El aire en la sala de reuniones seguía viciado, cargado de una electricidad que no se disipó ni siquiera cuando Isaías terminó su comentario sobre los bonsáis y los arbustos con forma de animales.
Sergio, ajustándose el nudo de su corbata con una calma impostada, rompió el silencio mirando fijamente a Isaías.
—A veces, Delmonte, debes aprender a aceptar las reglas del juego y simplemente jugar a partir de ellas —sentenció con una voz gélida.
Isaías soltó una carcajada breve, un sonido carente de alegría que resonó en las paredes de la sala. Hizo un gesto sarcástico con las manos, como si estuviera aplaudiendo una actuación mediocre.
—Las reglas del juego habían quedado muy bien planteadas, "amigo" —respondió Isaías, acentuando la palabra con un veneno sutil—, pero tu jefe se encargó de cambiarlas a mitad de la partida. Pero bueno, felicidades por su "gran" proyecto. Lo que quería saber, ya lo descubrí. Que tengan un bonito día.
Se volvió hacia el resto de los presentes con una inclinación de cabeza apenas perceptible.
—Una disculpa a todos ustedes. Buenos días.
Con la misma fuerza con la que había entrado, Isaías se dio la vuelta y abandonó la sala, dejando tras de sí un vacío que Roberto y Sergio intentaron llenar de inmediato. El alcalde carraspeó, tratando de retomar el hilo de la exposición, pero el daño ya estaba hecho. Los concejales intercambiaban miradas de duda; el brillo del ambicioso proyecto de los Delmonte aún opacaba la simplicidad del parque de Montero. Sin embargo, cuando se pusieron sobre la mesa las cifras exorbitantes que Rafael Montero había pagado por los terrenos, el pragmatismo se impuso. La votación se llevó a cabo entre murmullos. La mayoría votó a favor, seducidos por el capital, aunque un pequeño bloque se mantuvo firme en contra. Entre ellos estaba Cortés, quien cruzó los brazos con gesto de absoluto desagrado ante lo que consideraba una falta de visión para el municipio.
Al terminar la sesión, Sergio se despidió con brevedad. Se excusó alegando otros compromisos y salió del edificio con paso apresurado, buscando el aire fresco de la avenida. Sin embargo, al llegar a la acera, se detuvo en seco. Isaías lo estaba esperando, apoyado contra una columna con una calma que resultaba más aterradora que su furia anterior.
Isaías se acercó a él, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros.
—Dile a Rafael que, aunque me ganó una batalla, esto no ha acabado —susurró, y su voz era como el acero deslizándose sobre una piedra—. Y que quede claro: no es por los terrenos. Es por lo que le provocó a mi padre.
Dicho esto, Isaías le dio una palmadita suave en la espalda, un gesto casi fraternal que escondía una amenaza de muerte. Luego, se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.
Sergio se quedó inmóvil. Un escalofrío violento le recorrió la columna vertebral, como si la declaración de guerra hubiera sido dictada personalmente contra él y no contra su jefe. Sintió el peso del apellido Delmonte aplastándole los hombros. Con un movimiento mecánico, subió a su vehículo y encendió el motor. Mientras manejaba por las calles de Santiago, su rostro se contrajo en una mueca extraña que, poco a poco, se transformó en una sonrisa torva.
En su mente, la estrategia ya estaba en marcha. Sergio no era un soldado leal dispuesto a morir por la bandera de Rafael Montero; era un superviviente. Si el barco de los Montero iba a hundirse en el huracán que Isaías iba provocar, él ya había decidido que no estaría a bordo cuando esto ocurriera.
Tras el escalofriante intercambio en la avenida, la agitación de la esfera política dio paso a la actividad incesante de la jornada comercial, donde el ritmo de la capital obligaba a cada quien a sumergirse en sus propias batallas.
En el local de Summit Extreme, Luz se movía con una agilidad que parecía desafiar el cansancio. Su eficiencia no pasó desapercibida; varios clientes, impresionados por su disposición y conocimiento, no escatimaron en elogios. Algunos se los decían directamente a ella con una sonrisa de gratitud, mientras otros se acercaban a Beatriz para destacar el excelente desempeño de la joven.
Beatriz observaba a su empleada estrella con orgullo. Al llegar la hora de la colación, se acercó a ella con un gesto amable.
—Luz, has hecho un trabajo impecable hoy. Es hora de tu descanso, y me gustaría que almorzáramos juntas. Yo invitó —añadió, ante la sorpresa de la joven.
Luz aceptó agradecida. Ya instaladas en un pequeño restaurante cercano, Beatriz la observó por encima del menú antes de preguntar con suavidad:
—¿Cómo te sientes realmente hoy, Luz? Sé que hoy es el gran día, el inicio de tus clases.
Luz suspiró, dejando que su transparencia natural fluyera.
—Honestamente, señora Beatriz... estoy un poco ansiosa. Es extraño, porque no es la primera vez que inicio la universidad, pero siento un nudo en el estómago que no sé explicar.
Beatriz dejó el cubierto tras probar el primer bocado de su ensalada y le dedicó una mirada sabia.
—Es normal. No olvides que es la primera vez que inicias esta etapa de tu vida en un país extranjero, lejos de todo lo que conocías. Eso le da un peso distinto a cada paso.
Luz asintió en silencio, sintiendo que esas palabras le daban sentido a su inquietud. Beatriz levantó su copa de agua en un brindis silencioso.
—Mucho éxito, Luz. Eres mi mejor empleada y sé que te irá increíble.
En ese mismo instante, el imponente vehículo de Isaías se estacionaba frente a un exclusivo restaurante del sector oriente. Antes de descender, Isaías terminó una llamada con su secretaria, su voz manteniendo ese tono ejecutivo que no admitía réplicas.
—Mueve todo lo de mañana, excepto la charla motivacional y los asuntos previos que ya coordinamos. Necesito la tarde despejada. Confírmame cuando esté listo.
Con el asunto resuelto, bajó del auto ajustándose el saco. Al entrar, el recepcionista se acercó de inmediato, pero Isaías, con un rápido escaneo del lugar, divisó a Carolina sentada junto a un ventanal que bañaba la mesa de luz natural.
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Editado: 12.05.2026