solo eso —admitió él, bajando la voz—. Puntos de vista distintos, tú sabes cómo somos. Él ve el mundo de una forma y yo... yo intento que no pierda la humanidad en el proceso. Pero no fue nada grave, te lo aseguro.
Carmen guardó silencio, escaneando cada milímetro de la expresión de su esposo. Buscó un rictus en su mandíbula, un parpadeo excesivo o cualquier detalle en sus gestos faciales que delatara la magnitud de la tormenta que acababa de pasar por esa habitación. Notó la tristeza en el fondo de sus pupilas, pero Mateo se mantuvo firme, sosteniéndole la mirada con una serenidad que intentaba ser convincente.
—Es la verdad, Carmen —insistió Mateo, rozando los dedos de su esposa con un gesto de súplica silenciosa—. Diferencias entre padre e hijo, pero nada que no podamos solucionar. Lo importante es que estoy aquí, contigo.
Carmen finalmente cedió, aunque su intuición seguía encendida como una brasa. Apretó la mano de Mateo, sintiendo el calor de su piel, y dejó escapar un suspiro de resignación. La paz de la habitación era, en realidad, un velo muy delgado sobre una guerra que apenas comenzaba a gestarse.
La quietud del pasillo se rompió con el eco de los pasos de Carolina y Andrea, quienes avanzaban entre las baldosas pulidas hasta que divisaron la silueta solitaria de su hermano.
Isaías estaba sentado en uno de los sillones de la sala de espera, pero su mente no estaba allí. Mantenía la mirada fija, casi hipnotizada, en un florero con tulipanes que adornaba la mesa lateral; las flores, aunque vibrantes, parecían fuera de lugar en aquel entorno de enfermedad y angustia. Al sentir la presencia de sus hermanas, parpadeó con lentitud, sacudiéndose los residuos de su discusión con Mateo.
—Mamá dice que ya es suficiente por hoy —le dijo Carolina, acercándose con suavidad—. Quiere que vayas a tu departamento a descansar. Nosotros nos quedamos aquí.
Isaías no vaciló. Se puso de pie con un movimiento mecánico, aceptando la orden sin la resistencia que solía mostrar cuando de trabajo se trataba. La fatiga emocional le pesaba más que la física.
—Está bien —respondió él, con una voz que sonaba extrañamente neutra—. Me iré ahora.
—Nos vemos mañana en la oficina, entonces —añadió Carolina, intentando recuperar un poco de la normalidad cotidiana.
Isaías asintió, pero antes de alejarse, hizo una breve pausa.
—Iré, pero llegaré un poco tarde. Tengo algo pendiente que hacer antes de presentarme en la oficina.
Carolina lo observó con curiosidad, pero decidió no presionar.
—Entiendo. Por cierto, ¿te parece si almorzamos juntos mañana? Necesito que hablemos de algunas cosas.
—Sí —aceptó Isaías, ofreciéndole una mirada breve pero sincera—. Almorzaremos juntos.
Andrea, que había permanecido un paso atrás observando la interacción, sintió un escalofrío repentino. Había algo en el aire, una tensión invisible que parecía vibrar entre las palabras de sus hermanos. Notaba a Isaías demasiado dócil y a Carolina demasiado ansiosa.
—¿Está todo bien, Caro? —preguntó Andrea en voz baja, una vez que Isaías comenzó a alejarse por el pasillo—. Siento una sensación muy extraña, como si algo estuviera a punto de romperse.
Carolina forzó un gesto de tranquilidad y le apretó el brazo a su hermana menor.
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Editado: 12.05.2026