El auditorio comenzó a vaciarse en un mar de murmullos y pasos apresurados. El estruendo del aplauso final aún retumbaba en las vigas del techo, una ovación de pie que consolidaba a Isaías como el ídolo de una generación hambrienta de poder. Sin embargo, en medio de la marea de manos agitadas, Luz permaneció inmóvil. Sus manos descansaban sobre su regazo, apretando el folleto con una firmeza que delataba su disconformidad. No aplaudió. Sus ojos, fijos en el hombre que bajaba del estrado, no mostraban adoración, sino una chispa de juicio crítico que la hacía resaltar entre la multitud como un faro de resistencia.
Ariel se acercó a Isaías apenas este puso un pie fuera del escenario, dándole una palmada eufórica en el hombro.
—¡Brillante, hermano! Los dejaste hipnotizados. Esa respuesta sobre el océano y los depredadores... fue el toque de gracia. Mañana todos estos chicos querrán ser tú.
Isaías asintió con una sonrisa de cortesía, pero su atención no estaba en el elogio de su amigo. Su mirada escaneaba las filas de asientos hasta que la encontró. Ella ya se dirigía a la salida, caminando con una elegancia natural que parecía ignorar el caos a su alrededor.
—Disculpa, Ariel —interrumpió Isaías, con la vista clavada en la espalda de la joven—. Tengo un asunto pendiente que no puede esperar.
Acortó la distancia con pasos largos y decididos, esquivando a un par de estudiantes que intentaban abordarlo. Justo antes de que ella cruzara el umbral del auditorio, su voz resonó, deteniéndola en seco.
—¡Chica Moka!
Luz se detuvo. Sus hombros se tensaron antes de girarse lentamente. Al enfrentar a Isaías, la luz del pasillo acentuó el contraste entre ambos: él, la personificación del éxito frío; ella, una mezcla de curiosidad vibrante y principios inamovibles.
—Felicidades por esa pregunta —dijo Isaías, deteniéndose a una distancia que desafiaba el espacio personal, dejando que su perfume amaderado envolviera el aire entre ellos—. Me gustó ese pequeño contraste que generaste. El ambiente estaba demasiado... complaciente hasta que abriste la boca.
Luz lo miró de arriba abajo, sosteniéndole la mirada sin parpadear. En ese silencio, el magnetismo fue casi físico, una tensión que tiraba de ambos hacia un centro invisible.
—Ahora entiendo por qué en la televisión te llaman el "Tiburón" —soltó ella, con una mezcla de ironía y reconocimiento.
Isaías soltó una carcajada suave, una que no mostró en el escenario, mucho más íntima.
—Ese apodo no es tan malo como crees. Solo soy consecuente con la manera en que me tratan. Si molestan a un depredador, el depredador ataca. Es simple lógica de supervivencia.
Luz no se amilanó. Sus cejas se elevaron y sus labios se apretaron en un gesto que gritaba desacuerdo. Admiraba la inteligencia de la respuesta, pero su brújula moral se resistía a aceptarla. Isaías lo notó; leyó su rostro como si fuera un contrato complejo. Sintió que, por más que argumentara, no lograría doblegar esa voluntad de hierro, y eso, lejos de molestarlo, le resultó peligrosamente atractivo.
Consultó su reloj de pulsera con un gesto estudiado y suspiró.
—Bueno, supongo que eres muy joven para entender realmente lo que digo. La teoría siempre es más limpia que la práctica.
El comentario golpeó el orgullo de Luz. Sus ojos se entrecerraron y un sutil rubor de indignación subió por sus mejillas, pero mantuvo la compostura, aunque el aire entre ellos vibraba con una electricidad que ninguno de los dos quería nombrar.
—Tengo clases —respondió ella, tajante.
—Suerte en tu clase de Ética Empresarial, entonces —añadió él con un leve rastro de sarcasmo en la comisura de sus labios.
—No estudio nada que tenga que ver con negocios —replicó Luz, cruzándose de brazos.
La sorpresa cruzó el rostro de Isaías por un instante, transformándose rápidamente en una mueca de picardía y curiosidad. La miró con otros ojos, como si acabara de descubrir una pieza nueva en un rompecabezas.
—¿Y qué hacías en mi charla, entonces?
—Curiosidad de futura periodista —respondió ella, recuperando su seguridad—. Quería saber de qué trataba todo esto y cuál era la visión detrás del nombre. Y debo admitir... me sorprendió la puesta en escena. Pero el tema —hizo una pausa, midiendo sus palabras para no sonar ofensiva pero siendo honesta—, tiene demasiados matices grises. La mayoría aquí te idolatra e ignora que mucho de lo que enseñas no es políticamente correcto.
Isaías sonrió de medio lado, fascinado por la audacia de la joven. El juego de egos estaba en su punto más alto.
—O sea que llegaste horas antes solo para escucharme hablar "tonteras poco éticas" —dijo, dando un paso más hacia ella mientras su sonrisa se ensanchaba—. Pienso que perdiste tu tiempo, Chica Moka.
Luz sintió un vuelco en el estómago. La cercanía y el tono de voz de Isaías la descolocaron, dejándola sin la respuesta rápida que solía tener. Antes de que ella pudiera articular un argumento para defender su decisión de asistir, Isaías se inclinó hacia ella. Fue un movimiento fluido, casi coreografiado. Le depositó un beso en la mejilla, un gesto caballeroso pero cargado de una intención que la dejó paralizada.
—Que tengas una buena tarde —le susurró cerca del oído.
Sin darle tiempo a reaccionar, Isaías dio media vuelta y se alejó con paso triunfal hacia la salida, dejándola allí, en medio del pasillo, con el corazón acelerado y una multitud de argumentos que se quedaron atrapados en su garganta, mientras el aroma de su perfume seguía recordándole que, aunque no estuviera de acuerdo con él, no podía dejar de pensar en él.
El eco de los pasos de Isaías perdiéndose por el pasillo dejó a Luz en un trance momentáneo, pero el reloj de la universidad, implacable, marcó el cambio de atmósfera: de la dialéctica del poder a la cruda realidad de la ambición sin escrúpulos que empezaba a gestarse en los barrios bajos.
Al caer el sol sobre Santiago, el tono naranja del cielo fue reemplazado por un azul profundo y frío. En una esquina mal iluminada, lejos de la pulcritud académica, Fabián se reunió con el grupo de delincuentes. La tensión era palpable; el aire olía a cigarrillo y a esa adrenalina sucia de quien está a punto de romper la ley. Los sujetos, que no terminaban de confiar plenamente en el joven, lo rodearon con gestos amenazantes.
—Ya, Cheo, no queremos sorpresas —soltó el cabecilla, ajustándose una capucha—. Vas a venir con nosotros. Si nos equivocamos de puerta o la caja no está donde dijiste, el primero que va a pagar vas a ser tú.
Fabián, queriendo mantener su fachada de tipo duro y sin sentir el más mínimo remordimiento por don Toño, se encogió de hombros con una frialdad que asustó incluso a sus acompañantes.
—No tengo drama. Vamos. Yo sé dónde está cada cosa. El viejo es descuidado porque cree que todos son buenos como él —respondió con una sonrisa torva.
El grupo comenzó a avanzar por los pasajes oscuros hacia el pequeño almacén local, moviéndose como sombras que acechan la paz de un hombre que solo había intentado ayudar.
En un contraste absoluto de realidades, los pasillos de la Universidad Católica bullían con una energía constructiva. Luz acababa de salir de su primera cátedra del penúltimo semestre y, mientras caminaba hacia la salida, repasaba mentalmente los apuntes en su libreta. La diferencia académica con México era notable y la tenía fascinada.
Se detuvo un momento frente a un tablero de anuncios, asimilando la nueva estructura.
—Un siete... —susurró para sí misma, sonriendo ante la idea de que la excelencia aquí tuviera ese número—. Y cinco exámenes por semestre.
Le resultaba curioso el cambio de ritmo; pasar de cuatrimestres a semestres le daba una sensación de mayor profundidad en los temas. Los porcentajes de las evaluaciones le parecían más equilibrados, menos punitivos y más orientados al proceso. Pero más allá de lo técnico, lo que realmente le ensanchaba el corazón era el recibimiento. Los profesores tenían una calidez pedagógica que no esperaba, y sus compañeros habían roto cualquier prejuicio sobre la frialdad de los chilenos.
—¿Eres la chica que se rumorea en redes que incómodo al empresario de la charla de hoy, verdad? —le preguntó una joven de cabello rizado y sonrisa amplia, acercándose junto a otro muchacho.
Luz se rió, un poco apenada.
—Sí, esa soy yo. Soy Luz.
—Yo soy Maite, y él es César —respondió la chica con entusiasmo—. Me parece fascinante y muy valiente de tu parte. Los dejaste a todos pensando. ¿Vienes al casino a tomar algo?
Luz aceptó, sintiendo que esa primera chispa de amistad con Maite y César era el ancla que necesitaba en este nuevo país. Mientras reía con ellos sobre las diferencias idiomáticas, no podía evitar sentir que, por fin, estaba encontrando su lugar, ignorando por completo que, en ese mismo instante, Fabián caminaba hacia el local de don Toño para destruir la tranquilidad del barrio.
Bajo la tenue luminaria del estacionamiento clínico, el bullicio estudiantil de Luz y la oscuridad del plan de Fabián quedaron en suspenso para dar paso a un encuentro donde el peso de los años y la complicidad femenina tomaron el protagonismo.
Beatriz cruzó las puertas automáticas del hospital, dejando atrás el aire tibio de la habitación de Mateo. Apenas pisó la acera, divisó la silueta elegante de Carolina, quien caminaba hacia la entrada con ese paso decidido que ocultaba, a duras penas, el cansancio emocional que cargaba. Al reconocerse, el vínculo de décadas se hizo presente en un saludo cálido, un abrazo que no necesitaba palabras para validar el afecto que Beatriz sentía por la hija de su amiga.
—Carolina, qué gusto verte por acá, aunque las circunstancias no sean las mejores —dijo Beatriz, suavizando el tono de su voz—. ¿Cómo están esos niños? Hace tiempo que no los veo.
Carolina sonrió, y por un momento, la sombra de sus ojos se disipó al pensar en sus hijos.
—Creciendo a pasos agigantados, tía. Están en una etapa de una hiperactividad inagotable. Son creativos, inquietos... para serte sincera, a veces me da una penita tremenda por los empleados de la casa; deben terminar agotados tratando de seguirles el ritmo.
Beatriz soltó una risa ligera, asintiendo con la experiencia que dan los años.
—A esa edad, los niños son un torbellino de vida, es lo natural. Disfrútalos ahora, que el silencio llega más pronto de lo que uno cree.
Sin embargo, la atmósfera cambió cuando Beatriz, con una naturalidad que no buscaba herir, tocó el punto neurálgico del presente de Carolina.
—¿Y Sebastián? No lo he vi nunca por acá, pensé que llegaría contigo. Supongo que debe estar tapado de trabajo, ¿cierto?
El silencio que siguió a la pregunta fue denso. Carolina desvió la mirada hacia las luces de la ciudad, apretando el asa de su bolso. La confianza que le profesaba a la mejor amiga de su madre era un terreno seguro, el único lugar donde podía dejar caer la máscara de la "mujer fuerte" de los Delmonte.
—La verdad, tía... —comenzó Carolina, y su voz tembló apenas un instante—, estoy en vías de separarme de él. No es algo que esté gritando a los cuatro vientos todavía, pero ya no hay vuelta atrás.
Beatriz se quedó inmóvil. Observó el rostro de Carolina y leyó la tristeza profunda que subyacía tras sus palabras, una melancolía que no tenía que ver solo con el fin de un matrimonio, sino con la decepción de una vida que se fragmentaba. Beatriz, que ya tenía las llaves de su auto en la mano, guardó el mando a distancia en su abrigo. No podía dejarla entrar así al hospital.
—Sabes qué, olvida que ya me iba —sentenció Beatriz, tomando suavemente el brazo de Carolina—. Necesitas un café y alguien que te escuche de verdad, no solo una charla de pasillo. Vamos, aquí cerca hay un lugar tranquilo.
Carolina asintió con gratitud, sintiendo que el peso en su pecho se aliviaba mínimamente al ser cobijada por esa sabiduría materna que Beatriz siempre sabía ofrecer en el momento justo.
La calidez del café compartido entre Beatriz y Carolina quedó atrás, reemplazada por el silencio sepulcral y sofisticado que envolvía el departamento de Isaías. El lujo del lugar, con sus líneas minimalistas y materiales nobles, se sentía frío en comparación con la agitación que aún vibraba en el pecho del empresario.
Isaías cerró la puerta principal tras de sí, dejando que la oscuridad del living fuera interrumpida solo por las luces de Santiago que se filtraban por los ventanales de piso a techo. Se movió con una inercia mecánica; soltó las llaves del automóvil sobre la superficie de mármol de su escritorio, seguidas por su billetera de cuero y su celular, que no dejaba de vibrar con notificaciones que, por primera vez en años, decidió ignorar.
Con un suspiro cargado de una fatiga que no era física, comenzó a desanudar su corbata. Sus dedos, siempre precisos, se movieron con una lentitud inusual mientras desabrochaba uno a uno los botones de su camisa. Se despojó de la prenda, dejándola caer sobre una silla, y caminó hacia el gran espejo que presidía el salón.
Frente a su reflejo, bañado por la luz azulada de la ciudad, se detuvo. Al observar sus propios ojos de obsidiana, no vio el balance de resultados del holding ni la imagen del orador exitoso que había dominado el auditorio. Lo que apareció en su mente, con una nitidez asombrosa, fue el rostro de Luz.
Podía sentir todavía la electricidad de ese instante en el pasillo. Recordó con una precisión sensorial el gesto de ella: ese sutil fruncir de cejas, la inclinación desafiante de su barbilla y la forma en que sus labios se apretaban en una línea de absoluta disconformidad cada vez que él intentaba justificar su pragmatismo. No era una mirada de odio, era una de juicio intelectual, de una pureza que Isaías no encontraba en su mundo de tiburones.
Pasó una mano por su rostro, sintiendo la textura de su propia piel, pero su mente seguía atrapada en el brillo de los ojos de Luz. Recordó el calor de su mejilla cuando se acercó a darle ese beso de despedida y cómo, por un segundo, el aire pareció espesarse entre los dos.
Una sonrisa involuntaria, privada y carente de su habitual arrogancia, se dibujó en su rostro. Se apoyó con ambas manos en el borde del escritorio, bajando la cabeza mientras soltaba una exhalación corta, casi una risa contenida.
—Ella tiene un "no sé qué"... —susurró para sí mismo, y su voz sonó extraña en la quietud del departamento, cargada de una fascinación que no podía racionalizar—. Un "no sé qué" que me encanta.
En ese momento, el "Tiburón" no estaba pensando en la próxima adquisición ni en la guerra contra Rafael Montero. Estaba cautivado por la sombra de una estudiante de periodismo que, con una sola pregunta, había logrado lo que nadie más pudo: hacerlo sentir cuestionado, vivo y peligrosamente atraído por lo prohibido.
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Editado: 12.05.2026